¿En dónde está el cambio?

Barack Obama, quien trata de recuperar su liderazgo, tiene esta semana otra prueba de fuego en el Congreso: la expansión del techo de la deuda pública para evitar una parálisis.

Corría el verano de 1980 cuando el entonces candidato Ronald Reagan hiciera famoso el eslogan que lo llevó a arrebatarle la Presidencia a Jimmy Carter: “¿Está usted mejor que hace cuatro años?”, preguntó en ese entonces al electorado estadounidense.

De hacerse hoy la misma pregunta la respuesta sería un rotundo ‘no’. Con unos niveles de desempleo del 9,1%, la deuda pública tocando los 14,3 billones de dólares, más de 6,1 millones de familias que han perdido sus casas desde el 2009 y uno de cada siete estadounidenses viviendo bajo la línea de pobreza, es claro que el panorama es oscuro para gran parte de los habitantes de ese país.

Si bien George W. Bush dejó la casa en llamas, con 10 billones de dólares en deuda y dos costosas guerras, el déficit del gasto público de la actual administración casi se ha duplicado en estos dos años y medio, llegando a los 4,3 billones de dólares, lo que quiere decir que en la actualidad el Gobierno de los Estados Unidos pide prestado 40 centavos por cada dólar que gasta.

Según el último sondeo de ABC News/Washington Post, uno de cada dos estadounidenses asegura que el país va por el mal camino y sólo un 33% aprueba la dirección que Obama ha tomado para manejar el déficit presupuestario, mientras que sólo un 40% confía en el éxito de su reciente plan de creación de empleos. Si bien las elecciones están a casi un año de distancia, periodo donde todo puede ocurrir en materia política, existen razones, además de la aguda crisis económica y, principalmente, la falta de empleos, para pensar que la reelección de Obama está en entredicho. Al día de hoy, 55% de los estadounidenses pronostican una victoria republicana.

Falta de transparencia
“Votamos por un presidente que nos juró transparencia, pero hasta ahora el sinsabor es absoluto”, explica Damon Eris, elector independiente que votó por Obama en 2008 y que cuestiona como muchos la decisión de la actual administración de presionar al fiscal general de Nueva York, Eric Schneiderman, para que acepte la propuesta de 20 billones de dólares por parte de los bancos acusados de causar la crisis actual a cambio de exonerarlos de las demandas civiles de las miles de personas, fondos de pensiones y cajas de ahorro que lo perdieron todo luego de haber comprado sus cuestionados paquetes de inversión.

Esto, sumado al hecho de que William Daley, expresidente de JP Morgan Chase, uno de los bancos en cuestión, sea su actual jefe de gabinete; que Jeffrey Immelt, CEO de General Electric sea director de la oficina de creación de empleo y competitividad, y que algo parecido puede decirse de muchos otros miembros de su equipo de colaboradores, deja en entredicho la verdadera voluntad del presidente.

“Es desconcertante ver lo que pasó con la lánguida reforma financiera (2010), donde el deseo de cientos millones de estadounidense quedó nuevamente truncado por el poder de los bancos en Washington, así como por la falta de voluntad del propio Gobierno”, le dijo a El Espectador Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, durante su visita a la ocupación de Wall Street, donde cientos de estadounidenses le critican esto a la actual administración. “No se han tomado las acciones necesarias para evitar que una crisis como la de finales de 2007 vuelva a ocurrir”, añade.

De igual forma se le reprocha su retórica en materia ambiental. A pesar de su promesa de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y de crear energías limpias, su falta de acción para negar la licencia de construcción del oleoducto Keystone XL, de la empresa TransCanada, que pretende suministrar crudo procedente de las arenas petrolíferas canadienses a las refinerías de los Estados Unidos, es desconcertante, explica Jimmy Holtas, miembro del Partido Verde, quien en 2008 acompañó a Obama en la urnas.

Lo contradictorio es que la explotación del alquitrán en este lugar, el petróleo que se extrae de minas a cielo abierto y las plantas de procesamiento que usan carbón para luego ser convertido en combustible, tendrían, según el propio presidente de la comisión de Energía y Comercio estadounidense, Henry Waxman, un impacto ambiental irreparable.

Latinos en el tintero
Teniendo en cuenta que para las próximas elecciones ya no serán 11 millones sino casi 17 millones de votantes latinos los que podrán ir a la urnas, y que la mayoría de ellos son jóvenes que han visto la promesa de una reforma migratoria integral, así como la del Dream Act federal, diluirse en el aire, resulta muy fácil para los analistas pronosticar que Obama no recibirá el 67% del voto latino, factor indiscutible de su histórica victoria en 2008.

“Pero si no cumplir promesas es una cosa, ir en contra nuestra es otra”, explica Arturo Venegas, director de la Law Enforcement Engagement Initiative (LEEI), grupo que promueve una reforma migratoria integral. “En lo que va de la administración Obama, el número de deportaciones ha aumentado dramáticamente en relación con el gobierno anterior, pues tan sólo en dos años y medio alcanza la cifra de 392.862 deportados”.

El descontento es evidente gracias al programa de Comunidades Seguras, el cual requiere que las policías locales y estatales cotejen las huellas digitales de inmigrantes detenidos con los bancos de datos del FBI y del Departamento de Seguridad Nacional (DHS). Aunque se supone que su enfoque está en deportar criminales, se calcula que 60% de los repatriados con el programa no tenían historial.

Más de lo mismo
A pesar que está cerca de concluir el tercer año de su gobierno, muchos votantes consideran que el cambio prometido por Barack Obama no ha llegado. “Seguimos con dos sangrientas guerras que le cuestan al país más de mil millones de dólares al día. Guantánamo sigue funcionando, decisiones como la acción militar en Libia sin la aprobación del Congreso siguen sucediendo, mientras que, por otro lado, no se dijo nada cuando tropas saudíes entraron a Bahréin a principios de año para reprimir a los manifestantes de protestas similares, todo porque nuestro país tiene una estratégica base militar en esa nación. No veo cambio, por eso no volveré a votar por Obama el próximo año”, aseguro Nick Colandrea, trabajador social de filiación demócrata.

“Como muchos, estoy muy decepcionado con la administración actual. Él prometió cambio durante su campaña, pero seguimos teniendo más de lo mismo. Por eso es necesario revaluar el camino que el país debe seguir”, dice Jeffrey Sachs, director del Earth Institute de Columbia University. El próximo examen de Obama será esta semana, cuando el Congreso nuevamente ponga a consideración la expansión del techo de la deuda pública hasta mediados de noviembre, para así evitar una parálisis como la que casi ocurre en agosto pasado. De lograrse el acuerdo, el presidente podría salir airoso políticamente, demostrando, aunque de manera temporal, que aún queda algo de ese liderazgo por el cual 69 millones de estadounidenses votaron por él en 2008.

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