Cuba y EE. UU. después de Fidel

El presidente electo está en un dilema: permitir el comercio estadounidense en la isla o negar las relaciones con un socio que lo incomoda.

Un grupo de cubanos celebra la muerte de Fidel Castro en la Pequeña Habana, en Miami. / AFP
Un grupo de cubanos celebra la muerte de Fidel Castro en la Pequeña Habana, en Miami. / AFP

La muerte de Fidel Castro llegó en momentos de plena incertidumbre para la región. A sabiendas de la necesidad de un relevo, el régimen, más colegiado de lo que se especula, había dispuesto en julio de 2006, por iniciativa propia, la salida del máximo jefe del órgano principal del poder, el Consejo de Estado. Castro ya había muerto para la política, y por eso el impacto de su deceso sobre el futuro de la isla no es tan determinante, como pudiera calcularse de acuerdo a su relevancia histórica para Cuba y el mundo. (ESPECIAL: El útlimo protagonista de la Guerra Fría).

Con su muerte nace la leyenda, como con muchos otros estadistas de su talla, y en este momento el reto lo enfrentan las autoridades de Estados Unidos, particularmente el recién elegido Donald Trump. Al candidato republicano se lo ve muy cómodo confrontando a políticos de ambos partidos, pero su torpeza para abordar con detalle algunos temas, entre ellos el cubano, terminará por pesar. Barack Obama había dado el gran salto para abandonar, de una vez por todas, la política anacrónica de aislamiento al único gobierno que en el hemisferio reivindica todavía la democracia popular como sistema político. La llegada de Trump es tan contradictoria y sorprendente como la puesta en marcha de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. El próximo presidente estará en medio de dos presiones que harán muy difícil la toma de cualquier decisión sobre el destino de esa relación. De un lado, la de los empresarios estadounidenses, que quieren asir las oportunidades para comerciar e invertir en Cuba. Se calcula que Estados Unidos estaría dejando de percibir entre 1,2 y 4 mil billones de dólares anuales. Vale recordar que el propio John F. Kennedy, horas antes de decretar el histórico embargo, ordenó la compra de 1.200 tabacos cubanos. ¡Cuánta paradoja se esconde en la historia!

De otro lado, deberá conciliar con el exilio en la Florida el tema migratorio y las sanciones como estrategias de combate para acelerar reformas en Cuba. Por cuenta de esa táctica, se les ha otorgado de manera automática el asilo a los cubanos. Sin embargo, con las anunciadas restricciones a los migrantes, ¿cómo quedará ese tema? Trump no querrá ni podrá asumir de forma unilateral el espinoso asunto, que lo llevará seguramente a contradecir promesas de campaña. O mantiene con su partido el apoyo a una medida, que ha estimulado la migración irregular —que el magnate considera ilegal— o abandona definitivamente la llamada política de pies secos, pies mojados.

Cuba no enfrenta tantos dilemas ni desafíos tras la muerte de Fidel Castro. Más bien vuelve a ocupar un lugar de visibilidad en el mundo, por los homenajes que en su memoria se erigirán en los años venideros. En cambio, Trump enfrenta uno de los mayores retos desde que se anunció su victoria: construir consensos en un polarizado Estados Unidos, que con Obama tenía una brújula para su relación con Cuba.

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