El decenio perdido de China

Después del 9/11, China pareció subir ala cúspide de la riqueza, el poder y la reputación internacional. Estos mismos factores la aplastaron.

Hace diez años vi cuando dos aviones se estrellaron en el World Trade Center, en la pantalla del televisor en mi apartamento, en un suburbio de Pekín. Por un momento me quedé con la mente en blanco, pues nunca había visto algo tan horrible, excepto en las películas de Hollywood.

Al ver las escenas de los noticieros me sentí triste, especialmente al ver que la gente caía de los altos edificios. Las personas parecían diminutas y frágiles en medio del denso humo y de los rascacielos que se derrumbaban.

Para mí era difícil creer que esto estuviera sucediendo en Estados Unidos, que siempre había sido el país de mis sueños. Casi todo lo que yo sabía de Estados Unidos ejercía una fuerte atracción sobre mí, desde el espíritu de libertad de Thomas Jefferson hasta las novelas clásicas de Ernest Hemingway y la innovadora energía del Silicon Valley. Por muchas lecciones de patriotismo que nos imbuyera Pekín, yo seguía aspirando a irme a Estados Unidos, al igual que la mayoría de mis iguales. Todos esos lemas en contra de Estados Unidos simplemente no sonaban ciertos y hacían muy poco para disuadirnos de nuestros planes. Muy pocos de los mejores estudiantes chinos no presentan solicitud en universidades estadounidenses.

Aunque impresionado y entristecido por los eventos del 11 de septiembre, también estaba un poco emocionado. Tenía 25 años, me acababa de graduar en la Universidad de Pekín y ya estaba trabajando como periodista en el Economic Observer, un semanario nacional. Fue la primera vez que experimentaba un evento histórico tan importante. Yo era demasiado joven para sentir el efecto de las protestas de la plaza de Tiananmen y de la desintegración de la Unión Soviética. Pero esta vez no sólo capté la trascendencia del 11 de septiembre sino que pensé que también podría escribir para mi periódico sobre los ataques y sus consecuencias.

Por desgracia, pronto me di cuenta de que no podía escribir una sola palabra. Mi periódico no podía enviarme a Nueva York para cubrir la noticia. Además, carecía de los conocimientos necesarios para poner en perspectiva los ataques. Pocos observadores o académicos chinos podían ofrecer interpretaciones auténticas de los atentados. Mis fuentes principales de información eran reportes y comentarios de medios en inglés. Por mucho que me gustara Nueva York, no podía pretender ser estadounidense y entender las razones de los miedos y los odios de muchos estadounidenses contra el mundo islámico.

Esto me dejó un poco perturbado. Empecé a preguntarme qué podría aportar yo al discurso global como voz independiente de China. Conforme pensaba en eso, por primera vez despertó mi conciencia de ser chino. Había estado tratando con mucho ahínco de escapar de este país —de su ambiente político y de su tradición cultural— para adoptar un mundo más lujoso, el mundo occidental. Pero de pronto me di cuenta de que no podría entender los cambios del mundo sin encontrar primero mi propia voz. Necesitaba desarrollar mi propio punto de vista en lugar de simplemente imitar los de mis colegas occidentales. Eso es lo que había estado haciendo desde los inicios de mi carrera periodística y eso había reducido mi autoestima. Pronto empecé a redescubrir y a explorar dos “Chinas”: una que siempre había estado adentro de mí y otra que era mi hogar.

Los cambios globales que siguieron estuvieron más allá de mis expectativas, pero también ayudaron a satisfacer mi deseo de reconstruir mi “chinidad”. Estados Unidos le declaró la guerra al terrorismo y envió tropas a Irak y Afganistán. El mundo árabe se convirtió en el centro estratégico de Estados Unidos. China pareció beneficiarse, tanto en lo político como en lo económico, de este desplazamiento del interés. Evitó convertirse en el enemigo número uno de Estados Unidos, como lo había sido la Unión Soviética. Y como resultado de lo que se percibía como inestabilidad en Estados Unidos, mucho capital fluyó hacia China.

Para 2004 observé que muchos periodistas occidentales hablaban de una China en ascenso que podría desafiar la posición de Estados Unidos en el mundo. Yo estaba impresionado. Nunca consideré que los atentados de 2001 fueran el inicio del declive estadounidense. Hasta fines de 2001 China seguía tratando de entrar en la Organización Mundial de Comercio, con la esperanza de integrarse algún día en el orden económico internacional. Los empresarios chinos regularmente se proclamaban discípulos de Jack Welch, nuestras universidades querían ser clones de Harvard, los profesionales de nuestros medios de comunicación ansiaban tener una versión china de The New York Times. Para los intelectuales de inclinación liberal, la trias politica (separación de poderes) era venerada como el futuro del sistema político chino. En ese tiempo, muy pocos chinos pensaban que podrían dirigir al mundo.

