Diez años sin solución

El incremento de los ataques terroristas y el fortalecimiento de la insurgencia dejan un panorama poco esperanzador mientras las tropas extranjeras se retiran del país.

El próximo viernes se cumple una década desde que Estados Unidos decidió invadir Afganistán para acabar con la red terrorista Al Qaeda. Hoy, las tropas estadounidenses y de la OTAN se retiran de ese país mientras se incrementan las muertes, los atentados terroristas y las tensiones entre EE.UU, Afganistán y Pakistán. El panorama al final de la década es el de una reactivación del conflicto.

El pasado agosto fue el mes más mortífero para las tropas estadounidenses en Afganistán: murieron 67 militares. La ONU señaló que los atentados suicidas han crecido un 50% y hay en promedio tres al mes. Los insurgentes talibanes, así como Al Qaeda y la red Haqqani, continúan obstaculizando las posibilidades de alcanzar la paz en la región. Los recientes ataques, perpetrados a mediados de septiembre contra la Embajada de EE.UU y la sede de la OTAN, y el asesinato del expresidente y mediador en el proceso de paz, Burhanuddin Rabbani, en Kabul, lo demuestran.

Según Candace Rondeaux, analista del International Crisis Group, el asesinato de Rabbani es un duro golpe a las esperanzas de paz y “una señal al Gobierno afgano y sus aliados en Washington y Londres: romper lazos con los talibanes no es y nunca será la solución para Afganistán”. Pero la reciente decisión de Hamid Karzai, presidente afgano, es precisamente dejar de negociar con los talibanes y buscar acuerdos con los gobiernos de India, EE.UU. y la Unión Europea para garantizar la seguridad en su país.

Rondeaux dice que el asesinato de Rabbani acrecenta la sensación entre los afganos de que la comunidad internacional está dispuesta a deshacerse de los compromisos hechos en 2001 de apoyar un modelo de gobierno incluyentlas tensiones entre EE.UU, Afganistán y Pakistán. El panorama al final de la década es el de una reactivación del conflicto.

El pasado agosto fue el mes más mortífero para las tropas estadounidenses en Afganistán: murieron 67 militares. La ONU señaló que los atentados suicidas han crecido un 50% y hay en promedio tres al mes. Los insurgentes talibanes, así como Al Qaeda y la red Haqqani, continúan obstaculizando las posibilidades de alcanzar la paz en la región. Los recientes ataques, perpetrados a mediados de septiembre contra la Embajada de EE.UU y la sede de la OTAN, y el asesinato del expresidente y mediador en el proceso de paz, Burhanuddin Rabbani, en Kabul, lo demuestran.

Según Candace Rondeaux, analista del International Crisis Group, el asesinato de Rabbani es un duro golpe a las esperanzas de paz y “una señal al Gobierno afgano y sus aliados en Washington y Londres: romper lazos con los talibanes no es y nunca será la solución para Afganistán”. Pero la reciente decisión de Hamid Karzai, presidente afgano, es precisamente dejar de negociar con los talibanes y buscar acuerdos con los gobiernos de India, EE.UU. y la Unión Europea para garantizar la seguridad en su país.

Rondeaux dice que el asesinato de Rabbani acrecenta la sensación entre los afganos de que la comunidad internacional está dispuesta a deshacerse de los compromisos hechos en 2001 de apoyar un modelo de gobierno incluyente y multiétnico. “A pesar de que una solución política sostenible implicaría un compromiso prolongado con diversos sectores de la política y la sociedad afgana, ni Washington ni Kabul han demostrado un interés genuino por expandir un diálogo nacional de reconciliación”, afirma.

Aunque se intentó llegar a acuerdos con los talibanes antes de la Conferencia de Bonn sobre Afganistán, en diciembre de 2011, el gobierno de Karzai ha terminado por ceder terreno a los insurgentes. Los talibanes no muestran voluntad de negociar; la alianza con Al Qaeda es para ellos una victoria estratégica contra EE.UU.

Ahora, el ejército pakistaní, según acusaciones del jefe de Estado Mayor estadounidense, Mike Mullen, resultaría ser un apoyo más de estas redes —especialmente la red Haqqani, que operaría desde Pakistán y en llave con el Gobierno de ese país—, complicando más el panorama del conflicto y la encrucijada que vive EE.UU.

Mullen describió la semana pasada a la red Haqqani como “un brazo” más de la fuerzas de seguridad pakistaníes. Ante esto, el Gobierno de Pakistán negó tener cualquier lazo con la red y amenazó con dejar de cooperar con EE.UU.

Barack Obama se retractó, dijo que no comparte las acusaciones de Mullen y que no están claros los lazos entre Haqqani e ISI. Yousuf Raza Gilani, primer ministro pakistaní, interpretó las palabras de Obama como una victoria: “EE.UU. ha enviado un mensaje de que necesita a Pakistán y de que no puede ganar la guerra sin ellos”, afirmó.

Rob Crilly, corresponsal en Pakistán para el diario The Telegraph, dice que la retractación sugiere que EE.UU. sabía que tenía pocas opciones de incrementar la presión sobre Pakistán sin arriesgarse a romper las relaciones con este país, lo cual significaría un fracaso para la gestión de Obama en el sur de Asia.

Karzai ha respaldado las acusaciones de Mullen. Dice que los talibanes son controlados por Pakistán y que este país no coopera en la lucha contra los grupos que quieren desestabilizar a Afganistán. Los roces entre las naciones vecinas se deterioraron aún mas desde ayer, cuando Karzai visitó India —principal enemigo de Pakistán— para pedirle que entrene a altos mandos de la policía afgana con miras a garantizar la seguridad una vez que las tropas extranjeras se retiren del país en 2014.