¿Hacia dónde va Putin?

Su obsesión por resucitar el sueño imperial lo ha llevado a desdeñar el derecho internacional y las consecuencias para Rusia.

En medio de las sanciones de Occidente contra Rusia, analistas dicen que acorralar a Vladimir Putin no es aconsejable ni eficaz. Incluso puede ser peligroso. / AFP

Rusia y Occidente no saben aún si están en vísperas de una guerra, pero se han sumergido de lleno en la “gran desestabilización” del sistema de relaciones internacionales existente desde que la Unión Soviética se desintegró en 1991. Detrás de las turbulencias hay un entramado complejo, donde la política y la geoestrategia se entretejen con el azar.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin, no es un genio todopoderoso capaz de mover todos los hilos de una trama en la que está quedando atrapado el continente europeo, pero tiene un papel clave en lo que sucede. Por la forma en que se empeña en rediseñar el rol de su país, Putin asume grandes riesgos, incluida la posibilidad de que el imperio al que aspira acabe siendo una sociedad primitiva.

Desde el punto de vista occidental, tres episodios marcan la escalada de la tensión: la anexión de Crimea, consumada en marzo; la desestabilización del este y el sur de Ucrania, y especialmente de las regiones de Donetsk y Lugansk, acelerada a partir de abril, y el siniestro del Boeing MH17 con 298 personas a bordo, el 17 de julio. Los problemas aparejados a esos sucesos no pueden resolverse por separado y para desentrañarlos faltan hasta ahora estrategias y árbitros.

Crimea fue una tentación irresistible para Putin, que encargó encuestas sobre la eventual reacción de sus conciudadanos ante la “incorporación” de la península a Rusia ya antes de que en Kiev el presidente, Víktor Yanukóvich, dejara a Ucrania a la deriva, señalan fuentes en Moscú. Los sondeos indicaron que los rusos apoyaban la idea y el presidente se fue animando para acabar fundiéndose, tras la huida de Yanukóvich, en una alucinación colectiva con su pueblo. “Putin sintió que Rusia se cohesionaba, que afirmaba su soberanía, que era recorrida por una oleada de patriotismo. No fue sólo ambición o pretensión de querer pasar a la historia. Fue algo mucho más profundo”, afirman medios próximos al Kremlin. El deseo de recuperar un escenario heroico de la historia rusa se impuso al derecho internacional y también al cálculo racional sobre las secuelas del gesto, que el politólogo Glev Pavlovski califica como fruto de la “improvisación”.

La desestabilización del este y el sur de Ucrania responde en parte a la lógica de una “operación especial” de servicios de seguridad. Había que desviar la atención occidental, centrada en Crimea, hacia otro foco de tensión. Putin, que se formó como oficial de la KGB, apoyó los juegos de Rinat Ajmétov, el gran oligarca de Donetsk, con el fin de presionar a Kiev y a Occidente para lograr concesiones sobre el modelo estatal de Ucrania. Pero las reivindicaciones regionales degeneraron. “Sorprendentemente, surgieron numerosos voluntarios dispuestos a ir a luchar a Ucrania y aparecieron las armas. El juego se le fue de las manos al Kremlin”, afirma Pavlovski, según el cual los insurgentes actúan con su propia dinámica y no por órdenes de Moscú. “Putin estaba satisfecho con lo que sucedía en el este de Ucrania hasta que el Boeing fue derribado. Eso lo cambió todo”, comenta.

El truncado vuelo MH17 aglutinó a Estados Unidos y Europa, para quienes los seguidores separatistas son culpables, lo que obliga a Putin a elegir si sigue apoyando a los insurgentes o se desmarca de ellos. Un periodista ruso conocedor (y en ocasiones partícipe) de las intrigas del Kremlin aventura que Putin podría intentar distanciarse de los separatistas mediante el veredicto de los expertos internacionales y que, por eso, ha sido tan favorable a que les dieran a éstos la caja negra del aparato. En este “razonamiento”, realidades y percepciones no tienen por qué coincidir.

Mientras tanto, los ciudadanos se adaptan a los nuevos tiempos. Los funcionarios del Estado (cuyo sueldo medio es más del doble que el de los rusos) elaboran las listas de sanciones, los oligarcas amigos del líder callan o expresan vagamente su frustración por los dilemas que les plantean. En uno de estos días preocupantes en los que los rusos esperan subidas de impuestos y notan la merma en el surtido de quesos y embutidos, la élite económica celebraba con cubos de caviar negro el cumpleaños de una destacada figura gubernamental en una fiesta custodiada por los servicios de seguridad del Estado.

