El camino hacia el horror

Miles de jóvenes nacidos en Europa se acercan a los islamistas radicales. Algunos parten a Siria o Irak. Otros deciden actuar en sus países. ¿Cómo un adolescente rebelde termina cometiendo una masacre?

Los jóvenes son el blanco de las redes yihadistas en Europa. Aquí en manifestación de respaldo al semanario ‘Charlie Hebdo’. / AFP

El pasado noviembre, el periodista Gurvan Kristanadjaja, del diario en línea francés Rue 89, decidió realizar un experimento. Lo primero que hizo fue abrir en Facebook el perfil de un “joven de los suburbios”. Algunas fotos con cachucha y camisa ancha, un par de “me gusta” a grupos de rap no comercial. Sus primeros posts fueron frases en árabe sacadas del Corán y algunas en francés que demostraban cierta angustia existencial. La idea era saber si algún islamista radical intentaría contactarlo.

No pasó nada en los primeros días, pero antes de una semana, en la que agregó como amigos a personas que ponían como “Lugar de trabajo: Estado Islámico”, no sólo Facebook comenzó a sugerirle publicaciones que mostraban ejecuciones de rehenes y videos de imanes con discursos incendiarios, sino que le llovieron solicitudes de amistad. “Algunos mostraban selfies tomados en el terreno en Siria. Otros me proponían que habláramos seriamente por Skype. Hasta ahí me llegó el juego”, dice Kristanadjaja. Las periodistas Céline Martelet, de RMC, y Salomé LeGrand, de France Télévision, obtuvieron propuestas similares: “Con la diferencia de que cuando uno es mujer todos los perfiles son de mujeres con velo que, a su vez, invitan a usarlo”, señala LeGrand.

El fenómeno ha sido llamado Yihad 2.0. A pesar de que el término “yihad” sea errado para designar la “guerra santa”, parece marcar un patrón. Según el informe del cuarto trimestre de 2013 del Observatorio del Mundo Cibernético del Ministerio de Defensa Francés, dedicado al “yihad en línea”, los primeros contactos de los jóvenes en estado de fragilidad emocional, que antes solían pasar por las prédicas de los imanes radicales, se hacen ahora casi exclusivamente de manera solitaria y a través de internet. De igual manera, las temporadas en prisión por delitos menores aceleran el proceso. Muchos jóvenes pasarían “virtualmente” por las cuatro etapas, que antes se realizaban en grupo, sólo en compañía de internet. El informe distingue las etapas de prerradicalización, autoidentificación, adoctrinamiento y yihadización propiamente dicha.

“En su perfil de Facebook decía que se iba a ir a Siria, pero quién iba a pensar que era en serio”, comenta la madre de una joven de 15 años que durante una semana huyó de su casa con la intención de unirse a los combatientes islamistas.

Para Mathieu Gudière, especialista en el mundo musulmán contemporáneo, las declaraciones explícitas no son la norma en las primeras etapas. “Es difícil diferenciar un futuro yihadista de otros jóvenes con problemas de adaptación. No existen signos ‘exteriores’ presentes en todos los casos”. Según las autoridades, no todos los que sienten una atracción usan su nombre o fotos verdaderas, como en el caso de esta joven. “La encontramos cerca de Marsella. Había encontrado trabajo haciendo oficio en hoteles y reunía dinero para un pasaje por tierra hacia Turquía”, recuerda su madre.

Turquía suele ser un paso típico del itinerario. La frontera entre ese país y Siria es un territorio de nadie y en los dos lados abundan los reclutadores que se encargan del tramo final. Algunos han sido contactados desde Europa; otros exigen dinero por realizar el último contacto. Según Gudière, “una vez del otro lado de la frontera se los ubica por nacionalidades”. Esto no sólo es práctico a la hora de organizar acciones militares, sino que crea un sentimiento de camaradería y pertenencia, lo que garantiza la lealtad tanto de los que se quedan como de los que regresan a sus países.

Entre los primeros estaban los hermanos Nicolas y Jean Bons, originarios de Toulouse y muertos en Siria en el otoño de 2013. “Nunca volveremos a vernos, pero si ustedes se convierten nos encontraremos en el paraíso”, decía la carta con la que se despidieron de sus padres.

La ruta por Turquía ofrece una ventaja adicional para los que regresan, bien sea porque desertan o porque su plan inicial era un simple entrenamiento: en su pasaporte no queda ninguna marca de entrada a países “sospechosos” y el viaje de un mes de entrenamiento en un campo cerca de Alepo puede justificarse ante familia y autoridades como unas vacaciones de verano en Ankara o Estambul. Según declaraciones del director de la policía del aeropuerto de Orly, Pierre Henri Digeon, a la radio RTL: “En casi todos los vuelos que salen de París hacia Turquía hay alguien que, según informaciones de inteligencia, estaría interesado en la yihad”.

No hay duda de que Facebook constituye hoy en día una puerta de entrada al mundo “yihadista”; sin embargo, las redes sociales sólo constituyen una evolución de los foros, en boga hasta hace unos años y que, si bien ofrecían la ventaja del anonimato, eran limitados en cuanto a la diversidad y cantidad del contenido. “Las páginas de Facebook también reproducen la dinámica de los foros en el sentido de que si se cierra una, pronto aparece otra. El objetivo, más que el bloqueo continuo de contenidos, deberían ser las personas que lo producen”, opina Gilbert Ramsay, del Centro de Estudio del Terrorismo y la Violencia Política.

Según la oficina del fiscal general de Francia, François Molins, entre 1.500 y 2.000 jóvenes franceses estarían intentando salir del país para vincularse a grupos extremistas, y entre 500 y 800 se encontrarían ya en Siria. Si muchos de los que partieron en las primeras “oleadas” de yihadistas venían de sectores urbanos deprimidos y de familias donde los padres son musulmanes, no necesariamente practicantes, el fenómeno iría en aumento entre los jóvenes de clase media que no tienen lazos familiares con el islam.

“Es difícil definir patrones de origen. Lo que hay en común es una necesidad de huir, de escapar de una realidad que los sobrepasa y en la que no ven ningún porvenir”, opina Dounia Bouzar, directora del Centro de Prevención de las Derivas Sectarias Relacionadas con el Islam (CPSI, por su sigla en francés).

El reclutamiento de los jóvenes por movimientos islamistas que los invitan a vincularse a la lucha religiosa armada no es nuevo. Durante la guerra en Irak existió en París la red conocida como Buttes-Chaumont (nombre de un parque parisino), en la que Farid Benyettou, un empleado de aseo convertido en predicador radical, entrenaba a jóvenes de los barrios vecinos antes de organizarles viajes hacia el Medio Oriente. A esta célula pertenecieron los hermanos Said y Chérif Kouachi.

Bajo el control de Bashar al Asad no se podía hablar de un movimiento yihadista en Siria, el Estado Islámico no existía y las ramificaciones de Al Qaeda eran el destino de combatientes que terminaban en campos de entrenamiento en el Magreb, Irak o Yemen, país donde Chérif Kouachi aprendió el manejo de armas de largo alcance, las mismas con las que, junto con su hermano, masacró a la redacción de Charlie Hebdo. Antes, según su abogado en 2005, “Chérif era un fumador y bebedor que no se interesaba por otra cosa más que el fútbol”.

 

* [email protected] / @r_abdahllah

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