El carnicero de Kabul: con amnistía y posibilidades de entrar en política

Tras meses de negociación, el gobierno afgano llegó a un acuerdo con el grupo islamista Hezb-e-Islamic, liderado por Gulbuddin Hekmatyar. Nadie pagará por ningún crimen. Activistas jóvenes protestaron contra el perdón que le concedieron.

Gulbuddin Hekmatyar durante una entrevista en Teherán en 2001.AFP

Guldubbin Hekmatyar tiene una tendencia insistente a la fuga: en dos ocasiones, durante la guerra civil de Afganistán, a principios de los años noventa, eludió su deber como primer ministro para fomentar la guerra. Por ese entonces, el desgraciado Mohammad Najibullah, que había fungido como presidente y que terminaría castrado y arrastrado como un mero trozo de carne hacia la horca en 1996, decidió renunciar y diversos grupos políticos y religiosos fundaron el Estado Islámico de Afganistán. Hekmatyar desdeñaba el acuerdo para crear el Estado, aunque le hubieran ofrecido ser primer ministro: parecía que su misión superaba la burocracia y sólo abrigaba esperanzas para una guerra santa empedernida.

En los años que siguieron, le fueron ofrecidos puestos políticos y acuerdos, y él, con la terca insistencia que otorga la ambición de convertirse en dictador, los rechazó todos. Por ese tiempo, él y sus militantes asesinaron a 1.000 personas con rockets y dejaron heridas a otras 8.000. Condujo otras decenas de ataques contra edificios y en calles: una bomba podía caer en cualquier momento. Un testigo recuerda que estaba esperando su bus en compañía de un viejo vendedor en la calle. Cuando subió al bus, una bomba impactó contra la calle y el viejo desapareció. Ése era el poder de Hekmatyar: podía desaparecer las cosas.

Hekmatyar escapó a Irán cuando los talibanes subieron al poder en 1996 y hasta hoy sigue fuera del país. Se lo ha acusado de tener vínculos con Al Qaeda, de terrorismo y de haber fundado una escuela de militantes con influencia política y militar que definió la muerte de cientos de personas en Afganistán. Fue primer ministro por un tiempo breve —aunque había bombardeado Kabul le ofrecieron la posición, puesto que era un gobierno muy débil—, y entonces se decidió a seguir la guerra en 1994. La historia también deberá tener en cuenta que Hekmatyar y su grupo fueron financiados y entrenados en los años setenta, cuando comenzaron su marcha fúnebre, por Estados Unidos: en la guerra contra la Unión Soviética, los muyahidines eran el arma predilecta.

La turbulencia de la guerra habría de girar la rueda viva: décadas después, a la luz de los muertos que sumaba y los actos que patrocinaba, Estados Unidos lo clasificó como terrorista y la ONU, impulsada por el primero, hizo lo mismo. Hekmatyar nunca respondió por ninguno de los crímenes de guerra —y crímenes en general— que se le adjudicaban: bombardeo indiscriminado de civiles, asesinato de intelectuales en Pakistán y Afganistán, desaparición de oponentes políticos, tortura, castigo de mujeres derramándoles ácido. Y tampoco responderá: esta semana, el gobierno afgano y su grupo han firmado un acuerdo de paz en el que todos sus militantes reciben amnistía sobre cualquier crimen que hubieran cometido. Estados Unidos y la ONU felicitaron a Afganistán por el acuerdo.

Hekmatyar continúa en el exilio, pero llegaría a Kabul en las próximas semanas para hacer una firma oficial junto al presidente afgano, Ashraf Gani. El acuerdo prevé también liberar a todos los presos —colegas de guerra de Hekmatyar— y a cubrir su seguridad durante cierto período. La organización Human Rights Watch, al conocer su amnistía y los términos del acuerdo —que venían ya dilucidándose desde hace cuatro meses—, dijo: “Hekmatyar no está solo en su disfrute de la impunidad. Ninguno de los comandantes de la guerra afgana de los años noventa ha sido señalado como responsable. Esto, y el fallido desarme de las milicias, ha minado las reformas necesarias para construir instituciones de gobierno cruciales para una paz duradera”.

La organizadora de una protesta contra Hekmatyar dijo a la agencia EFE: “No olvidamos el asesinato de kabulíes, aunque los americanos y sus aliados afganos (el Gobierno) les perdonen”. Hekmatyar se ha jactado de haber escondido a Osama bin Laden, de pergeñar una guerra santa contra Estados Unidos, de animar a los fervientes simpatizantes de su causa, de desdeñar las lecciones de la bondad, de abrazar el asesinato de civiles. En el acuerdo, a cambio de su amnistía, Hekmatyar se compromete a no retornar nunca jamás a las actividades terroristas.

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