El calvario de los migrantes africanos

Expuestos a condiciones extremas y usuales víctimas de estafadores, los viajeros africanos que apuestan de manera ilegal por un futuro en Europa siguen intentando la hazaña.

Un grupo de inmigrantes africanos aguarda en el puerto siciliano de Augusta tras ser rescatado. / AFP

En países como Malí, Gambia, Senegal y Costa de Marfil, miles de personas cada año nacen, crecen, se reproducen, entonces intentan llegar a Europa en barcazas paupérrimas y algunos mueren, otros son deportados por autoridades migratorias y otros logran quedarse para seguir pasando necesidades, pero en un suelo más amable.

El drama vuelve a activarse estas semanas al tiempo con la llegada de la primavera, que trae días de buen clima y aguas mansas. Es la “temporada alta” de los migrantes, con más de 10.000 casos reportados desde el comienzo de abril. Y comienzan a surgir las tragedias, como la desaparición en los últimos días de 400 migrantes en el Mediterráneo y otros relatos de tristeza, como aquellos a los que les abrieron en Italia un proceso por asesinato: 15 migrantes africanos fueron detenidos por arrojar a otros 12 al mar en el trayecto desde Libia. Los primeros, musulmanes; los segundos, cristianos. El reporte que entregó la Jefatura de Policía de Palermo expresó en un comunicado: “Los náufragos, muchos de ellos entre lágrimas, explicaron que habían sobrevivido no a un hundimiento provocado por las condiciones meteorológicas adversas o por la precariedad de la nave, sino por el odio humano”.

El odio religioso también se transporta en la barcazas que cruzan el Mediterráneo buscando la costa de Europa. Es apenas una de las facetas de maldad humana que rigen esta migración ilegal y hostil. Soleiman, un maliense de 38 años, relató para la prensa cómo es el camino para llegar al continente de destino y las muchas maldades que se encuentran en el camino: “Me habían dicho que era fácil llegar a Europa desde Libia. Me tomó dos meses llegar a Zuara y pagué todo lo que tenía: 4.000 dinares libios (2.770 euros). La embarcación comenzó a llenarse de agua debido a la cantidad de gente a bordo y felizmente los marinos tunecinos nos rescataron”. Zuara es el puerto libio ubicado a 60 km de la frontera con Túnez, que desde la caída de Muamar Gadafi en 2011, tras una ofensiva militar extranjera liderada por Francia, sin dios y sin ley, se convirtió en uno de los mejores puntos de África para zarpar de manera irregular.

El único control lo ejercen los traficantes, quienes reciben el dinero de los “pasajeros” sin ofrecer ninguna garantía a cambio: si a los pocos minutos del trayecto se hunde el barco, no hay viaje y no hay devolución de lo invertido. De hecho, como denuncia Cissé, un joven marfileño rescatado hace cinco meses, a las partidas en muchas ocasiones las rige la lógica del saqueo: los operarios fingen fallas cerca de Túnez, reciben la atención de los equipos locales de rescate, abandonan a los migrantes y regresan en la barcaza por un nuevo grupo de pasajeros incautos.

Cissé relata el calvario que vivió cuando la embarcación en la que se transportaba ya rondaba las costas europeas: “Era un martirio (...) éramos muy numerosos, 84 personas en total. Había sobre todo nigerianos. La gente se empujaba. La lancha comenzó a inundarse y los marinos avisaron a los guardacostas. 76 personas fueron rescatadas, dos cayeron al mar y las seis restantes reiniciaron la marcha y partieron a gran velocidad y lograron llegar sanos y salvos a Lampedusa (en Italia)”.

No obstante, la pesadilla no termina si son rescatados en Túnez o en la misma Europa. Los migrantes invierten los ahorros de años en una única oportunidad y sin recursos para nada más que resignarse a su suerte. Padecen también el abuso de los oportunistas, otra faceta humana. Mohamed Trabelsi, de la Cruz Roja, asegura que empleadores “vienen a buscarlos hacia las 5:00 a.m. para trabajar de obreros, de pintores o de jardineros”. Por supuesto, mal pagos.

Abdoulay, por ejemplo, un joven originario de Gambia, hoy pasa sus días en Túnez, tras el fracaso de su barcaza: “Estoy desempleado y no tengo ninguna especialidad. Mi objetivo sigue siendo el mismo: vivir en Europa”. Su plan es elemental: conseguir un trabajo y ahorrar, con la ilusión de que la próxima vez será.

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