¿Diplomacia del prudente o del filisteo?

En 1947, cuando los Estados Unidos y la Unión Soviética, los dos superpoderes surgidos de la II Guerra Mundial, resolvieron inclinar el peso de su influencia para crear un Estado que le facilitara un territorio soberano al pueblo judío, Colombia prefirió abstenerse.

La votación sobre el tema se dirimió con una resolución en Naciones Unidas, la 181, que consagraba como fórmula la partición de Palestina en dos espacios, uno de ellos entregado a los judíos, cuyos primeros migrantes ya se habían instalado como colonos unas década atrás.

La abstención de Colombia, capitaneada por López Pumarejo, jefe de Misión ante la Organización, parecía apoyarse en la prudencia, frente a los riesgos de un conflicto y al descontento que pudiese brotar entre las naciones árabes. Sesenta y cuatro años después, una nueva elección se abre como escenario para ofrecer otro horizonte de solución diplomática; esta vez con la pieza que quedó faltando, la de un Estado palestino.

EE.UU., el único superpoder que se mantiene, vetará cualquier decisión que consagre a la Autoridad Palestina como miembro pleno de la ONU. Y un veto, ya se sabe, es el disfraz jurídico de la imposición por la fuerza. Esta determinación la esgrimen hoy, aun cuando ellos aprobaran en 1947 que hubiese no uno, sino dos Estados. Sin olvidar que en 1967 participaron en la resolución 242 que pedía el retiro de los territorios ocupados militarmente.

Colombia, por su parte, otra vez se abstendrá. Como antaño. Lo que daría la impresión de coherencia. Sólo que ahora la historia de seis décadas ha hecho estallar en las manos de todos un imperativo moral, el de la necesaria soberanía estatal para los palestinos. Imperativo respaldado por una abundante normatividad emanada de Naciones Unidas, a la que Colombia adhiere.

Dichas las cosas de otro modo: la jugada de Mahmud Abás, al solicitar la membresía plena, ha configurado un escenario diplomático en el que obliga a los actores internacionales a definirse en torno de un legítimo deber moral y jurídico. De modo que quien de alguna manera eluda dicho imperativo moral es empujado a la condición de amigo de la fuerza y la imposición. Esta es la razón por la que tanto EE.UU. como Israel hacen esfuerzos por plantear un tercer camino: las negociaciones directas, vía que pareciera agotada, dado el empecinamiento de una de las partes en los asentamientos.

Colombia, con una probable abstención, reeditaría la diplomacia de la prudencia y del equilibrio contra el peligro de los conflictos potenciales. Pero a estas alturas de la historia, cuando la ley y el deber moral, encarnados en la soberanía palestina y en la coexistencia de dos estados, se han revelado como una alternativa real, ¿no existiría para el país el riesgo de un deslizamiento desde la prudencia hacia una versión deleznable de la diplomacia filistea, aquella que elude un compromiso moral, so capa de propósitos más elevados?

*Analista de Razonpublica.com.

Temas relacionados