Duelo entre candidatos republicanos

Obama es visto por la opinión como inseguro; los republicanos, como extremistas e inflexibles.

A la espera de la decisión final de Sarah Palin, la carrera del Partido Republicano por la candidatura a la presidencia se ha convertido en un duelo entre Rick Perry y Mitt Romney, con el Tea Party como el juez principal que decidirá cuál de los aspirantes posee las credenciales adecuadas para portar la antorcha conservadora en unas elecciones que hoy se presentan más abiertas que nunca. Dado que la batalla se libra actualmente en el campo de la extrema derecha, Perry, gobernador de Texas, parte con ventaja.

Perry, un conservador sin concesiones tanto en lo moral como en lo económico, se ubica como el favorito entre los republicanos, por encima de Romney y muy lejos de la tercera en liza, la congresista Michele Bachmann. Aunque quedan aún cinco meses hasta el comienzo de las primarias y más de un año para las presidenciales, el Partido Republicano se siente urgido por mostrarle al país el rostro de un candidato presidencial creíble ante el desmoronamiento de la figura de Barack Obama.

Hace pocos meses, el presidente era muy difícil de batir. Hoy las cosas han cambiado. Obama apenas supera el 40% de popularidad y, con una economía sin perspectivas de mejora, su reelección se ve perfectamente evitable. Es la falta de candidatos sólidos en las filas republicanas lo que todavía hace factible una nueva victoria de Obama.

El Partido Republicano está librando una guerra ideológica interna de la que todavía es difícil predecir en qué condiciones va a salir. El pulso mantenido hace un mes sobre la elevación del techo de la deuda dañó a la imagen de la oposición aún más que a la de Obama. El presidente aparece ante la opinión pública como un líder dubitativo e inseguro, pero los republicanos son vistos como extremistas e inflexibles. Las mismas encuestas que recogen la caída de Obama, certifican también que la popularidad del partido rival apenas supera el 20%, un récord de desprestigio.

En ese contexto surge Perry como un hombre relativamente conocido y que reúne unas ciertas condiciones de viabilidad como candidato, más la aceptación del Tea Party. Bachmann es mucho más querida por el Tea Party, pero resulta inimaginable como una aspirante seria a la Casa Blanca. Romney es presidenciable, por biografía y credibilidad, pero resulta demasiado tibio para el exigente paladar del Tea Party. George W. Bush, por raro que parezca, sería inaceptable en el actual panorama republicano, no por incompetente sino por moderado.

Perry ha cortejado al Tea Party desde hace tiempo y no ha tenido escrúpulos en criticar las traiciones de Bush al verdadero conservadurismo, pero no ha sido sometido aún a la despiadada investigación que comporta una carrera presidencial. Ya se le han descubierto, por ejemplo, ciertos devaneos izquierdistas en su juventud que lo llevaron a colaborar con la candidatura presidencial de Al Gore.

Ante cualquier eventualidad, queda Sarah Palin, que en Iowa juntó tres veces más gente que Romney. No ha iniciado gestiones para ser candidata ni lo hará hasta que los contendientes actuales se desgasten en un par de debates más.

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