EE. UU.: un sueño incumplido

La advertencia la hizo Martin Luther King hace 52 años: “No habrá ni descanso ni tranquilidad en Estados Unidos hasta que el negro tenga garantizados sus derechos como ciudadano. Los remolinos de la revuelta continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que emerja el esplendoroso día de la justicia”. Y esas palabras son tanto o más vigentes hoy que cuando fueron pronunciadas.

Estados Unidos afronta una nueva crisis por cuenta de la violencia racial. Los asesinatos de Alton Sterling, en Luisiana, y Philando Castile, en Minnesota, junto con la masacre de cinco uniformados en Texas, tienen al país entre la conmoción y la indignación y demuestran que, 49 años después del asesinato de King, esa nación unida con la que él soñaba sigue siendo eso: una ilusión.

Por lo menos cuatro de cada 10 afroamericanos creen lo mismo: el 43 % de ellos creen que Estados Unidos “nunca hará los cambios necesarios para que haya igualdad de derechos entre blancos y negros”, según una encuesta del Pew Research Center, revelada el pasado 27 de junio. Otro 42 % cree que esos cambios llegarán “eventualmente”. Y apenas el 8 % cree que esos cambios ya son una realidad.

En paralelo, y como muestra de la polarización que el tema genera, el 38 % de los blancos encuestados por el PRC aseguraron que esos cambios ya son un hecho y apenas el 11 % cree que nunca llegarán. Las cifras muestran un panorama desolador para los afroamericanos, sin mencionar otras minorías rezagadas en comparación con la población blanca, como los latinos (ver gráficos).

Los afroamericanos ganan menos, viven menos y tienen muchos menos beneficios que los blancos. La igualdad sigue siendo un saludo a la bandera. Sigue habiendo un doble rasero. Hasta el punto de que la Asociación Nacional del Rifle, que defiende la venta de armas en EE.UU., no se ha pronunciado sobre la muerte de Castile, quien estaba armado, cuando en otros casos similares ya lo hubiera hecho.

Y esta desigualdad genera tensiones que permanecen latentes durante años. Hasta que una bala o un bolillazo desata esa indignación contenida. “Hemos visto tragedias como esta demasiadas veces (...) Cuando ocurren incidentes como este, gran parte de nuestros ciudadanos sienten que no son tratados de la misma manera debido al color de su piel. Y eso duele. Eso debería perturbarnos”, dijo el presidente estadounidense, Barack Obama.

Así ocurrió en 1955 cuando Rosa Parks fue detenida por negarse a cederle su puesto a un hombre blanco, generando protestas por todo el sur de los Estados Unidos y un boicot en contra de los autobuses de Montgomery (Alabama), el cual duró 381 días, hasta que la ley de segregación entre negros y blancos fue derogada por la Corte Suprema de Justicia.

Esa fue la chispa del Movimiento por los Derechos Civiles, que lideraría el pastor Martin Luther King, hasta su asesinato en 1968 a manos de James Earl Ray. Tres años antes, otro defensor de la comunidad negra, Malcolm X, había sido asesinado en Nueva York por Talmadge Hayer, miembro de la Nación del Islam, un grupo del que Malcolm X había sido miembro pero del que se separó en 1964.

El asesinato de King produjo protestas en, por lo menos, 125 ciudades. Hubo 46 personas muertas, 2.800 heridos y 26.000 detenidos. Fue la mayor de varias protestas durante la segunda mitad de los 60, incluyendo el Domingo Sangriento del 8 de marzo de 1965, en Selma, Alabama, y los disturbios de ese mismo año en Los Ángeles, que terminaron con 34 muertos y miles de detenidos.

Alrededor de muchas de estas protestas ha habido dos constantes: la violencia policial y la impunidad. Y, como si nada hubiera cambiado en 50 años, esos dos ingredientes son parte esencial del malestar que se vive hoy en los Estados Unidos: el sentimiento de que los policías reaccionan de forma muy distinta ante negros y latinos y la sensación de que los asesinatos de estas personas van a quedar impunes.

Las cifras muestran que la violencia policial en contra de la comunidad negra no es un invento: la posibilidad de que un negro muera a manos de un agente es tres veces mayor que la de un blanco, según la ONG Mapping Police Violence. De acuerdo con MPV, 346 afroamericanos murieron a manos de agentes en 2015 y el 69 % de ellos estaban desarmados. En el 97 % de los casos no hubo procesos contra los uniformados.

La violencia policial y la impunidad son elementos comunes, por ejemplo, entre las protestas en Ferguson, Missouri, en 2014, y las manifestaciones en Miami, Florida, en 1980. En las primeras, miles de personas protestaron durante casi tres meses. Primero por la muerte de un afroamericano, Michael Brown, a manos de un agente, Darren Wilson. Y segundo, por la absolución de Wilson, en noviembre de ese año.

