La diplomacia secreta entre Estados Unidos y Cuba

A pesar de la enemistad, casi todos los presidentes estadounidenses gestionaron acercamientos tras bambalinas con Fidel y Raúl Castro. Obama normalizó las relaciones, pero con Donald Trump ese diálogo es una incógnita.

Fidel Castro y su hermano, Raúl, durante un encuentro con el Parlamento cubano en diciembre de 2003.
Fidel Castro y su hermano, Raúl, durante un encuentro con el Parlamento cubano en diciembre de 2003.AFP

En un contexto mundial de conflicto bipolar y lucha contra el comunismo, la existencia de un régimen socialista a escasos kilómetros de la Florida y con vínculos estrechos con la Unión Soviética fue considerada inaceptable por parte de Estados Unidos, por amenazar sus objetivos económicos, políticos y de seguridad. Así, desde poco después de triunfar la Revolución, la isla y su líder, Fidel Castro, se convirtieron en “enemigos” de los intereses nacionales estadounidenses.

En abril de 1959, a escasos meses de haber derrocado al dictador Fulgencio Batista, Castro realizó una visita publicitaria a Estados Unidos en la que fue recibido como héroe por los medios de comunicación y con sospecha por el gobierno. Aunque el presidente Dwight Eisenhower se rehusó a reunirse con el nuevo dirigente cubano, delegó al vicepresidente Richard Nixon, quien concluyó que Castro era o “ingenuo frente al comunismo” o “un discípulo comunista”, pero que EE. UU. no tenía opción que trabajar con él. A diferencia de Nixon, el exsecretario de Estado Dean Acheson lo describió como el “primer demócrata” de América Latina.

Pese a las opiniones encontradas que existían sobre Castro, para finales del mismo año el gobierno Eisenhower ya había tomado la decisión de tratar de desestabilizarlo. Además de su preocupación por la expropiación de empresas y tierras de nacionales estadounidenses —proceso que culminó en julio de 1960 con la nacionalización de toda propiedad extranjera—, la CIA promovía la idea de que en Cuba se había establecido una dictadura de izquierda que de no ser frenada por EE. UU. terminaría apoyando a otros movimientos revolucionarios en la región.

Luego del fallido viaje de Castro a Estados Unidos, en febrero de 1960, el premier soviético, Nikita Khrushchev, mandó un emisario a la isla para ofrecer el apoyo económico y político (aunque no militar) que Washington no había manifestado interés en brindar. De este primer encuentro resultó un acuerdo de compra de azúcar a cambio de petróleo soviético, cuya importancia para la economía cubana crecería en la medida en que Estados Unidos endurecía su posición.

Luego de la invasión de Bahía de Cochinos (abril de 1961), que dejó a Estados Unidos en el ridículo y puso de presente el apoyo masivo de la población cubana a la Revolución, Washington siguió empecinado, mediante la Operación Mongoose, en derrocar o asesinar a Castro. Según una investigación realizada por el Congreso estadounidense, entre 1960 y 1965 hubo al menos ocho planes distintos para lograr dicho objetivo, varios en colaboración con la mafia, que era deseosa de reanudar el negocio de las apuestas en la isla. Simultáneamente con estas acciones clandestinas y con la ruptura de relaciones diplomáticas, en febrero de 1962 EE. UU. impuso el embargo.

El punto de no retorno en la construcción de Cuba como amenaza ocurrió con la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, en la que Estados Unidos descubrió la existencia de misiles soviéticos de carácter ofensivo en territorio cubano. En sus memorias, Khrushchev afirma que la idea de emplazar misiles en la isla, la cual contó con el beneplácito de su contraparte cubana, obedeció a la necesidad de contrarrestar la delantera estadounidense en el desarrollo y despliegue de misiles estratégicos, en especial en Europa. Uno de los puntos acordados entre Estados Unidos y la Unión Soviética para dar fin a esta casi confrontación nuclear, fue que Washington se comprometiera a no volver a intervenir militarmente en Cuba, pero su política se quedó atascada en la aplicación del embargo, el ejercicio del aislamiento diplomático y la búsqueda de un cambio de régimen.

No obstante lo anterior, distintos documentos desclasificados y publicados por el National Security Archive demuestran que desde el gobierno de John F. Kennedy en adelante, todo presidente de Estados Unidos, con excepción de George W. Bush, ha gestionado o aceptado por parte de Cuba acercamientos secretos con Fidel y Raúl Castro, con el fin de mejorar y hasta normalizar las relaciones bilaterales. Éstos han tenido varias constantes, incluyendo el deseo de llegar a un modus vivendi pacífico; el carácter no negociable del régimen político (por parte de Cuba) y del levantamiento del embargo (por el de Estados Unidos) como precondición para dialogar; y el uso de temas secundarios no controversiales como sombrilla para tratar asuntos más sensibles.

