Disparidades de los candidatos

Los mayores desencuentros entre ambos programas tienen que ver con la relación con Venezuela y Ecuador.

Reunión sostenida por miembros de la oposición venezolana y los cancilleres de Brasil, Colombia y Ecuador. / EFE

Aunque Óscar Iván Zuluaga y Juan Manuel Santos tengan similitudes por su pasado político uribista, es indudable que en política exterior las diferencias son inocultables. Las disparidades deberían jugar a favor del actual mandatario, pero la ventaja se relativiza por la manera como en Colombia se leen los temas globales. El actual presidente no ha podido capitalizar los cuatro años que lleva al mando de la diplomacia colombiana, mientras Zuluaga ha conseguido que su falta de conocimiento por los asuntos internacionales no sea visible. Hábilmente sustituye esa carencia por posturas simples que la gente entienda, pero que no son necesariamente viables.

¿Cuáles son las diferencias más importantes en cuanto a sus planes de proyección internacional y qué tan realizables son? Hasta el momento, Santos ha trabajado en tres frentes para la política exterior de un segundo mandato; la continuación de un proyecto de liderazgo, la moderación con los vecinos y un reto mayor del que hasta ahora no ha querido o no ha sabido obtener provecho: el rol de la comunidad internacional para la reconstrucción de Colombia en el posconflicto. Lo que el entonces presidente Andrés Pastrana llamó un “Plan Marshall a la colombiana”, en el que una parte de actores influyentes del sistema internacional participara de la inversión social, tan importante en la reconstrucción y reconciliación.

En el primero de los frentes, el gobierno se ha esmerado en dos espacios; la entrada a la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCDE), que podría significar un aval de la comunidad internacional en cuanto a la política de desarrollo que el gobierno estaría implementando. Ahora bien, todavía se discute internamente si Colombia tiene los niveles de competitividad en materia de producción nacional, si existe suficiente transparencia en el manejo de lo público, y qué decir de la educación, uno de los temas de mayor rezago y que puede empañar la candidatura a esa organización.

Respecto a la moderación frente a los vecinos con disputas históricas como Venezuela, y más recientes como Ecuador, Santos seguirá con la política de no injerencia. Esto le ha traído ventajas al país, como el abandono del ostracismo al que lo había condenado el gobierno anterior. Empero, la gente no ve con buenos ojos este manejo de las relaciones y por eso era habitual en los debates, con excepción de Clara López, ver a los candidatos condenar la actitud supuestamente permisiva frente a Venezuela.

Y sobre el proceso de paz y su internacionalización, el gobierno no ha explicado todavía si está pensando en conformar un grupo de naciones donantes para la reconstrucción del país luego de décadas de cruenta guerra.

En Zuluaga, por otra parte, sobresale la idea de continuar con los esfuerzos de entrada a la OCDE, pero sorprende que se refiera a los canales multilaterales equiparando al BID, la Alianza del Pacífico y la CAF. Además, desnuda la falta de asesoría internacional la propuesta general de buscar “más influencia en la ONU y en la OEA”, sin especificar la forma.

El elemento diferenciador respecto de Santos se puede leer en el contenido ideológico que vertería en la política exterior consistente en la condena enérgica del terrorismo y en la promoción de la democracia. Tal como lo plantea en su plan de gobierno, los dos principios chocan con lo propuesto por Santos. El primero porque la eventual paz con la guerrilla alejaría a Colombia del discurso sobre el terrorismo, y el segundo, porque Santos ha preconizado a un alto precio la no injerencia. En marcado contraste, Zuluaga sugiere la exigencia de la carta democrática de la OEA. Probablemente, la idea sea recurrir a la tradición democrática y legalista de Colombia para convertir ese rasgo en un activo constante de la política exterior.

¿Es viable lo que ambos proponen? En las propuestas hay pros y contras. La principal virtud de Zuluaga es traducir en su eventual política exterior los reclamos del común frente a la situación vecinal. El candidato del Centro Democrático tiene la ventaja de disponer de un margen de maniobra para proponer, sin representar al Estado. Santos, en cambio, está atado por su investidura y cualquier alusión “en caliente” del presidente a Venezuela puede devolver la situación a las peores épocas Uribe-Chávez. En cambio, Zuluaga sigue capitalizando la indignación del país por la situación en el vecino y obtiene provecho de uno de los mitos nacionales que más han proliferado: Colombia como la democracia más estable del continente.

En cuanto a Santos, su mayor capacidad reside en la experiencia y los logros concretos de los que puede alardear con facilidad y que son difícilmente rebatibles. Esto tiene que ver con la visibilidad de Colombia en el mundo, y aunque no todo se le pueda atribuir al presidente, es apenas natural que se reivindique como logro suyo.

Los defectos de estos programas son numerosos. En cuanto al presidente, el principal reside en la ambición que lo ha hecho cometer errores de cálculo, como pensar que la mediación de Colombia en el conflicto palestino-israelí era posible, o la actitud ambigua e inconstante frente a Nicaragua a raíz del fallo de La Haya. También juega en su contra que el país en general no esté al tanto de algunos avances como los logrados en la OCDE, Alianza del Pacífico y en el común, no se dimensiona la importancia de tener buenas relaciones con Ecuador o Venezuela. Para muchos, sus logros se reducen a la eliminación del visado en algunos países.

Las dificultades en materia exterior de Zuluaga comienzan por la mala lectura de los mecanismos consagrados en la OEA para defender la democracia. Se trata del mismo error de la candidata conservadora Marta Lucía Ramírez. Asumen que la Carta Democrática Interamericana, la Resolución 1080 y el Protocolo de Washington sirven para sancionar el régimen de Maduro (en efecto han sido los candidatos menos preparados en el tema internacional). Al contrario, esos instrumentos fueron creados para evitar golpes de estado e interrupciones constitucionales y defender el orden democrático establecido. Esos instrumentos servirían para defender la Constitución que el régimen chavista aprobó a comienzos de siglo. Es inviable que a partir de la OEA se combata a gobiernos que una administración colombiana considere autoritarios.

El candidato del Centro Democrático, además, hace abstracción de la poca autoridad que le queda a esa organización, luego de tolerar y admitir en su seno a las peores dictaduras latinoamericanas durante la Guerra Fría.

En síntesis, la pobreza de propuestas en política exterior obedece a un mal común y es que los candidatos apostaron todo a los asesores de imagen y a expertos en técnicas de mercadeo electoral, dejando poco espacio para los asesores temáticos. La política exterior no ha sido la excepción a esa regla.

 

*Profesor U. del Rosario

 

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