Cuatro puntos para comprender por qué Irán quiere un tratado nuclear exitoso

El presidente de Irán, Hasán Rohaní, ha sido un actor esencial en las negociaciones, que datan de 2003. Uno de sus objetivos: abrir su país al mundo.

El presidente iraní, Hasán Rohaní, durante una conferencia de prensa en Teherán. / EFE

Nacido en 1948, Hasán Rohaní es un presidente excepcional en la historia reciente de Irán: de matices pragmáticos, preserva los postulados conservadores del ayatola Alí Jamenei y al mismo tiempo defiende una postura que parecía impensable, la de abrirse al mundo y relacionarse de nuevo con Estados Unidos, un enemigo antiquísimo. Por esa razón, Rohaní impulsó desde el comienzo de su presidencia, en 2013, los acercamientos con Europa y sobre todo con la presidencia de Obama en busca de un tratado nuclear. Rohaní, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional por cerca de 16 años, tiene experiencia en el tema: él fue el negociador en los diálogos sobre el tema con el Reino Unido, Francia y Alemania entre 2003 y 2005. La línea dura de la política lo señala como traidor; sin embargo, críticos más matizados aseguran que, gracias a dichos diálogos, es posible que hoy Irán trate con Estados Unidos en una relación directa.

¿Por qué está Irán tan interesado, justo ahora, en que el tratado nuclear tenga éxito? Les desglosamos cuatro razones esenciales.

1. Mejorar la situación económica de Irán

Entre 2003 y 2005, recuerda el analista Nahmej Bozorgmehr en Financial Times, Irán podía darse el lujo de eludir los comentarios de sus opositores internacionales porque el precio del dólar estaba disparado. También Irán servía como un aliado, algo reticente, para la lucha contra el desastre en Irak y Afganistán, sus vecinos. Sin embargo, la reciente caída del precio del petróleo (que continuaría así en 2016) y el efecto de las sanciones provenientes de Europa y Estados Unidos pusieron a Irán en una situación delicada. Justo cuando ese caldo comenzó a hacer efecto, en 2011, el gobierno iraní comenzó a impulsar las negociaciones. Con el levantamiento gradual de las sanciones, Rohaní podría liberar cerca de US$100 mil millones del petróleo congelados en bancos internacionales y la economía nacional se revitalizaría gracias a la resurrección de los tratos comerciales con Europa y Estados Unidos y la consecuente ampliación de las plazas de trabajo. “El señor Rohaní —escribe Bozorgmehr— necesita el dinero desesperadamente para organizar la economía nacional antes de concentrarse en objetivos más amplios”.

2. Escudarse ante una juventud variopinta

Las sanciones contra Irán (impuestas después de la revolución de 1979, que llevó al ayatolá al poder, y que incluyen la prohibición de invertir en las empresas de petróleo, petroquímicos y gas, entre otras) afectaron también a la industria nacional y, por ende, al ciudadano de a pie. Una reciente apertura, impulsada por una juventud curiosa y más individualista, amenaza en parte la postura ultraconservadora del gobierno. Los resultados de la Primavera Árabe alertaron al gobierno central. Abrirse hacia Estados Unidos, con la condición general de que el capital conservador iraní permanece en su puesto, es una gran ventaja para la política nacional iraní: le entrega legitimidad ante la comunidad internacional. Una mejor relación con Estados Unidos —apodado como “el gran jefe”— le daría también una posición privilegiada en Oriente Medio, a pesar de las malas miradas de Israel y las naciones del Golfo Pérsico.

3. Aliviar la política doméstica

Si Rohaní triunfa de manera absoluta en la aplicación del tratado, sus contradictores se verán obligados a aceptar que una política moderada —contraria a la ultraconservadora que, por ejemplo, encabezó el expresidente Mahmud Ahmadineyad— trae más beneficios que el encierro político. En 2006, durante un discurso, Rohaní ya había sugerido ciertos cambios en la “política económica” del país y afirmaba: “no podemos cambiar la vida de las personas y toda la economía en seis meses”. Un triunfo también le daría al presidente la capacidad política para relanzarse a la presidencia y, a corto plazo, para obtener un gran apoyo en las elecciones legislativas de febrero. Rohaní tuvo un acierto a la hora de elegir a Mohamed Javad Zarif, experto en relaciones internacionales, al mando del equipo negociador: gracias a Zarif, el ayatola Jamenei se mostró menos reticente a hacer más concesiones en los diálogos. Ante la incapacidad de los políticos tradicionales de sacar a Irán de su encierro (como resaltó la revista The Economist), un triunfo de este tipo podría jugar a favor del gobierno de turno al permitirles una renovación frente a sus votantes. “El arte de la diplomacia —dice Rouhaní— es volverse autosuficiente al mínimo costo. Perseguir ciertas políticas sin considerar las consecuencias no es un buen trato”.

4. Mantener el derecho a utilizar energía nuclear

Hasta ahora, según los reportes entregados por las autoridades nucleares de Irán, ese país no posee un arma nuclear. Pero ha intentado obtenerla desde 1988. La pureza del uranio enriquecido para obtener un arma debe ser de mínimo 90%. La declaración más reciente —realizada por Ahmadineyad— señalaba que Irán estaba en 3,5%. Sin embargo, la compra de la tecnología necesaria para llegar a ese esperado 90% —las casi 20.000 centrifugadoras ubicadas en varias zonas del país— preocupaba a las potencias. Rohaní ha mantenido que el desarrollo del proyecto nuclear iraní no está encaminado a la construcción de una bomba atómica; a pesar de ello, su palabra quedó en una mala posición cuando se supo que, durante las negociaciones entre 2003 y 2005, Irán estaba ganando tiempo para adelantarse en su programa nuclear sin la supervisión de ninguna entidad externa. Rohaní insiste en que Irán tiene derecho a utilizar la energía nuclear de manera pacífica. El tratado prevé reducir 2/3 el número de centrifugadoras nacionales (mil adicionales quedarán para proyectos de desarrollo e industria) y la limitación del enriquecimiento de uranio a 3,67% en los próximos quince años. El trato, entonces, le permite a Irán continuar con su plan nuclear a una escala mucho menor, pero sin una prohibición total para objetivos industriales.
 

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