La cuna del nuevo papa

Una sensación divina se percibe desde el miércoles en la calle Membrillar del barrio Flores de Buenos Aires, en donde creció Jorge Bergoglio. Recorrido por la casa donde nació, la plazoleta en la que leía, la iglesia y los lugares donde el sumo pontífice descubrió su vocación.

El padre Tony y un recuerdo de la misa que brindó el papa en la Iglesia San José.  / Fotos: Santiago Amorós
El padre Tony y un recuerdo de la misa que brindó el papa en la Iglesia San José. / Fotos: Santiago Amorós

Los árboles de tronco ancho y ramas raleadas, sus hojas diseminadas en la vereda y un cielo opaco que le hace un guiño al abrigo. Sutiles rasgos del otoño en ciernes sobre la calle Membrillar, la cuna del nuevo papa. Ahí mismo, entre casas bajas y el lejano eco de la avenida Directorio, se crio Francisco. Cuando apenas era Jorge Bergoglio, un niño inquieto que no despegaba sus ojos de los libros de Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal o se perdía en el sinfónico abrazo de un tango.

A la altura 531 de esa cuadra, que desde el miércoles está copada por móviles de canales de televisión, periodistas, curiosos y afines, está la casa donde vivió el sumo pontífice. Y Arturo Blanco, su propietario, le dice a El Espectador: “Cuando me enteré de que acá había vivido el papa, se me erizó la piel. Seguramente estamos bendecidos”. Habla pausado este hombre de cabello nevado y cuerpo arrugado, al tiempo que sonríe junto a Marta, su mujer. Y enseña el fondo de su hogar, ese lugar exacto donde su santidad dio los primeros pasos de una vida destinada al servicio de Dios.

Casi no quedan rastros del inmueble que el papa habitó durante su niñez. Apenas una glorieta, las rejas de antaño y una escalera que conduce a la terraza. La enseña Arturo, docente de la Universidad de Buenos Aires, el dueño de ese terreno desde los albores de la democracia. “Y pensar que en 1983, cuando compramos esta casa, nos la vendió una familia judía”, reflexiona el dueño, que enfatiza que lo singular de esa construcción es, justamente, el patio intacto donde jugaban Francisco y sus cuatro hermanos.

Marta, su esposa, se jacta de que sus hijos fueron al mismo colegio que el exarzobispo de la Ciudad de Buenos Aires, Nuestra Señora de la Misericordia. Y que Ercilia, la monja que fue maestra de su santidad, también estuvo a cargo del aula de su niña.

Se respiran aires celestiales en el interior de la vivienda de los Blanco, aquella que Bergoglio ocupó hasta los 21 años, edad en la que se convirtió en seminarista. Y quizá esa estampita de la Virgen de Luján que se asoma desde la nevera y la cruz de Cristo que decora la cocina sean algo más que testimonios de fe. Y también se percibe esa sensación divina a media cuadra, después de pasar por la plazoleta Herminia Brumana, donde el papa se pasaba tantas tardes leyendo.

En la parroquia Santa Francisca Javier Cabrini hay colages y fotos de las visitas del sacerdote, quien antes de ser arzobispo de la ciudad de Buenos Aires fue obispo de Flores, el nombre de este barrio de clase media ubicado en el centro geográfico de la Capital Federal. El mismo en el que se empezó a escribir su historia. También, una plaqueta de bronce colgada sobre una columna de hormigón deja claro el estrecho vínculo del religioso con esta casa de Dios al cumplirse 40 años de su fundación, que data de 1994.

“Le cuento una anécdota que lo pinta de cuerpo entero”, dice María Ester, secretaria eclesiástica. Y agrega a su introducción: “Hace 20 días llamó para hablar con el padre Tony. Y un hombre de su investidura podría haberle pedido a un secretario que marcara el número telefónico. Pero no, lo hizo él mismo”. A su lado, Marta, que también trabaja en la Secretaría, afirma: “Ese es un signo de su humildad. Es un hombre de convicciones, austero, que tiene una virtud: su mensaje llega claro”. Y ambas señoras lo describen como “austero”, capaz de viajar en subterráneo o en colectivo antes que tomarse un taxi. Se entiende, entonces, por qué el jueves, día de su primer sermón en la Capilla Sixtina, se negó a usar el auto papal, pagó de su propio bolsillo la pensión donde residió y hasta decidió no portar la emblemática cruz de oro ni lucir zapatos elegantes.

