El contradictorio expansionismo de Netanyahu

Elliott Abrams y Uri Sadot, en un artículo llamado Settling Settlements, exploran qué camino tomará el primer ministro israelí en el conflicto con Palestina.

A última hora del cierre de su campaña reeleccionista, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, prometió que si era elegido para un tercer mandato incrementaría la construcción de asentamientos en territorio palestino, evitaría la división de Jerusalén y haría inviable la consolidación de un estado palestino.

Puede ser que esos anuncios hayan cautivado al sector de la derecha más conservadora de Israel y significaran el apoyo suficiente para que Netanyahu lograra su reelección hasta 2019. Poco después de la victoria, sin embargo, Netanyahu desbloqueó por “razones humanitarias” la transferencia de impuestos a la Autoridad Nacional Palestina (que había sido congelada como represalia a la intención palestina de entrar en la Corte Penal Internacional) y se mostró más flexible en cuanto a una solución de dos estados.

Uno no sabe qué creer, pero la historia y la percepción internacional parece indicar que la política de Netanyahu, en vez de privilegiar la negociación bilateral con los palestinos, el respeto de la ley internacional y la implementación de múltiples resoluciones de la ONU, ha impulsado un aumento de los asentamientos israelíes en Cisjordania, considerados ilegales por la ONU –así como por la Unión Europea y EE.UU., entre otros- y un mantenimiento de los episodios bélicos desproporcionados, como la operación militar a gran escala que Israel realizó en la Franja de Gaza el año pasado.

El exdiplomático estadounidense Elliot Abrams y el investigador israelí Uri Sadot, en un artículo llamado Settling Settlements y recién publicado en Foreign Affairs, dicen que esa política de expansión es más compleja de lo que parece y que, por primera vez en más de 15 años, Israel podría conformar una coalición de gobierno compuesta solamente por facciones de derecha, lo cual tendría implicaciones en esa política. Los autores indican que es difícil determinar hasta qué punto Netanyahu es un expansionista del modo como ha sido percibido internacionalmente. Proponen que, independientemente de cuál sea la política adoptada, tanto los palestinos como los israelíes y los estadounidenses deberían mirar mejor la situación en el terreno, para considerar las opciones reales de una solución de dos estados.

Las acciones que vaya a tomar Netanyahu dependerán en parte de las presiones que sienta desde afuera. Durante sus últimos seis años de gobierno, la expansión de asentamientos ha generado una gran controversia en el ámbito internacional en general y un aparente distanciamiento de Israel incluso con su mejor aliado, Estados Unidos.

No sólo los asentamientos, sino su política de seguridad. Con la “amenaza” que plantean los ataques desde la Franja de Gaza por parte de Hamás, el primer ministro podría seguir justificando operaciones militares en legítima defensa -que probablemente no satisfagan los principios de proporcionalidad y distinción que regulan un conflicto armado, como sucedió en Gaza según la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos-, pero cada vez es más probable que EEUU. y otras potencias están menos dispuestas a mantener el apoyo a Israel en esas operaciones militares y el silencio –o la complicidad- en instancias internacionales como la ONU. Además, la membresía de Palestina a la CPI ya entró en vigencia y las demandas que sean interpuestas contra el estado israelí también podrían generarle a Israel un mayor descrédito político en los años siguientes.

El aumento de la presión puede no ser suficiente. Israel lleva años desconociendo múltiples llamados por parte de varios estados y resoluciones de la Asamblea General y del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Israel se puede dar ese lujo, es la principal potencia militar de la región y su aliado es la principal potencia militar y económica del planeta. A pesar de algunas declaraciones en las que rechaza particularmente la política de asentamientos, EE.UU. ha mantenido intacto su irrestricto apoyo económico y militar hacia Israel. Según declaraciones de altos oficiales estadounidenses e israelíes, no hay mayores razones para pensar que esa relación cambie en lo esencial en el futuro cercano.

No obstante, el rechazó de cada vez más lideres occidentales a las acciones israelíes y un inevitable nuevo enfoque que tendrá EE.UU. hacia Oriente Medio tras la firma de un eventual pacto nuclear con Irán pueden hacer que las cosas cambien. Abrams y Sadot aseguran que en los años venideros la Casa Blanca podría cambiar su política. Eso podría forzar a Netanyahu a ablandar sus políticas.

Hay una diferencia en cómo se percibe el expansionismo de Netanyahu desde el ámbito internacional y desde la política interna israelí. Abrams y Sadot dicen que durante sus últimos gobiernos Netanyahu se caracterizó, por un lado, por una disminución de la expansión de pequeños asentamientos fuera de la “barrera de seguridad” (conocida internacionalmente como el muro de separación) de Israel, en territorios que eventualmente se convertirían en un estado palestino. Por el otro lado, por un aumento de la población en los mayores bloques de asentamientos con los que Israel espera quedarse.

La “comunidad internacional”, dicen los autores, ha criticado a Netanyahu por lo primero: “Estados Unidos y Europa frecuentemente criticaron esta política como la expansión de la presencia israelí en Cisjordania”-. Las facciones de derecha de la política interna, en cambio, lo han criticado por lo segundo: por una política que detiene las “construcciones israelíes fuera de Jerusalén y de los principales bloques de asentamientos”.

Dicha “congelación” de la construcción de asentamientos más allá del muro de separación es muy discutible. Los mismos autores dicen que no es fácil determinar realmente hasta qué punto ha sido detenida la expansión y algunos medios de comunicación estadounidenses tienen versiones distintas. Aunque el New York Times “reconoció que la expansión de asentamientos bajo Netanyahu fue relativamente restringida”, Times y otros no pudieron “distinguir entre la expansión que está teniendo lugar dentro de los principales bloques de asentamientos y la construcción en los asentamientos que están más allá de la valla”.