Por otra parte, en Miami, en 1980, el detonante de los disturbios fue la absolución de cuatro oficiales vinculados con la muerte de un afroamericano, Arthur McDuffie, quien había sido detenido por cruzarse un semáforo en rojo. La impunidad fue la gota que rebasó la copa para una ciudad que llevaba meses bajo presión por la llegada de miles de inmigrantes cubanos, por cuenta del éxodo del Mariel.

La explosiva mezcla de violencia policial e impunidad ha sido la mecha en casi todas las manifestaciones desde entonces, con algunas, digamos, excepciones, como las protestas en Overtown, Florida, en 1989. Ese año, la comunidad negra de Florida protestó durante tres días por la muerte de dos afroamericanos, Clement Lloyd y Alan Blanchard, a manos de William Lozano, un agente de origen colombiano.

Lozano fue condenado a finales de 1989 a siete años de prisión; sin embargo, el fallo fue anulado por un tribunal de apelaciones con el argumento de que los miembros del jurado se habían visto presionados a condenarlo por miedo a que un fallo a su favor generara protestas como las de 1980. En 1993, Lozano fue absuelto en segunda instancia por un jurado de Orlando, Florida.

La decisión no causó las protestas que se esperaban. Estados Unidos tenía sus ojos puestos muy lejos de allí: en Los Ángeles. En abril de 1992, esa ciudad había sido escenario de una guerra campal por cuenta de las protestas en contra de la absolución de cuatro uniformados por la brutal golpiza propinada a un taxista afroamericano, Rodney King, quien fue detenido por manejar borracho.

Fue en estas protestas que apareció un ingrediente hoy central en las manifestaciones contra la violencia policial: el video. La golpiza contra King fue grabada por un aficionado, George Holliday, y se volvió viral. En el video se ve cómo la Policía de Los Ángeles golpea a King, que se encontraba esposado e indefenso. Fueron 56 bastonazos y seis patadas que bastaron para enardecer a la comunidad negra de Los Ángeles.

Los Ángeles era un polvorín por cuenta de la crisis económica que allí se vivía y por las tensiones entre la comunidad negra, la latina y la coreana. Otro asesinato, el de una menor afroamericana, Latasha Harlins, a manos de un tendero surcoreano, Soon Ja Du, quien apenas fue multado por este homicidio, puso a la ciudad al borde de una guerra. El fallo absolutorio en el caso King fue la chispa.

La violencia en contra de la comunidad afroamericana ya se ha convertido, incluso, en parte de la cultura general. Por ejemplo, una canción del grupo de rap Niggaz With Attitude, titulada Fuck tha Police, en la que se habla de la violencia policial, se convirtió en el himno de una generación. “Los policías creen que tienen la autoridad para matar a una minoría”, dice uno de los versos de esta canción de 1988. Sin embargo, lo sucedido en California en 1992 muestra que, aunque el coctel brutalidad policial-impunidad ha sido un poderoso detonante, en muchos casos ha habido otros factores —como la crisis económica y las tensiones entre las minorías en Estados Unidos— que han sido determinantes para el estallido de estas manifestaciones.

Entre 1992 y 2013 se presentaron otras protestas similares en San Petersburgo, Florida, y en Cincinnati, Ohio. Sin embargo, 2013 fue un año de inflexión, debido al rechazo generado por la muerte de un menor afroamericano, Trayvon Martin, a manos de un vigilante voluntario de origen latino, George Zimmerman, quien fue absuelto. Este caso motivó la creación del movimiento Black Lives Matter.

El reconocimiento de BLM llegó en 2014, tras la muerte de Michael Brown y la de Eric Garner, en Nueva York, quien fue asfixiado por un agente, Daniel Pantaleo, que fue absuelto. Antes de morir, Garner alcanzó a decir que no podía respirar. I can’t breathe se convirtió en un lema reproducido, incluso, por estrellas de la NBA. Su caso produjo una ola de violencia contra agentes, como la vivida en Dallas.

Luego vino una seguidilla de muertes que conmocionaron a la sociedad estadounidense y ésta, de repente, comprendió que la tan pregonada unidad nacional no es tal. Lo sucedido en Minnesota, Luisiana y Texas no es un problema de esta semana, tiene sus raíces en siglos de discriminación y en tensiones irresueltas.

Pese a que en el papel lo es, en la realidad Estados Unidos dista todavía de ser una “nación concebida en la libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales”, como se refirió a ella el expresidente Abraham Lincoln tras ponerle fin a la esclavitud.

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