Bahía de Cochinos y la Crisis de los Misiles terminaron por convencer a Kennedy de que una aproximación más “suave” que la utilizada hasta entonces podía dar mayores resultados, posición que Castro reconoció en entrevista con la cadena estadounidense ABC en mayo de 1963, al afirmar que veía posible la distensión con Washington. En reflejo de esto, luego del asesinato de JFK, el gobierno cubano manifestó ante la administración de Lyndon B. Johnson su deseo de continuar con el proceso que los dos países habían iniciado, interés que no encontró eco en ese entonces.

Una década más tarde, en abril de 1974, el secretario de Estado Henry Kissinger mandó una nota personal a Castro, en la que pidió el inicio de conversaciones bilaterales, a lo que éste respondió en afirmativo, gesto sellado con el envío de una caja de cigarros. Al año, la oficina de Kissinger redactó un informe confidencial sobre Cuba que recomendaba reanudar las relaciones diplomáticas con la isla. Pese a esto, la creciente injerencia militar de Cuba en África a mediados de los setenta hizo que el gobierno de Gerald Ford abandonara la iniciativa.

Nuevamente, el gobierno de Jimmy Carter buscó restaurar relaciones. Entre las políticas adoptadas para lograr ese objetivo, Estados Unidos levantó la prohibición de viajes hacia la isla para todo estadounidense (la cual fue reimpuesta por Ronald Reagan) y envió un equipo para negociar las fronteras marítimas, derechos pesqueros y la cooperación guardacostas. Asimismo, los dos países abrieron secciones de intereses en las capitales de ambos, lo cual permitió una interacción más fluida. Este ciclo llegó a su fin con el éxodo de Mariel, en el que 125.000 cubanos, muchos de ellos reos y enfermos mentales, fueron despachados de Cuba para la Florida en 1980.

Durante sus dos gobiernos, la política de Bill Clinton osciló entre el acercamiento y el antagonismo. Los primeros intentos de diálogo con Castro se vieron frustrados cuando Cuba derribó dos aviones del grupo anticastrista Hermanos al Rescate, matando a cuatro ciudadanos estadounidenses. En un gesto de retaliación, Clinton firmó la ley Helms-Burton de 1996, que extendió la aplicación del embargo y de sanciones a países extranjeros que comerciaban o invertían en la Isla. No obstante, entre 1998 y 1999 flexibilizó algunas restricciones.

El acercamiento iniciado en los años setenta y continuado en los noventa, cuando el colapso de la Unión Soviética, eliminó la principal fuente de preocupación sobre Cuba, algo que se aceleró y profundizó a partir de la primera presidencia de Barack Obama. Sin embargo, el arresto y posterior condena en 2009 del contratista de la Usaid, Alan Gross, acusado de participar en un complot para desestabilizar al gobierno de Raúl Castro, constituyó hasta su liberación un palo inamovible en el proceso.

Al tiempo que han crecido las voces en América Latina y Europa que condenan como anacrónicos y contraproducentes el embargo económico y el aislamiento diplomático impuestos por Estados Unidos durante más de 50 años, los vientos de cambio en ese país también son inconfundibles. Luego de haber monopolizado el debate sobre Cuba, dada la importancia del estado de la Florida en las elecciones nacionales, el poderío del lobby cubano-americano ha disminuido y ha surgido una nueva generación de empresarios y líderes cívicos que apoyan el cambio de estrategia hacia la isla.

El 17 de diciembre de 2014, luego de años de acercamientos tras bambalinas, Obama y Raúl Castro anunciaron su decisión de normalizar las relaciones. Decisión condenada por figuras protagónicas del Partido Republicano. Sin embargo, varias encuestas indican que la mayoría de los habitantes de Estados Unidos la respalda.

Antes del restablecimiento de relaciones, los dos países ya cooperaban estrechamente en temas de interdicción de drogas, migración, rescate de personas en ultramar y alerta temprana de desastres naturales. Ni siquiera la controversia que rodea la base de Guantánamo fue un obstáculo para que el personal estadounidense interactuara regularmente con sus homólogos cubanos al otro lado de la reja. Y aún con el embargo, Estados Unidos le vende a Cuba millones en alimentos.

Pero la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la muerte de Fidel Castro añaden una gran incógnita al futuro de la normalización de relaciones entre los dos países. Los republicanos y el mismo Trump han dicho que “revisarán” varias iniciativas de Obama. Cuba no será la excepción.

*Arlene Tickner B. es profesora de la Universidad del Rosario.