¿Dónde quedó la Revolución Democrática?

El veredicto que dejaría en libertad a Hosni Mubarak, podría ser el último argumento para reafirmar el ocaso de la “Primavera Árabe”.

29 de Noviembre, 2014. Una mujer besa la imagen del expresidente egipcio Hosni Mubarak, después de conocida la decisión de la Corte Criminal de El Cairo, que levantó los cargos contra el exmandatario por supuestos crímenes ocurridos durante las protestas sociales de 2012. /EFE y AFP

La reciente decisión de un tribunal egipcio de dejar en libertar al ex dictador Hosni Mubarak frente a lo que ha sido conocido como el “juicio del siglo”, ha causado gran conmoción en Egipto. Sin embargo, en las calles no ha sido evidente el inconformismo por parte de quienes participaron en las monumentales manifestaciones del 25 de enero de 2011, que pusieron fin a las tres décadas de gobierno de Mubarak y quienes hoy se sienten defraudados.

La militarización, sin precedentes, de las icónicas plazas de El Cairo, otrora lugares de reunión y expresión popular resultó ser una “coincidencia” que favoreció al gobierno, que en días anteriores a conocerse la noticia ya había movilizado tanques de guerra, bloqueado vías estratégicas, así como instalado puestos de control en una supuesta respuesta a la convocatoria hecha por los Hermanos Musulmanes y los partidos salafistas a salir a las calles el viernes pasado para protestar en contra del actual gobierno.

Sin embargo, luego de publicada la noticia que Mubarak saldría victorioso, a pesar de las 160.000 evidencias que demostraban su culpabilidad, todo empezó a tener mayor sentido para la opinión publica. “¿Estaba todo planeado?”, se preguntan los egipcios desconcertados.

Existen varias teorías con respecto a la decisión; algunos analistas sostienen que esto ha sido el resultado de una presión ejercida por las monarquías del Golfo, específicamente por parte de Arabia Saudita, —de quien depende la recuperación económica de Egipto—, y quienes desde el 2011 se opusieron enfáticamente al derrocamiento y arresto de Mubarak. Para otros, esto evidencia la corrupción aun existente en el sistema judicial administrado por funcionarios todavía leales a Mubarak. Sin embargo, es posible que ambas versiones sean ciertas y que el Presidente Al-Sisi conociera de la decisión y por ello decidiera militarizar las calles de la capital egipcia y bloquear la entrada a la conocida plaza Tharir, como una estrategia para impedir una posible manifestación que incluso pudo haber puesto en jaque su mandato.

A pesar de la censura impuesta a los medios de comunicación en Egipto, que se han abstenido de mostrar el gran inconformismo de la oposición, las protestas se han convertido en el pan de cada día, sobre todo en las universidades. La estrategia del gobierno actual para restaurar la seguridad a través del uso de la fuerza, ha sido objeto de numerosas críticas, especialmente su última decisión de decretar el Estado de Emergencia en la zona norte del Sinaí. El toque de queda por tres meses, la evacuación de miles de familias y la demolición de cientos de viviendas ubicadas en la frontera con Gaza son hechos que preocupan a los activistas de derechos humanos y a quienes han seguido de cerca los acontecimientos en Egipto.

Aunque se conoce que la decisión se tomó a raíz de los atentados de octubre que cobraron la vida de al menos 30 soldados en el Sinaí, lo cierto es que para muchos este es un mensaje contundente para los grupos islamistas y para la oposición de que Al-Sisi no dudará en tomar medidas radicales para sofocar la disidencia. Claramente es un mensaje guerrerista, que lejos está de reconciliar a la sociedad egipcia y de traer la calma en este territorio.

Igualmente resulta preocupante que todas las medidas tomadas por el actual gobierno hayan surgido en el contexto de un Estado de Emergencia, donde no se visualiza una línea divisoria entre el poder militar y el poder ejecutivo, en ausencia, además, de un poder legislativo luego de que el Gobierno Interino disolviera el Parlamento conformado durante el gobierno de Morsi en 2012.

Se teme que esta llamada “securitización", y la falta de debate y de transparencia frente a las medidas sean la antesala de una nueva ola de violaciones de Derechos Humanos en Egipto. Lo más grave es la inexistencia de un ente de justicia imparcial capaz de responsabilizar a quienes atenten contra la población civil. La reciente decisión que deja en libertad a Mubarak resulta la materialización de este temor e insinúa que los militares controlan todas las ramas del poder público.

En un contexto así, tanto los habitantes del Sinaí como los ciudadanos egipcios en general se encuentran en un alto grado de vulnerabilidad y preocupa que la radicalización pueda ser considerada como la única forma de devolver la dignidad a los millones de egipcios que en dos ocasiones hicieron historia exigiendo justicia y mayores libertades.

El reciente caso del activista político egipcio que decidió unirse al Estado Islámico de Irak (EI), Ahmed al-Darawy, quien murió hace pocos días, enciende las alarmas sobre lo que podría convertirse en una tendencia causada por la desesperación en la que se encuentran jóvenes educados de los países árabes, quienes observan cómo se frustran sus sueños, al evidenciar el retorno de las dictaduras.

Basta con observar los recientes hechos sucedidos al norte del Sinaí, donde murieron tres niños y resultaron heridos otros integrantes de una familia beduina durante una operación militar adelantada por oficiales egipcios o dar un vistazo a las cifras de detenidos políticos ,que supera las 25.000 personas en Egipto, así como a los posibles juicios militares que podrían enfrentar estudiantes detenidos en manifestaciones, para pensar que no existe un estado de derecho en Egipto y que la revolución democrática de 2011 no solo fracasó sino que en realidad nunca sucedió.

El panorama no es nada alentador. El caótico entorno de la región y la expansión del EI debería ser un espejo para Egipto. En Palestina, al igual que en otros Estados de la región como Irak, Libia y Siria, ha sido evidente cómo la estrategia militar de represión de la oposición y de las minorías ha radicalizado a los grupos islamistas hasta convertirlos en serias amenazas, no sólo para la seguridad de los Estados donde operan sino que ha catapultado su impacto hacia otros Estados, incluso en Occidente.

Los trágicos acontecimientos ocurridos al norte del Sinaí sumado a la persecución política de la que están siendo víctimas estudiantes, ONGs, movimientos políticos y religiosos de oposición y periodistas en todo el territorio , hacen pensar que este Estado Árabe se está direccionando erróneamente.

El reciente veredicto que dejaría en libertad a Mubarak, acusado de ordenar el asesinato de al menos 800 civiles durante las manifestaciones de 2011 y de haber instaurado un régimen de corrupción durante treinta años, podría ser el último argumento para reafirmar el ocaso de la “Primavera Árabe” en Egipto.

Hoy los egipcios, especialmente aquellos que perdieron a sus familiares durante el régimen de Mubarak, se preguntan: ¿Dónde quedó la justicia transicional que Al-Sisi prometió al remover a Mohamed Morsi del poder? No hay respuesta. Lo único que queda claro con esta decisión judicial es que si bien en 2011 cayó el dictador, todavía continúa en pie el régimen que representa, el mismo que exasperó a más de veinte millones de egipcios hace casi cuatro años.

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