El decálogo migratorio de Trump

La Casa Blanca informó que el nuevo Gobierno tiene como prioridad expulsar primero a los que se quedaron más allá del tiempo permitido en sus visas y quienes hayan cometido crímenes o sean una amenaza.

Protestas en México por la insistencia de Donald Trump de levantar un muro en la frontera.
Protestas en México por la insistencia de Donald Trump de levantar un muro en la frontera.AFP

Donald Trump comenzó su presidencia lanzando varias afirmaciones que resultaron falsas. Así lo comprobaron los principales periódicos del país, que desde que el magnate llegó a la Casa Blanca, han duplicado sus esfuerzos para confirmar cada uno de sus palabras. Pero él insiste en “los hechos alternativos”. En un encuentro con líderes legislativos defendió que su toma de posesión fue la más multitudinaria de la historia —algo que se ha demostrado falso—, para luego asegurar —de nuevo sin pruebas— que las elecciones estuvieron amañadas en favor de Hillary Clinton (quien obtuvo 3 millones de votos populares más que Trump) por el voto masivo de millones de inmigrantes indocumentados. “Entre tres y cinco millones de migrantes indocumentados votaron por la secretaria Clinton, lo que me hizo perder el voto popular”, aseguró. Se espera que Trump, como prometió en campaña, deporte a cerca de 3 millones de personas en situación irregular. En cuestión de días firmará una orden ejecutiva, según anuncia la prensa estadounidense. (Lea: “Construiremos el muro”: Trump prepara decretos sobre inmigración, fronteras y refugiados)

Por lo pronto, su vocero, Sean Spicer, anunció que la Casa Blanca ya estaba trabajando en las nuevas políticas migratorias y que inicialmente serán prioritarios en las políticas de deportación “aquellos migrantes que se han quedado en el país más allá de sus visas, o que han cometido crímenes o, incluso, todos aquellos que representen una amenaza. Eso está claro y precisamos reorientar a las agencias en eso. Pero avanzaremos en una forma sistemática y metódica”.

Terrorista al migrar

Desde 1970 los conflictos armados centroamericanos produjeron una crisis migratoria sin precedentes hacia Estados Unidos. Tan sólo 10 años después, inclusive violentas pandillas como las maras, arraigadas principalmente en Los Ángeles, producto de la guerra civil salvadoreña, empezaron a ser deportadas, reactivándose, y de qué manera, en una región altamente rural que se caracteriza por sus profundas asimetrías. Los países del norte, aún más periféricos que los sureños, alojan a unas 50 millones de personas, donde más de la mitad carecen al menos de una necesidad básica.

Centroamérica ve como millones de sus nacionales, exhaustos, parten a un recorrido infernal donde deben revictimizarse, soportando más frío y calor, violencia, desigualdad, extorsiones, estafas, esclavitud, mutilaciones, reclutamientos abusos sexuales, e incluso la muerte: bajo la promesa merecida de vivir en condiciones dignas, luego de tanta indignidad recibida por parte de autoridades, coyotes y grupos narcotraficantes en la ruta migratoria, obligándolos a evadir vías tradicionales, exponiéndose cada día más dentro de la normalización de la violencia, que todo lo tolera.

México como vecino centroamericano representa el clímax del peligro para los migrantes. Basta recordar la masacre de 2010, donde 72 migrantes fueron asesinados por los Zetas al no llevar dinero y frente a la negativa de los ahora muertos, de trabajar para ellos. México-EE.UU., primer corredor migratorio del mundo, ha visto el éxodo de casi el 30 % de manitos (más de 20 millones).

En 2014 las cifras migratorias saltaron sus techos históricos: por ejemplo, 68.541 niños sin acompañante fueron detenidos en la filosa frontera. En ambas mareas migratorias, 1970 y 2014, los desastres naturales propios de la región sumaron a la frecuencia migratoria de los violentados soñadores. Las cifras amainaron en 2015 (227,038 deportados), desparramándose en 2016 con un excedente diario de 350 personas frente a 2014.

La mayoría de migrantes provienen del Triángulo Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador), región con más asesinatos y feminicidios en el mundo. Mientras que en promedio anual en EE.UU. son asesinadas 4 personas por cada 100 mil habitantes, en El Salvador matan 108, 63 en Honduras y 34 en Guatemala. Sin duda, uno de los peores vecindarios del atlas, desde donde se hicieron alrededor de 50 mil peticiones de asilo en 2015.

