La democracia: esa utopía que Trump destruyó (de nuevo)

La mayoría de los votantes del magnate fueron blancos sin educación y que sufren por la pobreza en el campo. Su voto fue emocional: ocho años de reformas liberales tuvieron el efecto paradójico de inculcarles un odio sistemático por la clase política tradicional.

Donald Trump, el nuevo presidente de Estados Unidos. AFP

El mundo entero erró, salvo las huestes del presidente: ellas sí sabían que la victoria estaba hecha a su medida y que ningún analista, por más encuestas y números que quisiera formular, podría afirmar con veracidad que perderían.

Erró el experto y erraron los medios: aun horas antes de que comenzara el conteo, el New York Times le daba 84% de posibilidades a Hillary Clinton de ser la presidenta.

Su entusiasmo era quizá producto de una necesidad sin remedio de esculpir la opinión general o también la suma de una alegría excesiva, que entonces fue degradando su tono hora tras hora hasta darle la victoria “probable” a Donald Trump.

Pensaron que con Clinton lo tenían todo: era mujer, era la propietaria de una historia lucha y superación, era la heredera de Obama. Pero no. Eludieron el hecho simple de que a este año de paradojas se debía agregar, por el movimiento propio de un dominó que se desbarata pieza tras pieza, una más: los pobres encontraron en el hombre más rico a su fiel pastor.

De paso le dijeron a todo un establecimiento que les importaba poco su opinión. Afirmaron, con los votos electorales arrasadores que obtuvo Trump, que les interesa nada si existen razones o no: esta es la competencia firme de las emociones. Ohio, Michigan, Virginia, Florida y Pensilvania, que se daban por descontados como estados a favor de Clinton, se trocaron en la maldición finita de los demócratas y ahora auscultan un proyecto inestable y, de nuevo, basado en la emoción.

Es distinto, sin embargo, un voto emocional a un presidente emocional, puesto que el primero tiene apenas un bolígrafo para marcar su elección y el segundo tiene el arsenal nuclear más grande del mundo y un ejército letal y decidido a seguir al comandante mayor.

Su victoria es justo la demostración de que la sociedad democrática y educada es todavía una utopía y de que la ciudadanía responsable es un ensueño. El pueblo castiga. Cuando tiene que atacar, el pueblo ataca. Los resultados de las votaciones son la reafirmación de que la supremacía blanca (que, nueva paradoja, siente que la están reduciendo a la nada) es un problema que Estados Unidos ha eludido por años y que, en cambio, ha intentado disfrazar con la apertura de más derechos a las minorías.

Sí, ésa es la paradoja mayor: que cocho años de reformas liberales forjaron un odio sistemático en la clase política y en la democracia. El eterno retorno a la estupidez —porque la humanidad, en realidad, siempre vuelve a ella como el buen hijo que vuelve a su terruño— está en las manos pequeñas de un hombre que ellos consideran grande.

El hombre capaz, el hombre digno: el americano puro que a fuerza de brazo levanta un país entero. La imagen contraria de Obama, que durante sus ocho años se apoyó en su equipo de trabajo y en su figura de farándula para llevar el poder: su lema —“Yes, we can”— se convirtió en los dominios de Trump en un singular riguroso: “Yes, I can”.

El mérito de Trump es haber encontrado el Estados Unidos profundo que había desaparecido del alcance de las encuestadoras, del Capitolio y aun de Clinton. El Estados Unidos que ve con desconfianza que las parejas del mismo sexo se casen y que los afroamericanos y musulmanes tengan sus mismos derechos.

Ese país que siempre quiso hablar pero se vio interrumpido por la corrección política. Ese país que quizá quería a Obama pero veía en Clinton a una mujer incapaz de estar en el cargo y sin mérito alguno para la ambición presidencial. Las reformas liberales de los dos últimos períodos —Obamacare, los decretos sobre migrantes— dieron por descontados los derechos de los blancos tradicionalistas del país: ya habían estado allí por años, ¿para qué entonces deberíamos prestarles atención?

Una industria descuidada y sin asidero y un ciudadano de a pie adolorido por el olvido fueron suficientes para darles una bofetada a todos los estamentos de control en Estados Unidos, una jugada de la que tal vez jamás se puedan enorgullecer a pesar de esa soberbia, que a veces es fundadora de grandeza.

Trump tiene, además, la mayoría republicana en el Congreso. Pese a todos los desencuentros con ese partido, políticos como Paul Ryan —que dirige a la bancada— han sabido cuidarse: desaprueban a Trump, el niño malo de la casa, pero jamás lo abandonan.

Tienen, de nuevo, el poder que tenían en los tiempos de Bush. Tienen, de nuevo, al pueblo de su lado, representado en la figura de un misógino, sexista y xenófobo que careció siempre de tacto para retratar sus ideas y que hoy es el presidente del país que hasta ayer, con orgullo, se hacía llamar el líder del mundo libre.

Fue justo el hecho de aquella libertad mal empleada todo cuanto llevó a una desgracia por la que The New Yorker tituló “una tragedia americana”.

Quizá las ansias dictatoriales de Trump se reduzcan con el control del Senado y de la Corte Suprema. Pero esto es, de nuevo, caer en el error de creer que Trump es incapaz de romper los hilos históricos: habría que recordar que el magnate derrotó a dos de las familias más poderosas de la política tradicional, los Bush y los Clinton, y que a pesar de todos los escándalos que intentaron sajar su candidatura por meses, ninguno de ellos tuvo, en últimas, un efecto real y definitivo en su muerte como político. Algo ha demostrado Donald Trump sin que su verbo tiemble: que él es capaz de romper todas las expectativas y hacer que todo parezca como una broma o un mal sueño.