Después de que el Estado Islámico destruyó joyas históricas, ¿deberían reconstruirlas?

Parte del patrimonio arqueológico sirio e iraquí (como Nimrud, vuelta pedazos por el grupo yihadista) está desapareciendo en la guerra. La Unesco es reacia a una restauración total. Algunos arqueólogos sí la ven posible.

Un soldado iraquí camina entre las ruinas de Nimrud tras la recaptura de la ciudad, el 13 de noviembre. Este es uno de los paneles destrozados por el Estado Islámico.AFP

Fue una explosión sola: la ciudad estaba y luego ya no. Los yihadistas alambraron las paredes antiquísimas, los leones alados y las estatuillas antiguas con barriles repletos de dinamita, y oprimieron el botón: y entonces Nimrud desapareció. Un nubarrón de destrozos legendarios reemplazó la vista añeja de la ciudadela. Cuando se asentó el polvo, quedaron descubiertos los destrozos, las rocas deshechas por una ambición religiosa y política: puesto que eran la representación viva de la historia previa a Mahoma, puesto que eran ídolos que debían ser aborrecidos, puesto que la palabra de Mahoma había sentenciado que aborrecerlos era a su vez subyugarse ante el verdadero dios, Alá, el siempre bendito, los miembros del Estado Islámico borraron Nimrud de la faz de la Tierra en abril de 2015.

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Para registrarlo como un suvenir del horror, lo grabaron. “Cada vez que conquistamos un territorio —decía uno de los militantes como preámbulo de la aniquilación— destruimos los símbolos del politeísmo y difundimos el monoteísmo”. Semanas atrás, a golpe de mazo, sajaron estatuas y templos, descabezaron la vieja historia de Irak. Nimrud, fundada en el siglo XIII, solía ser la capital del imperio asirio, una ciudadela que de seguro podía verse a lo lejos sobre las planicies del Nínive, regodeada en sus torres, escalones y columnas, de cara al Tigris y en la otra orilla de un pastizal en donde pacían cabras y caballos.

Su historia física, por lo tanto, se esfumó: el ejército iraquí liberó la ciudad el 13 de noviembre y no encontró más que ruinas sobre ruinas. Lo que antes era una torre, devino en una pila de piedras. Hubo monumentos que son ahora la suma del olvido. Hay algunas torres en pie, piezas de estatuas que podrían ser reconstruidas. Pero nada más. La Unesco, la entidad encargada de proteger el patrimonio en todo el mundo, dijo que estaba dispuesta a trabajar con el gobierno iraquí cuando “la zona haya sido estabilizada”. El ejército iraquí pasa por allí de camino a Mosul, la capital de facto del Estado Islámico.

Así destruyó el Estado Islámico la antigua ciudadela de Nimrud:

En junio de 2014, el Estado Islámico capturó parte del norte de Irak y entonces principió el saqueo y la destrucción. Destruyeron Hatra, otra ciudad histórica, con sus mezquitas y santuarios; entraron en Mosul y quemaron viejos pergaminos y reliquias de los museos; asaltaron Tikrit; atacaron en las planicies del Nínive. Al mismo tiempo que destruían, tomaban para su propio provecho algunas piezas y las vendían a usureros, quienes a su vez las enviaban al mercado negro. Cientos —o miles— de piezas arqueológicas, tanto de Siria como de Irak, los dos países donde el Estado Islámico tiene dominio territorial, podrían estar rondando en Europa o en Turquía. Tardarán décadas en recuperarlas.

Pese al desastre, existe una opción para recuperar la historia perdida: reconstruir las ciudades deshechas por la mano extremista. Es decir, levantar, ya sea a partir de las piezas que sobrevivieron a la destrucción o a partir de materiales nuevos, los monumentos antiguos. Según anota el autor Simon Jenkins en The Guardian, la tecnología arqueológica tiene la capacidad de rehacer el desastre a través de la digitalización y las reproducciones en tercera dimensión, apoyado también en los archivos fotográficos y escritos sobre las construcciones. Aunque parece una opción viable, arqueólogos y expertos se han mostrado en contra, dado que una reconstrucción significaría para la obra pérdida de su autenticidad. “(Los burócratas de la Unesco) sostienen que cualquier reproducción es inauténtica —dice Jenkins—, que los sitios destruidos deben ser ‘conservados tal como se encontraron’, que lo que pasa en las guerras y en los desastres naturales es ‘historia’ y que debe quedar como está”.

