Donald Trump trastabilla, pierde apoyos y baja en las encuestas

El magnate sugirió que quienes tengan un arma en el país podrían “hacer algo” para detener a Clinton. Ha insultado a la familia de un caído en guerra y a los mexicanos. Y muchos comienzan a rechazarlo.

El empresario Donald Trump durante la convención de su partido en Cleveland, el pasado 21 de julio. / EFE
El empresario Donald Trump durante la convención de su partido en Cleveland, el pasado 21 de julio. / EFE

De entrada, que hable Donald Trump: “Hillary (Clinton) quiere abolir, en esencia, la Segunda Enmienda. Si logra elegir a sus jueces, no hay nada que puedan hacer, amigos. Aunque la gente de la Segunda Enmienda quizá sí podría. No sé”.

La Segunda Enmienda es la ley que permite que cualquier estadounidense tenga un arma. La gente de la Segunda Enmienda es gente armada. La gente de la Segunda Enmienda es gente que dispara. Y son los defensores armados de la Segunda Enmienda, según Trump, quienes tendrían la solución para detener a Clinton.

¿Y qué hacen los armados?

Trump dijo horas después que lo malentendieron: “¡Lo que he dicho es que los ciudadanos partidarios de la Segunda Enmienda deben organizarse y votar para salvar nuestra Constitución!”. Sus defensores, que lo aprecian porque él sí sabe decir las cosas, arguyen esta vez que eso no fue lo que quiso decir. Que él es un hombre civilizado.

Trump, sin embargo, dejó la opción abierta en su discurso en Willmington: en el aire, sin aclararse, pero con una presunción precisa. Las personas que tienen las armas deberán defender la buena salud de la enmienda que les permite tenerlas. Trump da un impulso: ellos verán cómo actúan. En un país donde hay dos tiroteos al día, según organizaciones privadas, una sugerencia de ese tono supera la mera broma.

El columnista Thomas Friedman escribió en The New York Times: “Por supuesto, los defensores de Trump, reconociendo cuán incendiarias eran sus palabras, negaron de inmediato que él estuviera sugiriendo que los propietarios de armas pudieran herir a Clinton. Oh, Dios mío, nunca. Trump, insistían, sólo se refería al ‘poder de unificación’. Ustedes conocen a la gente de la Segunda Enmienda, a ellos sólo les gusta subirse a los buses y votar juntos”. Tan indefensas y democráticas resultaron sus declaraciones, que el Servicio Secreto dijo: “Estamos al tanto de las declaraciones hechas esta tarde”.

Ellos sí saben.

Saben, por ejemplo, que en Estados Unidos han sido asesinados cuatro presidentes y que han intentado eliminar a otros catorce. Saben también que un estadounidense con un arma no bromea: la historia recuerda la matanza de Sandy Hook, la de Columbine, la reciente carnicería en el club Pulse en Orlando. Y tienen la certeza de que los seguidores de Trump no se comportan con garbo, puesto que han golpeado a latinos y musulmanes y en los mítines vitorean al candidato republicano con ira, adoración, furia y empeño: la conjugación primigenia para el infortunio.

El germen de la violencia política yace, en parte, en la capacidad de los dirigentes de encauzar la determinación incendiaria de sus seguidores. Los ejemplos de cómo se elimina una amenaza (a la Segunda Enmienda, al Estado, al statu quo, sólo nombre la razón) pululan: allí mataron a los comunistas Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo Ossa, allí a la diputada antibritánica Jo Cox, allí al facineroso Víctor Jara, allí al defensor inocuo Martin Luther King. Todo comienza por un discurso: somos ellos o nosotros. Los líderes no tienen que dar la señal explícita: sus seguidores creen entenderlos, atienden al espíritu de su idea y entonces jalan el gatillo. Las huestes conocen mejor las intenciones de su pastor que el pastor mismo.

Las declaraciones de Trump no sólo fueron carentes de razón en un sentido moral, sino también político. Su campaña decae semana tras semana, hasta el punto de que, según una encuesta dirigida por Bloomberg, Hillary Clinton lo rebasa por seis puntos en la opción de voto por la Presidencia. Otra medición del Wall Street Journal le da 43 % a Clinton y 38 % a Trump. Hace unos días, el empresario insultaba a los padres musulmanes de Humayun S. M. Khan, caído en guerra con el uniforme estadounidense. Desde el inicio de su campaña, ha despreciado a los musulmanes (quiere vetarles la entrada al país), vituperado a los mexicanos (quiere construir un muro monumental para prohibirles el paso fronterizo), a las mujeres y a los bebés.

De modo que Trump carece del derecho de preguntarse por qué decae como decae. Más de 50 exaltos cargos de seguridad nacional lo han declarado como un candidato peligroso y han dudado de su capacidad (ni más ni menos) de manejar el arsenal nuclear del país, al que el presidente tiene acceso casi total. El ministro de Exteriores de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, que de costumbre es morigerado en su vocabulario, dijo: “Uno puede asustarse por lo que sería el mundo si Trump se convirtiera realmente en presidente”.

Los republicanos, sin embargo, siguen sin dar cuenta del desprecio general. El presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, lo apoya a pesar de que ha dicho que Trump es racista y malintencionado. Trump trastabilla y su partido se tapa la cara avergonzado. Pero no retrocede.