El corazón de África

En este país africano el promedio de vida no supera los 50 años y el virus del VIH se ha extendido por todas sus regiones, pero sus habitantes no son conscientes de ello

/ Diego Merizalde Arboleda
/ Diego Merizalde Arboleda

Espero mi turno en la fila con el pasaporte en la mano. El sol arde en un cielo azul sin nubes y siento, como nos pasa a los bogotanos cuando hace mucho calor, que el aire no circula. Entonces el oficial de inmigración me hace un gesto con la mano y me indica que pase al mostrador. Examina mi visa y antes de devolverme el documento me pregunta por el cóndor que aparece grabado en la contraportada del pasaporte. Le contesto que no es un águila sino un ave de los Andes. Me mira, me da a entender con un movimiento de hombros que no tiene idea de qué le estoy hablando y finalmente me sonríe. “Bienvenido a Malaui”, dice.

Llego esa tarde a Lilongüe, la capital, con un grupo de compañeros de estudio. Vinimos a hacer un trabajo para el Ministerio de Agricultura de Malaui como investigadores de políticas públicas. Sé que estamos en un país casi 10 veces más pequeño que Colombia, incrustado en el corazón del África subsahariana, sin costas y cuyo gran tesoro es un lago extenso que comparte con Mozambique. Y ahora también sé que allí hace calor, mucho calor.

Frente a la salida del aeropuerto, al pie de una camioneta blanca, nos espera Jimmy James Bamusi —que se presenta como “J.J.”—, un joven de 25 años, no demasiado alto, bien parecido y con unos dientes muy blancos. Nos saluda amablemente y se apura a decirnos que él será el encargado de llevarnos de un pueblo al siguiente en los días que vendrán.

Camino al hotel, miro y comprendo que Malaui es un país enteramente agrícola. Incluso en la capital se alzan las espigas de maíz por todas partes, unas de tres metros con mazorcas inmensas y otras la mitad de grandes y aparentemente sin frutos. Las primeras evidentemente son las huertas de aquellos que tienen acceso al fertilizante subsidiado. Las segundas, las de los que corrieron con menos suerte. A los lados de la carretera pasan hombres, mujeres y niños caminando, y pasan también algunos en bicicleta. J.J. señala una bicicleta que tiene en la parrilla, como todas, con un cojín de cuero para sentar a una segunda persona. Pero esta en particular tiene escrito a los lados y en colores vistosos el nombre de una estrella norteamericana venerada por los malauíes: “Obama”.

Hacemos una parada en un supermercado local para aprovisionarnos de lo básico. En el aeropuerto cambié 100 dólares a kwachas, la moneda local. Cuando voy a pagar, me doy cuenta de que tengo un fajo de billetes que no me cabe en la mano. Hace cerca de un año, el Gobierno decidió que devaluaría su moneda para cumplir con las exigencias de donantes y organizaciones internacionales. En los medios se anunciaron estas medidas un lunes. (El 7 de mayo de 2012 el gobierno liberalizo la moneda. De 167 kwacha por dólar la tasa de cambio pasó a 250 kwacha por dólar). El martes, cada kwacha valía la mitad y cada barra de jabón importada, el doble. Desde ese entonces, tener las manos llenas de billetes que valen poco no es cosa extraña.

Nos hemos reunido durante cerca de una semana tanto con altos funcionarios del gobierno, como con los principales donantes internacionales que financian proyectos en Malaui. Actualmente, 31 donantes financian más de 440 proyectos alrededor del país por más de 1.000 millones de dólares. Más del 65% del dinero está destinado para proyectos implementados por ONG y menos del 10% dirigido a apoyar el presupuesto general del gobierno. La contradicción es enorme: los donantes temen financiar el presupuesto nacional y que el dinero termine en manos de los políticos, en tanto que el gobierno se siente frustrado porque recibe mucho dinero de la comunidad internacional pero tiene muy poco control sobre él.

“Esta ha sido nuestra historia desde hace casi cuatro siglos”, me dice Frank Phiri, un periodista que nos ha ayudado a organizar la logística del trabajo y el itinerario de entrevistas. “Acá las decisiones las ha tomado siempre alguien más por nosotros”, agrega.

Los primeros colonos portugueses llegaron en el siglo XVII a Malaui para reclamar la propiedad del oro y las tierras, y clavar a su paso la cruz de Cristo para detener el avance musulmán. Tras ellos, en el siglo XIX, el sultán Said de Omán se apropió de los recursos del territorio y contrató grupos de mercenarios para organizar redadas nocturnas en las aldeas, cazar esclavos, empacarlos en barcos en Zanzíbar, venderlos y mandarlos a morir a otros mares. El turno final fue de los ingleses, que instauraron allí otra más de sus colonias extractivas: el Protectorado Británico del África Central.