No obstante, su real vocación de sacerdote la descubrió en Iglesia San José de Flores, ícono de un barrio que hace dos siglos fue un partido rural. En el interior de la basílica está el confesionario en el que el papa revelaba sus pecados. “Venía a rezar tres o cuatro veces por mes y se sentaba en el fondo”, cuenta el padre Gabriel Marroneti. Y revela que muchos fieles que hacía tiempo no pasaban por allí, empezaron a volver, conmovidos y cargados de fe. “Ojalá le dé a la Iglesia el cambio de aire que anda necesitando”, dice el padre Tony, párroco de la mencionada Santa Francisca Javier Cabrini. Y lamenta que no pueda asistir a la misa del sábado 23. “Había prometido venir, pero seguramente va a tener que cambiar los planes. Y está bien, es una felicidad muy grande”, asegura.

Está revolucionado el barrio del papa. A tal punto que hay una suerte de circuito turístico que pronto empezará a explotar. Un hombre de mediana edad filma con su smartphone cada movimiento frente a la casa de Membrillar. Una vecina le saca fotos al frente de mármol. Y a un par de cuadras surge Amalia, una mujer bajita que peina canas y le da rienda suelta a la nostalgia. No llegó a ser la novia de Bergoglio, pero generó los primeros calores juveniles de su santidad cuando tenía 12 años. Y todavía conserva una carta en la que el niño le dibujó una casita. “Es la que te voy a regalar cuando nos casemos”, dice que le escribió el sacerdote. Y cuenta que le pidió a “Jorge” que se alejara porque su padre encontró aquella inocente misiva y le dio “una paliza”. Claro, la gente era mucho más cerrada hace seis décadas y la época no daba ni siquiera para la ilusión de un amor a futuro. De cualquier manera, la vecina que supo conquistar el corazón del sumo pontífice guarda un buen recuerdo: “Es una persona muy humilde y esta nueva función no le va a hacer perder su don de ser. Cuando observé por televisión que lo habían elegido, me puse de pie”.

Así está Argentina. De pie por su hijo pródigo. También, el barrio de sus comienzos, aquel que forma parte de la leyenda del primer papa latinoamericano, su santidad Francisco.

¿Se renovará la curia vaticana?

El próximo martes se realizará la misa de inicio del pontificado del papa Francisco. Al evento asistirán delegaciones de más de 150 países y miles de fieles lo presenciarán en vivo desde la plaza de San Pedro. Después, el papa tendrá que empezar a designar los nuevos cargos de la curia vaticana, que cesaron automáticamente con la renuncia de Benedicto XVI. Al primero que deberá nombrar será el secretario de Estado, cargo ocupado por el italiano Tarcisio Bertone durante el anterior pontificado. Aunque es costumbre que los nuevos pontífices den continuidad a quienes trabajan en estos cargos, se especula que esta vez habría una renovación de la curia, debido a los escándalos de las finanzas vaticanas y los vatileaks. Bertone, además, no era de los círculos más cercanos a Francisco.

Amalia, la exnovia del pontífice

Jorge Bergoglio, ahora el papa Francisco, por poco termina en el altar, pero casándose. Tenía apenas 12 años y su novia en el barrio porteño de Flores se llamaba Amalia Damonte. El “romance” no prosperó por la oposición de los padres de Damonte. En una ocasión, ella recibió “una paliza” de su padre por atreverse a recibir “la cartita de un muchacho”, que era Bergoglio, donde “me había dibujado una casita que tenía techo rojo, blanca abajo, y decía que esta era la casita que me iba a comprar cuando nos casáramos”, ha dicho la ahora septuagenaria mujer. Cierto día Bergoglio le advirtió: “Si no me caso con vos, me hago cura”, y sus palabras fueron proféticas. Damonte fue la única novia que tuvo el cardenal argentino durante su adolescencia.