Daniel Ortega proyecta una monarquía caribeña en Nicaragua

Los opositores del presidente nicaragüense, que obtuvo más del 70% de los votos durante las elecciones del domingo y entra así a su cuarto mandato, lo acusan de convertir su gobierno en una dictadura familiar. Su esposa y ahora vicepresidenta, Rosario Murillo, y cuatro de sus hijos ocupan altos puestos en el poder.

Rosario Murillo y Daniel Ortega durante el último juramento de éste como presidente en 2012. AFP

Con Daniel Ortega de nuevo en la Presidencia —augura el candidato opositor Maximino Rodríguez—, la quincena de departamentos nacionales, las nueve decenas de diputados de la Asamblea Nacional, los 14.000 efectivos del Ejército, los 13.000 oficiales de Policía que juraron ante la Constitución, los católicos que componen la mayoría, los evangélicos que los suceden, los seis millones de mestizos y nativos que se afincan en las tierras de Managua y su vecindad y los nicaragüenses que aún no han nacido tendrán que habituarse a una prolongada dinastía de cien años sin recurso en su contra. El rey Daniel Ortega. Su majestad Daniel Ortega. Pero también el jefe de la revolución de 1979. Derrocador de Somoza. En poco más de 30 años, Ortega ha transitado de los dominios de la rebelión a las regiones de la monarquía caribeña.

Quizá carezca de la pompa propia de la monarquía, pero Ortega ha cedido al ornato del nepotismo: quiere un cuarto período presidencial —ahora con su esposa como vicepresidenta— y tiene la ventaja, esculpida tras años de dedicada omnipresencia, de ausentarse de los actos de campaña sin perder una popularidad que roza el 65 %. El rey no hace campaña: el rey sabe que su pueblo lo quiere. Entonces Rosario Murillo, además de fungir como su esposa, hace las veces de representante, de vocera y de efigie. “Es una mujer muy inteligente, original, tiene voz de mando”, dijo el exguerrillero Edén Pastora a la agencia EFE. Ortega ha delegado en ella su imagen pública, mientras él gobierna dentro de un fuerte y sólo sale de tanto en tanto en su Mercedes Benz. De los dos se dice mucho: que son agrios en su trato, que carecen de carisma, que de hecho son indiferentes, y también que son alegres y joviales y que mesmerizan a sus votantes. “Tanto Ortega como Murillo —dijo la escritora Gioconda Belli, que se opone a Ortega— son maquiavélicos en el sentido de que para ellos el fin justifica los medios”. A él lo llaman “el comandante” y a ella, “la compañera”.

El primer período de Ortega fue entre 1979 y 1990. Perdió entonces las elecciones y se consagró a la defensa de sus huestes desde la oposición. Volvió al poder en 2007 y fue reelegido, por obra de una sentencia inusual de la Corte Suprema de Justicia, en 2011. Su reelección indefinida fue también la suma de cierta arbitrariedad del Parlamento, que el partido de Ortega —el Frente Sandinista de Liberación Nacional— domina: ya se lo acusaba en esos días de ser un expropiador de los poderes independientes y de haber invadido instancias que le eran ajenas. El politólogo José Peraza le dijo a la AFP: “Esto es parte de una descomposición del sistema político (...) Por sanidad, esposo y esposa no deben gobernar un país, porque se crea una camarilla familiar y se pierden todos los límites de legitimidad y legalidad”.

Otros actos esbozan su cortejo con la dictadura. El hecho, por ejemplo, de que 28 miembros del partido opositor Liberal Independiente fueran destituidos por una resolución de la Corte Suprema —que allanó el camino para que el Parlamento fuera territorio solitario para Ortega—. El hecho, además, de que se hubieran afinado los sistemas judiciales en contra de la oposición, que perdió diputados y candidatos para la Presidencia y entonces decidió que ya no se presentaría a una elección en la que, en últimas, hay un solo candidato. El hecho, por lo demás, de que cuatro de sus nueve hijos sean consejeros de gobierno; de que Rafael, hijo de un matrimonio anterior de Rosario Murillo, sea el administrador de la relación económica con Venezuela —y con su petróleo—; de que la esposa de Rafael, Yadira Leets, dirija una compañía de estaciones de servicio de gasolina —la gasolina que compra su esposo— en todo el país. El hecho, por último, de que Murillo y Ortega tengan nueve de diez cadenas de televisión en el país. Encerrado en sus habitaciones a la manera del dictador desvaído de García Márquez en El otoño del patriarca, Ortega ha concluido que la revolución es sobre todo sinónimo de involución.

 

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