¿De plaza de toros a mezquita?

A las seis de la tarde de este domingo tuvo lugar la última corrida de toros en la Plaza Monumental de Barcelona. Fue la última en Cataluña porque así lo determinó la ley. El llanto de la costa oriental se escuchó en toda España.

Lloró la muerte del toreo, que no del toro, como si un trozo de su cultura se hubiera apagado. Quedó el sinsabor de deber cumplir una ley impartida por Madrid, esa ciudad que los gobierna a pesar de que numerosos barceloneses preferirían partir cobijas y decir a voz en cuello “soy catalán” y no “soy español”. Fue un día de luto.

Juan Mora, José Tomás y Serafín Marín torearon ante una audiencia que estuvo dispuesta a pagar —en reventa— hasta 500 mil pesos por una entrada que costaba 100 mil para presenciar una jornada histórica.

Pero sin toros ni toreros, ¿qué será de la plaza? El futuro de la nonagenaria edificación, construida en 1915, ha suscitado teorías de todo calibre. Hay quien asegura que el propietario de la Monumental está detrás de la prohibición para así camuflar una mala racha en entradas y justificar la venta de la histórica edificación al mejor postor. Algunos aventuran que se convertirá en centro comercial. Ya una plaza corrió con esa suerte.

Otra hipótesis circula en la red: se rumora que un jeque árabe sueña con comprarla y erigir allí una mezquita. Al parecer ofreció una cifra cercana a los 1.500 millones de euros (unos 3.800 billones de pesos). Beleñés, propietario de la plaza de toros, dice no estar enterado de la oferta, aunque las especulaciones van in crescendo. La idea es controvertida: prohibir el toreo fue una primera banderilla clavada en el lomo del orgullo catalán. Y convertir la plaza en mezquita sería una espada clavada directo en el corazón. Sería un reto para una región que ha hecho del ombliguismo católico una forma de vida.

Serafín Marín, uno de los toreros de la gran final de ayer, es el mayor crítico del veto al toreo en territorio catalán. Llegó a exhibir pancartas pidiendo que respeten la cultura de esa región. El malestar de Cataluña, valga aclararlo, no sólo obedece a la defensa de su cultura. Ven en la prohibición un intento del Gobierno por minar la débil independencia que ostentan en calidad de comunidad autónoma.

Pero la ley, que es para todos, ya habló: la Monumental cerró, y para siempre.

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