El cineasta iraní que comienza hoy su pena de prisión por un documental

Keywan Karimi fue acusado de “insultar los valores sagrados” por “Writing on the City” (2015), una pieza visual que discute sobre los grafitis de Teherán. Estará en la cárcel un año y recibirá 223 latigazos.

El cineasta Keywan Karimi, de 30 años, en una fotografía de archivo de principios de este año.AFP

“No quiero ser erigido en un héroe —dijo Keywan Karimi a la AFP hace algunos meses—. Que mis filmes sean vistos o que mi nombre sea conocido es en realidad secundario. El cine es, sobre todo, lo que le da sentido a mi vida”. Las palabras de Karimi eran su testamento de la humildad: todo cuanto podía pasarle a un hombre por su creación —a él por formular una visión de mundo en un documental— no bastaba como razón para ocultar su vocación. O para detestarla. O para desdecir de ella. Aunque había sido condenado a seis años de prisión y 223 latigazos, Karimi permanecía en la actitud del monje que recibe golpes por doquier y se preserva íntegro en su quietud.

La condena había sido formulada por la justicia iraní, que había encontrado su documental, Writing on the City, demasiado irrespetuoso. Encontró que insultaba las formas sagradas y recatadas del islam y que, por lo demás, alentaba la propaganda en contra del poder en firme. Era un documental disidente e indigno de la vista: el juez aseguró que una escena representaba un beso sacrílego y que la apología del delito y la sublevación era evidente. Karimi, que tiene 30 años y enfrentaba por entonces el proceso de quimioterapia de su madre, presentó todos los documentos y los testigos, pero fue desoído. “Hace diez años que hago filmes —le dijo a Le Monde en otra ocasión—. Nunca me formulo la pregunta sobre la prohibición. Hago filmes para la historia, para crear un testimonio sobre mi país y sobre mi vida”.

Tiempo después, según confirmó, su condena fue reducida a un año. Los latigazos se mantuvieron. Este miércoles cumplió su primer día como reo en la prisión de Evin, en Teherán, con el recuerdo presente del 14 de diciembre de 2013: ese día, un grupo de guardianes de la revolución islámica, que fungen como los formadores de la ética y el buen vivir en Irán, entró a su casa, se llevó su disco duro y se lo llevó a él. Estuvo en prisión por quince días, en aislamiento. Lo liberaron bajo caución y principió su juicio. Hasta hoy, el documental no ha sido presentado en público.

Intentó defenderse con el argumento de que el documental representaba apenas los mensajes que se leían en los grafitis de Teherán y que, en buena parte, recogían la historia desde la revolución de 1979 hasta el 2009. Treinta años de historias preservadas en las paredes: “Los muros son sitios críticos —dice el tráiler del documental—. Crecen junto con las ciudades y recuerdan caras, nombres y escritos, unos fuertes, otros débiles, eslóganes, poemas e himnos”. Karimi, de origen kurdo, se sometió al examen de sus jueces, que insistieron en que intentó —o que filmó, el proceso fue cerrado al público— filmar un beso inapropiado y en que sus imágenes devastaban el bienestar del régimen. Entonces lo condenaron. Pidió varias prórrogas para cuidar de su madre mientras terminaba la quimioterapia. Dijo que iba a cumplir su pena y que “no tenía la intención de salir” del país.

Cuando fue condenado, Karimi dijo: “No comprendo muy bien lo que me pasa. Por ahora, estoy libre. ¿Será que me van a arrestar mañana o el gobierno revisará mi condena si hay una fuerte movilización internacional? Lo espero todo”.

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