De escándalos y renuncias

El anuncio de dimisión de la directora de la DEA, Michele Leonhart, no ha sido el único caso en el que las agencias de seguridad estadounidenses resultan envueltas en controversias de corte sexual.

Michele Leonhart dirigía la DEA desde el año 2007. /AFP

Estar del lado de la autoridad en Estados Unidos tiene sus consecuencias. Los protocolos psicológicos y de reclutamiento de personal de las agencias de seguridad son rigurosos y exigentes: debe ser gente equilibrada —al menos aparentemente— y sobre todo resistente al impacto de la violencia, a la tensión, al estrés y a las tentaciones que amenazan al deber. Hace un par de semanas el Daily Mail publicó un informe en el que se evidenciaba que los analistas de la CIA y la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) necesitan de psicólogos especiales, pues su trabajo diario tiene que ver con el estudio de videos e imágenes de decapitaciones del Estado Islámico, por ejemplo; de ataques violentos, de pornografía infantil, de tráfico de personas.

Ser agente de seguridad de Estados Unidos hace a las personas de alguna manera “especiales”, en gran medida por la imagen de seriedad que revisten los roles dentro del que se autoperfila como el más serio y justo sistema de seguridad del planeta. Así que cuando llegan los escándalos es como si la imagen de las instituciones temblaran en lo más íntimo y las consecuencias políticas de un impacto tal no se hacen esperar. El último de esos casos es el de Michele Leonhart, quien tuvo que dejar el cargo que ocupaba desde 2007 como directora de la Administración para el Control de Drogas (DEA) luego de que el Departamento de Justicia publicara un informe que denunciaba la asistencia de agentes de su equipo a fiestas privadas con prostitutas mientras trabajaban en el extranjero. Según el informe, algunas de las trabajadoras sexuales que acudían a estas bacanales eran pagadas por los mismos carteles de la droga colombianos a los que investigaban.

El Departamento de Justicia consideró que no sólo se trataba de una falta de ética de los agentes, sino de una irresponsabilidad mayúscula debido a que los encuentros con estas mujeres se daban en lugares en los que los miembros de la DEA tenían sus computadores portátiles, teléfonos celulares y equipos oficiales. En medio del ruido, Leonhart, señalada de no atajar a tiempo las conductas y de mirar por la ventana al conocer los precedentes, anunció su renuncia.

Este no es el primer ni único caso en el que los sacrosantos intereses de seguridad nacional pasan a segundo plano, eclipsados por los impulsos lúbricos de los hombres. La controversia de mediados de 2013 en el Servicio de Impuestos Internos de EE.UU. (IRS), en la que funcionarios fueron descubiertos gastando dineros oficiales en páginas porno y vinos, pareció apenas un detalle comparado con el escándalo del Servicio Secreto en abril de 2012 en la víspera de la Cumbre de las Américas en Cartagena. Los agentes encargados de la seguridad del presidente Barack Obama contrataron en una noche de fiesta los servicios de una acompañante, Dania Londoño, pero a la hora del pago apareció la reticencia. La reacción acalorada de la mujer no sólo la llevó a un breve episodio de fama local, sino que desencadenó en Washington una serie de renuncias en las directivas de la agencia y dejó seriamente mellada la imagen de su director de entonces, Mark Sullivan.

Los escándalos sexuales tocaron también al más alto cargo de la CIA en noviembre de 2012. En la historia no aparece ninguna prostituta, pero sí la amante de quien era el director, el general David Petraeus: una mujer llamada Paula Broadwell. Interesada en los temas de seguridad, Broadwell viajó en repetidas ocasiones a Afganistán, a manera de trabajo de campo para sus investigaciones, donde Petraeus —de quien años después publicaría una biografía autorizada— ejercía como comandante de las fuerzas estadounidenses. En el transcurso de estos avances, ambos se enfrascaron en una relación que duró hasta los días del general como máximo jefe de la CIA y que puso en riesgo la seguridad nacional por los múltiples, variados e importantes accesos que Broadwell pudo tener a documentos y datos clasificados. Se trató de un calvario cotidiano para la pareja, que a su vez llevaban vidas aparentemente normales en sus matrimonios.

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