La dama única de Argentina

Cristina Fernández se prepara para su segundo mandato. Es la gran favorita para ganar en las elecciones de este domingo.

Esa mujer, que se viste de negro y dibuja una sonrisa que brilla más que sus alhajas entre sus labios carmesí, es producto de su propia invención. Sí, no hay dudas. Cristina Fernández, presidenta de la República Argentina, puede considerarse creadora de un estereotipo femenino que poco tenía que ver con aquellos tiempos que la principal referente política del país aún busca enterrar en el pasado. Al margen del impulso que le brindó su marido, compañero de militancia y de la vida, Néstor Kirchner, la Dama de hierro nacida en Ringuelet, una localidad de La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, pudo seguir adelante. Con la base de una imagen que fue maquillando cuidadosamente, como lo hace con ese rostro rosáceo que debe cuidarse del sol igual que ella misma de la oposición. Con un aparato gubernamental que heredó de su esposo y que, aún sin apartarse de los fundamentos K, tiene su propio sello.

Si siempre renegó de su adolescencia humilde, como cuentan sus más recientes biografías, ¿por qué no iba a darle un estilo personalista a su gobierno? Apartada de un padre distante que conducía autobuses, de relación estrecha con una madre sindicalista y futbolera y contacto fluido con una hermana de carácter dócil, Cristina buscó pegar el salto desde joven. Quizá por eso se puso de novia con un rugbier de alta alcurnia, Raúl Cafferata. Hasta que conoció a Néstor y quedó seducida por aquel joven desgarbado que estudiaba abogacía en La Plata y empezaba a mostrarse como un ferviente activista político en los albores de los tiempos más duros de una nación militarizada. Fue Kirchner quien la enamoró con un discurso que buscaba cambiar un mundo desde la fuerza revolucionaria de un grupo de jóvenes estudiantes y quien le abrió las puertas de un universo, hasta entonces, desconocido a esa novia deslumbrada.

El flechazo de Kirchner, que llegó a su corazón en la primavera de 1974, fue certero y tan intenso que al año siguiente se casaron. Entonces, decidieron mudarse a Santa Cruz, el lugar en el mundo de Néstor, producto del temor que generó en la reelecta presidenta el asesinato brutal de dos correligionarios de su marido. Río Gallegos los albergó. Y desde la Patagonia comenzaron a amasar su fortuna. Apartada de la militancia y dedicada a los negocios inmobiliarios se hizo acreedora a 22 propiedades que, todavía a esta altura, son eje de discusión entre los argentinos y, especialmente, en la oposición.

Aquellos que conocen la intimidad de esta mujer de 58 años, nacida siete meses después del fallecimiento de Eva Perón, esposa del general Juan Domingo, ícono de los descamisados y su musa inspiradora, la describen como una ferviente militante de la Facultad de Derecho de La Plata, avasallante legisladora resuelta al protagonismo y poco predispuesta a resignarse al segundo plano de primera dama. De hecho, su carrera política fue sumando eslabones a la par de Kirchner. Mientras él fue intendente de Río Gallegos y luego gobernador de Santa Cruz, ella fue elegida primero senadora y después diputada por la Provincia. Durante su estadía en el Congreso de la Nación se mostró con una ágil oratoria y una energía incansable para sostener sus ideas con firmeza. Fue una de las senadoras, cargo que también ocupó en la casa de la Constitución argentina, que confrontó con mayor virulencia la corriente menemista y defendió a capa y espada la gestión de su marido. Desde su banca tomó la notoriedad que siempre buscó impulsando la reforma del Consejo de la Magistratura y la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia, medidas que resultaron tan controversiales, como su relación con el periodismo independiente, una característica del mandato de su esposo.

Cristina tuvo un mérito indiscutible: se hizo ver como una gran mujer, pero no detrás de la figura de un gran hombre. Por eso Kirchner la convenció de que aceptara competir por la carrera presidencial en 2007, cuando su gobierno empezaba a coleccionar críticas. Y el 28 de octubre de ese año fue elegida con el 45,28% de los votos del padrón electoral en primera vuelta. Sin embargo, no resultaron sencillos sus primeros días al frente del país. Al poco tiempo de asumir estalló el escándalo de la valija de Antonini Wilson, un empresario venezolano que no declaró US$800 mil en el ingreso a Argentina, e involucró al gobierno. También vino la ruptura con el vicepresidente Julio Cobos por el conflicto con el campo, a cuyos productores pretendían aumentarles las retenciones impositivas.

La estatización de Aerolíneas Argentinas y del sistema jubilatorio, así como la sanción de la Ley de Medios, fueron algunas de las principales apuestas de su gestión. También el enfoque a la política de derechos humanos y el establecimiento de la Ley de Matrimonio Igualitario, que permitió que se casaran personas del mismo sexo. Los planes sociales y la Ley de Asignación Universal por hijo (US$50 mensuales para las familias de escasos recursos por cada hijo menor de 18 años) fueron publicitados, además de una decisión polémica que la enfrentó aún más con los poderosos holdings mediáticos: el traspaso de los derechos de televisación del fútbol a manos del Estado. Sin embargo, el affaire ganadero agropecuario le restó popularidad. Y en 2009, los Kirchner sufrieron su principal revés en las urnas, cuando perdieron las legislativas con Néstor como el padre de la derrota. Esta caída inesperada hizo recapacitar al dirigente, quien tenía pensado volver por el sillón de la Casa Rosada en 2011. Y si aquel traspié lo hacía dudar, la muerte le apagó todas las esperanzas.

Fue hace un año, exactamente, en su residencia de El Calafate. El 27 de octubre, día del Censo Nacional, Kirchner falleció por un infarto que le puso final a una salud deteriorada y abrió un nuevo mapa político en el país y en la vida de Cristina, quien desde entonces se deja ver en la mayoría de sus actos vestida de luto. Entonces, la intención de voto de la viuda creció del 14 al 33%. Con “el dolor más grande de mi vida”, tal cual aseguró por Cadena Nacional, la presidenta tuvo que afrontar la continuidad de su gobierno sin su talón de Aquiles, ese compañero con el que convivió 35 años y con el que se inició en la aventura política.

Cristina se ocupó de ratificar el estilo de conducción de su marido y se mostró en el centro de la escena, descartando las dudas posibles sobre su rol de liderazgo. Recibió el apoyo de un peronismo dividido, en especial el del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, quien había coqueteado con la posibilidad de competir con Fernández en las presidenciales. Y se rodeó de ministros leales: el jefe de gabinete, Alberto Fernández, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, y el exjefe de Hacienda, ahora su vice, Amado Boudou, para frenar el quiebre del partido. Se hizo fuerte en la adversidad, apostando al desarrollo de la industria nacional y a pesar de una inflación galopante que afecta los bolsillos de todos los argentinos. Hasta participó activamente en todo lo relativo al canje humanitario de las Farc en Colombia.

Con entereza logró sobreponerse al durísimo golpe de perder su sostén emocional, centralizó el poder y arrasó en las primarias de agosto con un resultado que ni siquiera el más optimista de los kirchneristas hubiera imaginado: un 50% de votos, con victorias gestadas hasta en las zonas rurales, ahí mismo, donde los ganaderos dejaron de lado las viejas rencillas por las retenciones. Fue el golpe final para una oposición débil que nunca logró unir fuerzas. Las elecciones de hoy seguramente sean el comienzo de la segunda etapa de una mujer que superó todas las tormentas. Con la fuerza de las bestias, tal cual se llamó el libro que el general Perón escribió desde su exilio.