La desgracia de Lampedusa

El naufragio de una barcaza a 550 metros de la isla italiana podría haber dejado más de 300 inmigrantes indocumentados muertos. El debate migratorio se aviva en Europa.

Los cuerpos de los náufragos muertos fueron trasladados a los hangares del aeropuerto de Lampedusa. /EFE

“Es un horror, es un horror. No paraban de traer cuerpos”. La frase, pronunciada entre lágrimas por Giusi Nicolini, alcaldesa de la isla italiana de Lampedusa, resume las escenas trágicas que se vieron desde la orilla isleña, cuando una barcaza abarrotada de inmigrantes africanos naufragó a apenas 550 metros de sus costas. La cantidad de cadáveres era tal que los hangares del aeropuerto tuvieron que servir de reemplazo a una morgue colapsada.
Las cifras que deja el accidente aún no parecen tener punto final. La ecuación catastrófica dice que los muertos confirmados ya superan los 130, que lograron salvarse 150 náufragos y que la barcaza transportaba alrededor de 500 inmigrantes. Entre muertos y rescatados la suma llega a 280, una noticia que aún hoy resulta inquietante: al menos 220 personas continúan desaparecidas en las aguas del Mediterráneo. El problema es que cada minuto que pasa las probabilidades de que las encuentren disminuyen y el temor a que la cifra de fallecidos aumente considerablemente se hace mayor. Al final, de acuerdo con las estimaciones de los cuerpos de rescate italianos, los muertos podrían ser más de 300.

Las preguntas son muchas en este caso. Las versiones del accidente se han construido a partir de versiones de testigos y sobrevivientes. Los primeros en percatarse de que la embarcación estaba teniendo problemas fueron los pescadores, que acudieron a colaborar en el rescate mientra la Guardia Costera respondía a la alerta. “Vimos un mar de cabezas”, relató un pescador.

Entre los sobrevivientes, las autoridades italianas detuvieron a un joven tunecino que aparentemente era uno de los responsables del tránsito de inmigrantes. Lo absurdo de la historia es que la tragedia haya ocurrido a tan pocos metros del aparente destino final del viaje: presumiblemente la barcaza tuvo una falla y, dada la cercanía de la costa, las personas a bordo intentaron prender fuego para llamar la atención y conseguir ayuda. La decisión de crear un fuego controlado se salió de control y las llamas comenzaron a extenderse por la cubierta. Los inmigrantes comenzaron a saltar al agua en masa, lo que provocó el volcamiento de la embarcación. Al menos 40 personas no pudieron escapar y sus cuerpos aún permanecen en el barco, a unos 40 metros de profundidad. El viaje había iniciado dos días antes, zarpando desde la ciudad libia de Misurata, y la gran mayoría de los pasajeros provenían de Eritrea y Somalia.

El debate migratorio

Lampedusa está casi acostumbrada a la llegada de embarcaciones atestadas de inmigrantes indocumentados que usualmente provienen de África, Oriente Medio y Asia. Ya es conocida con el sobrenombre de “puerta de Europa”, pero el problema de la entrada irregular de personas ha sido uno de los grandes debates que ha tenido que enfrentar el continente. La desgracia esta vez vino de un gran golpe, pero los naufragios y accidentes relacionados con la inmigración ilegal han sido una suerte de constante por décadas: de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones, al menos 25.000 inmigrantes han muerto en el Mediterráneo en los últimos 20 años.

La isla de Lampedusa, que desde 1999 ha sido la parada estratégica de alrededor de 200.000 inmigrantes, es hoy la puerta de entrada a un continente que intenta paliar la crisis económica y que ha visto en la migración ilegal uno de sus grandes escollos. Sirve de punto de acceso principalmente a Italia, pero desde allí los arreglos de refugio (muchos de los viajeros indocumentados huyen de conflictos en África) llevan a los viajeros a países como Chipre, Malta y Grecia. Este modelo corresponde a un plan ideado por la Unión Europea en 2003 para hacer frente a la inmigración y librar a Italia de la necesidad de entregar todas las soluciones. Sin embargo, el recrudecimiento del fenómeno ha llevado a que los países del sur de Europa intenten volver a discutir el asunto para idear una nueva distribución de refugios. Frente esa idea, los países del norte se han mantenido apáticos, mientras aumentan los reclamos de solidaridad por parte de sus vecinos del sur. Pocos en Europa están dispuestos a hacerse cargo de los inmigrantes.
Impresionado por la tragedia, el papa Francisco lanzó un grito de protesta: “Es una vergüenza. La palabra que me viene a la mente es vergüenza”.

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