Empero, el hecho de que tanta gente hablara de China me produjo un poco de vanidad. Si China realmente se estaba desplazando al centro del escenario mundial —como Gran Bretaña en el siglo XIX y Estados Unidos en el XX—, mi generación definitivamente iba a desempeñar un papel importante. Mis iguales y yo nos sentíamos orgullos de estar viviendo en un momento de la historia tan decisivo.

Esta mentalidad se hizo más prevaleciente después de los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 y de la crisis financiera de 2009. Parecía que China había creado un modelo político y económico único: nuestro país no sólo podía ser sede de unos juegos olímpicos excepcionales sino también sobrevivir a una crisis financiera global. China no sólo estaba en ascenso: estaba en camino de dirigir al mundo.

Sin embargo, aún no cumplía mi propia ambición de ser un periodista de fama mundial. Conforme el tema del “ascenso de China” se fue volviendo más popular, mis compañeros editores y yo nos sentíamos más y más estresados a causa de la censura. Como periodista y escritor, quedé al margen rápidamente. Perdí la oportunidad de describir y analizar con honestidad el gran proceso de transición de este país.

El ascenso de China ha sido diferente del británico y del estadounidense. Más bien es como el de Alemania con el canciller Otto von Bismarck. El crecimiento económico y las reformas sociales han estado impulsados por el Estado y ha prevalecido el nacionalismo. Pero las sociedades impulsadas por el Estado no admiten críticas ni cuestionamientos sobre sus políticas, lo cual es la tarea principal de los periodistas.

Algunos estadounidenses ven los últimos diez años como el “decenio perdido” de su país. La reciente decisión de Standard & Poor’s de degradar la notación crediticia de Estados Unidos ayudó a profundizar ese ánimo. Pero, ¿es verdad que Estados Unidos está declinando mientras China está en ascenso? ¿Será China el próximo líder mundial, no sólo económicamente sino también en términos de poder militar e influencia cultural?

No creo que eso suceda. En mi opinión, China también ha experimentado un periodo perdido. A primera vista, podría parecer como si China efectivamente se estuviera volviendo cada vez más fuerte. La velocidad de su crecimiento económico es incomparable y sus gastos militares aumentan año con año. China también ha formado al mayor número de ingenieros del mundo.

Sin embargo, cuando vemos las cosas más de cerca, es evidente también que el nivel de corrupción es asombroso y que el poder político se está volviendo más arrogante y brutal. Siempre que ocurra una crisis, el Gobierno estará preocupado solamente en mantener su régimen, no en buscar soluciones.

El poder del Estado devora casi todo lo demás en esta sociedad. Las vigorosas empresas de propiedad privada del país están siendo aplastadas por las compañías estatales. El espacio cívico está infiltrado y estrictamente controlado. En lugar de ser un canal para que la gente exprese libremente sus pensamientos, Internet se ha convertido en algo que se usa más para la violencia verbal que para la discusión profunda y efectiva. Y los estudios universitarios ahora se consideran básicamente como una forma de adquirir poder y dinero, lo que ha provocado una generación de jóvenes sin verdaderas creencias o fuerza moral.

En los años transcurridos después del 11 de septiembre, China fue aplastada por el flujo de riqueza, poder y reputación internacional. Se volvió engreída y se contentó con dormir sobre sus laureles.

Como resultado de haber vivido a lo largo de este decenio de falso orgullo, mi conciencia como chino volvió a cambiar. No puedo regodearme en la felicidad del desarrollo de China y olvidar los problemas a los que se enfrenta este país. He decidido, en cambio, exponer el lado oscuro y dar a conocer las condiciones de los grupos desfavorecidos de China.

Un atentado en Estados Unidos hizo que un joven periodista chino se volviera crítico de su propio país. Aunque pueda parecer extraño, sé que hay otros chinos que fueron afectados de igual forma por el 11 de septiembre.

Xu Zhiyuan *
Es columnista del Financial Times Chinese y editor de City Magazine de China. Su libro más reciente es “The Totalitarian Temptation”, publicado el año pasado en Taiwán. El 11 de septiembre de 2001, él estaba trabajando como periodista en Pekín y vio los ataques contra el World Trade Center por televisión.

Cifras
2004 Periodistas occidentales hablaban de una China que podría desafiar la posición de Estados Unidos en el mundo.

2001 China trataba de entrar a la Organización Mundial de Comercio, para integrarse en el orden económico internacional.

2009 Parecía que China había creado un modelo político y económico único: podía sobrevivir a una crisis financiera global.

Temas relacionados