El artículo presenta algunas estimaciones oficiales, basadas en datos de las recientes elecciones israelíes (marzo 17 de 2015). Los datos sugieren un aumento lento pero constante de la población de colonos que está más allá de la valla de seguridad. “Cuando Netanyahu asumió el cargo en febrero de 2009, había 36.476 votantes israelíes elegibles que viven en los 72 municipios israelíes fuera de la cerca. En marzo de 2015, la cifra había aumentado a 46.659, con un incremento del 27 por ciento. Teniendo en cuenta que, de acuerdo con un censo reciente, la edad media de los israelíes que viven en Judea y Samaria fue de 18, se estima que el número real de residentes en esas ciudades es aproximadamente el doble de la cantidad de votantes –esto significa 73.000 en 2009 y 93.000 en 2015, un aumento de aproximadamente 3.300 por año”. Si estas tendencias continúan, la población en los asentamientos más allá de la cerca de seguridad habrá llegado a cerca de 115.000 para cuando Netanyahu termine su gobierno, en 2019.

La “expansión”, pues, resulta difícil de entender, porque según los autores el gobierno israelí ha tomado decisiones oficiales para disminuir la expansión en Judea y Samaria (así le llaman en Israel al territorio más conocido como Cisjordania, Palestina). Esa expansión se debe más bien, dicen, a políticas que pueden implementarse a nivel local sin necesidad de la aprobación del gobierno central, con las cuáles ha crecido la población al interior de los asentamientos, pero no se han expandido los asentamientos hacia el control de un mayor territorio.

Si esto es cierto, “el mapa de la paz no está cambiando; contrario a las acusaciones comunes, Israel no está expandiendo su control sobre el territorio. Los asentamientos están creciendo en población, pero no en dimensiones físicas. Hay nuevas unidades adscritas a las mayores, pero no nuevos barrios construidos en tierra estéril. Por otro lado, sin embargo, la población que vive fuera de los grandes bloques está creciendo por varios miles de israelíes cada año, lo que hace de un futuro acuerdo de paz más costoso y políticamente más difícil con el paso del tiempo, debido a que más israelíes tendrían teóricamente que ser forzados o inducidos a moverse” cuando en esos territorios donde viven sea reconocido un estado palestino.

Es decir, puede que Netanyahu no sea tan expansionista como lo pintan un sinnúmero de medios, ONGs, etc. Pero, en todo caso, el número de colonos fuera de la barrera de seguridad ha incrementado y ha cambiado las condiciones en el terreno (y esto ya empezaría a ser ilegal, desde la óptica del derecho internacional). Se han generado unas condiciones particulares que afectarán cualquier negociación de paz con los palestinos.

El giro que puedan tomar estas políticas de asentamientos dependerá de la configuración del nuevo gobierno de Netanyahu. Abrams y Sadot dicen que el control de Cisjordania y la política de asentamientos descansa principalmente sobre el ministro de Defensa y el ministro del Interior, dos cargos que actualmente persiguen los políticos a favor del incremento en la construcción de asentamientos. Aunque las negociaciones para la conformación del nuevo gabinete está en curso y terminará en mayo, los autores advierten que, casi en cualquier tipo de composición, lo más probable es que se desarrolle una política de construcción más permisiva, tanto por razones ideológicas como por la necesidad de reducir el precio de la vivienda en el país, un tema que fue prioritario en la última carrera electoral.

Pero sea cuál sea el rumbo de la política, los autores enfatizan en que EE.UU., los palestinos y los Israelíes deberían mirar de forma más realista cómo están las cosas en el terreno y cuáles son las posibilidades reales de un acuerdo. Con el nivel actual de población, la idea de evacuar a los “100.000 israelíes viviendo en los mayores bloques de asentamientos” puede verse muy “irrealista”. EE.UU., cuyo objetivo es alcanzar la solución de dos estados, no podría insistir en que cada uno de esos habitantes tenga que salir. “Esa vieja idea de que Palestina debe estar totalmente libre de judíos siempre ha sido moralmente ofensiva; cada año también se convierte en menos práctica”.

Dice los autores que esto se podría reemplazar por la comprensión de que cierto número de judíos van a seguir siendo residentes en un eventual estado palestino, aunque esto plantee serios obstáculos para garantizar su seguridad. “Con 1.7 millones de árabes viviendo como ciudadanos plenos en Israel, la idea de decenas de miles de judíos viviendo en Palestina no debería estar más allá de la consideración”. Para buscar una solución este problema, según Abrams y Sadot, ayudaría si se hablara de manera más realista acerca de las opciones que ahora enfrentan los palestinos, israelíes y americanos.

Esta es a grandes rasgos la perspectiva ofrecida por estos dos autores. Por supuesto, son cuestionables varios de sus planteamientos, como la “vieja idea de que Palestina debe estar totalmente libre de judíos”. Historiadores e investigadores dirían que, desde mucho antes del establecimiento del estado israelí en la “palestina histórica”, allí convivieron judíos, cristianos y musulmanes, y que este no se trata tanto de un conflicto religioso sino territorial. Otros podrían podría decir que dilatar la negociación con los palestinos hasta el punto en que la población israelí en esos “territorios en disputa” sea demasiada como para que suene realista o práctico negociar un retiro de los asentamientos, ha sido en realidad el propósito de una política expansiva agresiva, mucho más allá de las fronteras establecidas por la ONU y de la barrera de seguridad establecida por Israel.

(Lea aquí el artículo completo Settling Settlements en Foreign Affairs) 

 

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