La Unesco y los gobiernos de Siria e Irak deben decidir si reconstruyen o dejan las ruinas tal como quedaron. Por ejemplo, en Palmira, un tesoro arquitectónico de la antigüedad en el centro de Siria, tres construcciones esenciales fueron destruidas después de que el Estado Islámico capturara la ciudad antigua: los templos de Bel y Baalshamin y un arco dedicado al emperador romano Septimio Severo. Tras la recaptura por parte del ejército sirio, el director de antigüedades de Siria, Maamoun Abdelkarim, dijo que no dejarían los templos destruidos y que era viable una reconstrucción en los próximos cinco años. Amr Al-Azm, que se ocupó de las antigüedades sirias y enseñó en la Universidad de Damasco hasta 2006, aseguró que el plazo era demasiado optimista y que una reconstrucción podría lanzar resultados indeseables: “Creo que es muy temprano para estar dando un cronograma. No hemos hecho la inspección total de los sitios —dijo a Wall Street Journal—. Aún necesitamos expertos en el campo de la reconstrucción y estabilización para mirar el daño y registrarlo de manera cuidadosa. Estamos aún muy lejos”.

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Annie Sartre Fauriat, miembro del grupo de expertos sobre Siria que trabaja en la Unesco, aseguró por entonces que algunos monumentos de Palmira habían quedado hechos polvo y que sería imposible reconstruirlos. “Algunos monumentos pueden ser restaurados si tenemos las piedras para hacerlo —dijo—. Es muy difícil imaginar la reconstrucción del templo de Baalshamin, el templo de Bel o las tumbas. Ahora sólo hay polvo sobre el suelo”. Jenkins disiente: “Esto es pedantería mojigata. Estas personas (quienes dicen que no puede ser reconstruido) son los idiotas útiles del Estado Islámico. La reinstalación de edificios dañados o destruidos es tan vieja como las colinas. En el siglo diecinueve no sólo se reparó, sino que también se reprodujeron partes o el total de las catedrales góticas de Europa para asegurar su supervivencia. Ningún castillo en Inglaterra existiría si se hubiera hecho a la manera de la Unesco. Difícilmente un muro Tudor del siglo dieciséis. Cuando una casa arde en llamas, la reconstruimos”.

El crítico de arte de The Guardian, Jonathan Jones, carece de su optimismo. “En nuestra era de escáner digital, fotografía satelital e impresiones en tercera dimensión, es tentador sucumbir a la ilusión de que cada ruina puede ser restaurada. Sin embargo, la difícil lección de tres siglos de arqueología moderna es que la sobrerestauración hiere al pasado. (…) Siempre es más conmovedor ver los objetos reales del pasado, sin importan cuán dañados estén, que ver una aproximación falsificada. (…) La historia no es así. El ataque del Estado Islámico contra Palmira no fue una fantasía. En verdad ocurrió. La tragedia del siglo veintiuno es ahora parte de la historia de Palmira. Por la salud de la verdad y como un advertencia para el futuro, esto también debe preservarse”. Jones apela al método que utilizaron el gobierno afgano y la Unesco cuando los talibán destruyeron las estatuas de Buda de Bamiyán en 2001: cualquier reconstrucción fue prohibida.

La reconstrucción de una obra histórica es un proceso difícil y farragoso: además de que se intenta mantener la realidad artística de la obra —una realidad provista de contexto, profundidad e historia—, se debe al mismo tiempo respetar su material y su conjunto. Para Jones, una de las pruebas del fracaso al que puede llegar la reconstrucción es el trabajo que ejecutó el arqueólogo inglés Arthur John Evans en Cnosos, un yacimiento fundado cerca de 7.000 años antes de Cristo y considerado como la ciudad más antigua de Europa. Las ruinas griegas, en manos de Evans, recuperaron los colores de sus columnas y de algunos de sus muros, y su intervención llegó hasta el punto que la ciudadela parece más un pastiche moderno que un tesoro de la antigüedad.

Esta es la restauración que realizó Evans en Cnosos (foto de Bernard Gagnon):

Para Jonathan Foyle, periodista de The Financial Times, una restauración sí es posible. “En los países occidentales —escribe—, es raro encontrar un edificio antiguo que no haya sido restaurado o reparado. Pretendemos que la marcha del tiempo puede ser dominada. ¿Debemos superar nuestras ilusiones y aceptar que el patrimonio puede ser replicado? La esmerada reconstrucción de Varsovia después de la segunda guerra mundial sugiere que sí podemos”. A una posible restauración de Nimrud o de Palmira la preceden varios hechos fundamentales: que la zona sea segura —de lo contario ningún arqueólogo entrará a hacer su trabajo—, que exista un inventario detallado de los daños realizados por los yihadistas y que se proteja de entrada la propiedad arqueológica de los predadores: los ejércitos oficiales, los yihadistas, los contrabandistas desmesurados.