Egipto: un poder ilimitado

Militares bloquean al presidente egipcio.

En Egipto se cumplió lo que muchos temían: el presidente democráticamente elegido, Mohamed Mursi, tiene las manos atadas mientras que el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, en cabeza del poderoso ministro de Defensa, Mohamed Tantawi, tiene el poder en Egipto. La Alta Corte Constitucional egipcia invalidó la decisión del presidente de restablecer el Parlamento, con lo que el mandatario tendrá que librar ahora un pulso con la justicia.

Una pelea que muchos ya dan por perdida, pues los militares supieron blindarse muy bien. Justo después de las elecciones, y antes de la supuesta entrega del poder al nuevo presidente, la Junta Militar publicó un boletín oficial en el que estableció que el poder legislativo recaería en el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas hasta la celebración de unas nuevas elecciones parlamentarias y tras la disolución de la Cámara Baja.

Estos comicios, dice el boletín, sólo tendrían lugar cuando la Asamblea Constituyente nombrada por la Junta Militar haya redactado una Carta Magna y ésta haya sido validada en un referendo popular. La declaración constitucional enmendada señala además que el nuevo presidente sólo puede declarar la guerra tras recibir la aprobación de las Fuerzas Armadas, y salvaguarda la autonomía de los generales para decidir sobre todas las cuestiones relacionadas con el Ejército. El texto reserva el poder legislativo y presupuestario a un Ejército que tiene un poder ilimitado, pues controla alrededor del 30% de la economía local y posee una fuerza bruta ampliada por un decreto que lo autoriza a arrestar a civiles sin orden judicial.

El Pentágono le gira anualmente US$1.300 millones al Ejército egipcio, considerado una de las diez fuerzas militares más grandes en todo el mundo —más 468.000 miembros activos y 479.000 en reserva—, con una cúpula cohesionada, de buena imagen popular por su papel en las guerras con Israel y fiel al establishment con el cual ha tejido una intrincada red de negocios de alto desarrollo.

Según reportó el diario El País, el ejército egipcio es dueño, entre muchos otros negocios repartidos por el país, de gasolineras, fábricas de pasta o de agua embotellada, cafeterías, agencias de servicio doméstico o inmobiliarias. Los programas de nacionalización del presidente Gamal Abdel Nasser en los años cincuenta supusieron el inicio de un proceso de acumulación de riqueza por parte del Ejército, hoy dueño de un auténtico imperio comercial, que Mursi difícilmente se sentiría tentado a desafiar teniendo en cuenta el bloqueo a su propuesta y la situación económica por la que atraviesa el país.