La dinámica de las relaciones entre Rusia y Occidente no puede reducirse a la psicología de Putin ni a las analogías lapidarias con otros personajes siniestros de la historia de Europa. Quienes de verdad conocen las vacilaciones y apuestas, las mentiras y lealtades del presidente no se expresan en público y de ahí la variedad de interpretaciones sobre el presente y vaticinios sobre el futuro. Y no basta que los líderes occidentales, como Ángela Merkel, insinúen que Putin “ha perdido el sentido de la realidad”. Tal vez, Putin “está en otro mundo”, pero en ese mundo están también hoy el 85% de sus conciudadanos que lo apoyan (datos de julio del Centro Levada). Y pese a ese apoyo, el presidente es hoy un hombre solo y desconfiado.

“La seguridad del Estado es lo principal para Putin, y todo su mandato como presidente desde 2000 está impregnado por la idea de que debe garantizar esa seguridad, que él ha considerado amenazada en diversos momentos por distintos factores; primero por los oligarcas que dominaban los canales de televisión o apoyaban a la oposición política, y por las tendencias separatistas en las regiones. A los oligarcas que no se le sometieron los arrestó o los obligó a emigrar, a las élites regionales las debilitó. Ahora, el presidente considera que Occidente es la principal amenaza para la seguridad de Rusia”, dice Alexéi Makarkin.

“La democracia es para él algo secundario”, afirman fuentes próximas al Kremlin. Makarkin recuerda que “Putin intentó mejorar las relaciones con Occidente al principio de su mandato partiendo de la idea de que Rusia tenía su esfera territorial de intereses”. El primer Maidán (protesta, en sentido metafórico) de Ucrania —la llamada Revolución Naranja— puso en guardia a Putin en 2004, pero por entonces los líderes en Kiev se dedicaban a pelearse entre ellos y el Partido de las Regiones representaba a una élite confortable para Moscú en el este de Ucrania, explica Makarkin. En Occidente, además, estaban los amigos políticos de Putin, como el italiano Silvio Berlusconi, y en el interior de Rusia se tomaron medidas preventivas, como la creación de un movimiento juvenil controlado desde el Kremlin. Putin se tranquilizó.

Ahora “cree que Occidente fue injusto con él, que apoyó a la oposición en el interior de Rusia y a las fuerzas antirrusas en el territorio de los países postsoviéticos. Putin cree que Occidente lo ha engañado en Ucrania, pues prometió un compromiso y firmó un acuerdo que no pudo cumplir”, dice Makarkin.

Por su parte, el politólogo Stanislav Belkovski cree que “Putin siempre quiso estar en Occidente y ser un líder occidental”. Al llegar al poder, tanteó la posibilidad de que Rusia ingresara en la OTAN, renunció a los radares de Vietnam y Cuba, y fue el primero en ofrecer sus condolencias a George W. Bush por el atentado del 11 de septiembre de 2001. Con el tiempo llegó a la convicción de que Occidente no lo quería, pero mientras estuvieron en escena el canciller alemán Gerhard Shröder, el presidente Berlusconi o el francés Jacques Chirac, con quienes coincidía en muchas cosas, Putin tenía la ilusión de que se podía quedar en Occidente. Cuando esa generación se fue, “se quedó aislado”.

La situación requiere árbitros y mediadores, dice Belkovski, cuya lista de candidatos incluye al papa Francisco, el primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan y el expresidente israelí Simón Peres. El politólogo cree que sería útil abordar los problemas en una arquitectura más amplia, vinculada a los conflictos heredados en el espacio postsoviético. Acorralar a Putin no es aconsejable ni eficaz, afirma. Además, puede ser peligroso. Es hora de recordar el episodio que el mismo presidente contaba cuando se disponía a relevar a Boris Yeltsin en 2000. De niño, relataba, había acosado a una rata que, al verse sin salida, se volvió agresiva contra él.

Putin es un rehén de su política. En la fórmula para superar la crisis, si existe, el presidente no puede ser percibido como débil, porque eso le arrebataría el apoyo que la sociedad le prestó y de los sectores nacionalistas que pueden amenazarlo si flaquea.

 

 

 

 

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