“Hace apenas 50 años declaramos nuestra independencia de la corona británica”, afirma Frank. “El país tomó el nombre de Malaui para simbolizar el principio de un período de vida independiente, pero francamente, con la presencia de tantas organizaciones internacionales e inversores extranjeros, aún no está claro quiénes son sus dueños”.

La mayoría de los caseríos en Machinga, un distrito en el sureste del país, están sembrados alrededor del parque natural Liwonde, una reserva que se hizo célebre entre los turistas por las maravillosas manadas de hipopótamos que nadan en el río Shire y por los elefantes que bajan regularmente allí a tomar agua y refrescarse. Camino a una reunión en el remoto corregimiento de Domasi, paramos a desayunar en un restaurante al pie de la carretera. Mientras espero unos huevos revueltos, oigo en la radio la voz del locutor que en un inglés pausado dice: “...el exministro y hermano del difunto expresidente de Malaui, el señor Mutharika, junto con otros once miembros de la oposición, fueron arrestados ayer en la tarde por presuntos cargos de traición a la patria”.

Por la carretera destapada que va hacia el corregimiento, me fijo en las mujeres que andan a los lados del camino, con esa altivez pausada, todas con su menaje apoyado en la cabeza y con un niño que nunca llora a las espaldas. El sol quema, y empiezo a entender que desde muy niños, los espíritus de los africanos están hechos de acero. Nos detenemos cerca de una mujer que está acercándole un trago de agua a su hijo por encima del hombro. El niño cuelga, imperturbable, de una tela de colores vivos sobre la espalda de su madre. La mujer gira la cabeza, me mira por un instante y me muestra sus dientes blancos en una hermosa sonrisa. Tengo entonces la certeza de que nadie en estos parajes oyó hablar de la reciente detención de los opositores del gobierno en Lilongüe. Comprendo que lo que pasa en la capital y lo que hacen los políticos es absolutamente desconocido e irrelevante para ellos.

El sol se ocultó en Chikwawa, un distrito remoto al sur de Blantyre, la ciudad industrial de Malaui, y aún no hemos encontrado dónde pasar la noche. El carro avanza por una carretera estrecha, un aire tibio entra por la ventana acompañado del olor a melaza de las plantaciones de caña vecinas. El rugir de los insectos apaga el ronroneo de la conversación de mis compañeros. J.J. disminuye la velocidad y entonces las luces del carro revelan a una veintena de personas que en medio de la carretera camina en nuestra dirección. Andan apresuradamente y cargan una estructura grande que no logro distinguir. El carro se acerca y veo más claro: es una cama. Varios hombres la levantan de las patas y el resto del grupo camina a los lados. Sobre la cama veo un cuerpo tendido; un brazo cuelga desgonzado por un lado del colchón. J.J. nota mi mirada desconcertada y sin necesidad de preguntarle me contesta: Buscan a un doctor. Ya empezaron las lluvias y con ellas llega la malaria. Nadie habla. Me doy vuelta y veo tras nosotros aquella procesión con los pies descalzos. Parece que estuvieran ya velando al enfermo, pienso, mientras se desvanecen gradualmente en la oscuridad de la noche.

El día fue largo y me siento cansado. Tomo una cerveza con J.J., que me cuenta que en una ocasión tuvo que manejar la camioneta para unos señores de las Naciones Unidas, o de alguna de esas organizaciones importantes —no recuerda, ha manejado para muchas—, y conoció a la mujer que le gusta, una enfermera que precisamente vive en el distrito que estamos visitando. Agarra su celular, busca, me muestra la foto, me confiesa que está enamorado. Luego me cuenta que se quedó huérfano siendo todavía un adolescente. Como es el caso de muchos en Malaui, sus padres murieron temprano. “Mamá murió de malaria en 2002 y papá de tuberculosis en... no me acuerdo cuándo”, dice J.J.

“Yo soy pobre, ‘brother’”, me dice. “Y cuando digo pobre, es pobre”. Luego se emociona con la canción de los Black Missioneries que suena a lo lejos, se pone a cantar y me sonríe.

De acuerdo con la expectativa de vida, cada cumpleaños después de los 50 es ya para los malauíes un privilegio. Según el Banco Mundial, aproximadamente uno de cada 10 niños muere antes de cumplir 5 años. La prevalencia de VIH es 20 veces más alta que la de Latinoamérica y el Caribe. Pienso en la procesión nocturna del enfermo, en la historia de los padres de J.J. y en los testimonios de tantos otros malauíes que combaten sus infortunios con sonrisas. Tal vez ese sea el drama de la falta de desarrollo: el de no tener control sobre nuestro presente y no ser dueños de nuestro destino. Nunca ser verdaderamente independientes; nunca enteramente soberanos. Luego, pienso en Colombia.

Temas relacionados

 

últimas noticias

La Venezuela del carné de la patria

El nacimiento de las armas fantasmas

La Venezuela del carnet de la patria