Trump, como candidato, prometió construir un lindo muro y deportar unos 3 millones de inmigrantes criminales, así como impulsar masivamente la deportación de ilegales y legales. Una vez electo, moderó su lenguaje, pasando de llamarlos “violadores criminales que quitan más de lo que aportan a EE.UU.”, a “personas estupendas, que ahora podrían pasar a través de unas puertas que le combinen a su muro”.

Si bien el ejercicio de la soberanía de los estados permite decidir quiénes entran, permanecen y salen de sus territorios, la violación de los derechos humanos que padecen los migrantes, debe ser la prioridad. EE.UU. aportó US$750 millones en el plan Alianza para la Prosperidad, para solventar las principales causas migratorias del triángulo, pero evidentemente no es una solución integral, sino de estirpe geopolítica y de genética seguridad nacional.

Trump en su decálogo migratorio propone: tolerancia cero para inmigrantes, bloqueo de fondos federales a ciudades que no los reporten, reversión de órdenes de inmigración decretadas por Obama (estatus legal temporal a más de cuatro millones de inmigrantes sin condenas penales graves; con al menos cinco años en EE.UU.; y/o que tuvieran hijos estadounidenses o con residencia permanente), no emisión temporal de visas a ciertos países, deportaciones masivas, seguridad biométrica en visados, suspensión laboral de empleos comunes que realizan los indocumentados y reforma migratoria estructural.

Planteamientos que escandalizan al mundo pero que no distan mucho de las prácticas migratorias de Obama, a quien llamaban el “Deportador en jefe”. Desde 2009 deportó a más de 2,5 millones de inmigrantes, no todos criminales. Solo impulsó la reforma migratoria a final de su mandato, en el que por el contrario, blindó el sistema creando dentro de la Iniciativa Mérida el Programa de la Frontera Sur de 2014, extendiendo su política de seguridad fronteriza hasta Guatemala.

Trump requiere un feroz Estado Policía para expulsar al menos 1,9 millones de extranjeros criminales, algunos con green cards, reportados por Obama en 2012. Sin embargo, a junio de 2016, tan sólo 183 mil tenían orden de deportación. Seguramente le ayudará desde la Secretaría de Justicia, el ex senador Jeff Sessions, que ha puesto a temblar a migrantes legales e ilegales en Estados Unidos. Lo que ha generado una pandemia migratoria por cruzar, de “los de afuera”, antes de que se construya el muro.

Mientras las personas migran, las remesas llegan a la región para cubrir necesidades básicas. En 2015 el triángulo recibió US$14.213 millones (entre el 10 % y el 17 % del PIB de cada país involucrado) y México recibió unos US$25.000 millones. Centroamérica y México deberán persuadir a la nueva administración estadounidense de la necesaria cooperación internacional, con el fin de no criminalizar a las personas, que buscan una calidad de vida digna. Los países expulsores y de tránsito migrante no cuentan con la capacidad de recibir a sus propios nacionales tras la deportación ni están listos para tapar los huecos económicos que causaría la disminución de remesas.

Pero también deben comprometerse por solventar sus crisis internas. Los migrantes deben ser entendidos como Enrique Peña Nieto lo solicita: “Agentes de cambio cuyo movimiento significa evolución”. Lamentablemente los migrantes son concebidos como objetos comerciales, que transitan de la mano por las rutas de armas y drogas, consolidando un negocio trasnacional donde actúan agentes grises: legales e ilegales con intereses comunes.

EE.UU. es un Estado conformado por migrantes. Es necesario un cambio de enfoque en la estrategia donde las posibilidades de generar un proyecto de vida no sean imposibles en Centroamérica y así no se trasnacionalicen las necesidades causadas por los desarrollos de un mundo dispar y consumista.

Globalización es migración comercial. Humanización es la eliminación de las barreras para identificarnos como iguales. Una migración es segura y controlada si las asimetrías entre estados se van acortando.

Regresar a medidas de la Guerra Fría solo desconoce los beneficios que las TIC reportan a la seguridad fronteriza y comprueba la involución de un sector dominante pero minoritario de la mal llamada, humanidad.

Doctora en Relaciones Internacionales. Editora Revista FARIES. U. Militar Nueva Granada