El declive de un presidente

Una de las escritoras estadounidenses más reconocidas analiza los vaivenes del gobierno de Barack Obama.

Según la escritora Elizabeth Drew, “no puede decirse que Obama (imagen de esta semana en la Casa Blanca) haya fracasado como presidente; por el contrario, ha logrado mucho en circunstancias extremadamente adversas”. / EFE

Cuando Barack Obama ganó por primera vez las elecciones presidenciales en 2008, era considerado por una amplia mayoría de la opinión pública como una figura novedosa y fascinante. Durante su segundo mandato, en 2014, su impopularidad creció y fue prácticamente abandonado por su partido, lo que en gran medida puede atribuirse a ese hecho: que las expectativas habían superado la realidad y, lo que es más importante, que la realidad había cambiado, y de diversas maneras.

No puede decirse que Obama haya fracasado como presidente; por el contrario, ha logrado mucho en circunstancias extremadamente adversas. Durante sus dos primeros años en el cargo, cuando el Partido Demócrata controlaba las dos cámaras del Congreso, aplicó varias medidas para frenar la peor crisis económica desde la Gran Depresión y logró que se aprobara la Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible, su emblemática ley de reforma sanitaria.

Incluso hoy en día, a pesar de la oposición de los políticos republicanos y de importantes grupos de interés, ha emprendido la tarea de dar un giro a la política energética para hacer frente al cambio climático y reducir la emisión de gases de efecto invernadero. También ha tomado medidas importantes para proteger los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales y ha recurrido a las acciones ejecutivas, en medio de la inacción del Congreso, para limitar las restricciones a la migración familiar.

Una evaluación de su mandato no debe focalizarse sólo en Obama, sino también tener en cuenta la hostilidad sin precedentes de los republicanos. Incluso antes de que asumiera el cargo, los líderes republicanos ya conspiraban para refutar cada una de sus propuestas, de modo que no pudiera contar con el apoyo de ambos partidos. Ningún republicano votó a favor de la ley de reforma sanitaria de Obama, a pesar de estar basada en proyectos avalados por algunos funcionarios republicanos y eminentes grupos de reflexión.

El ardid más ingenioso de los republicanos fue utilizar las medidas de procedimiento para evitar que las propuestas fueran sometidas a la votación del Senado, de modo que la opinión pública culpara en última instancia a Obama por la situación de “estancamiento en Washington”. Cuando las encuestas comenzaron a reflejar la caída de su popularidad, con índices que alcanzaban apenas el 40%, los demócratas cometieron el error táctico de alejarse de él, lo que fue interpretado por el electorado como una falta de apoyo de su propio partido, y su popularidad cayó aún más.

Como resultado, en las elecciones legislativas intermedias celebradas en noviembre, los demócratas, poco dispuestos a apoyar cualquier medida asociada a Obama, lanzaron una campaña insustancial, lo que contribuyó a la baja participación de su electorado. Por su parte, los candidatos republicanos, gracias a sus campañas de fuerte tendencia anti-Obama, lograron arrasar a sus oponentes.

Por supuesto, ningún análisis honesto sobre el mandato de Obama puede ignorar el papel de su raza. El pueblo estadounidense, como se pudo comprobar, estaba mucho menos preparado para un presidente negro de lo que los partidarios de Obama suponían (o esperaban), y así lo demostraron los ataques de una virulencia que superaba la habitual para un presidente.

Además, como lo relata en su primer libro de memorias, Los sueños de mi padre, su temor de parecer, incluso a los ojos de su madre blanca, como un “negro enojado” coartó su postura ante las cuestiones raciales. No obstante, puede atribuírsele el mérito de haber abordado eficazmente la intrincada situación racial en Ferguson, Misuri, al convertir el asesinato de un adolescente desarmado en el punto focal de las medidas destinadas a mejorar los métodos policiales a nivel nacional.

La personalidad de Obama también ha contribuido a sus problemas. Demócrata sin ser un producto del Partido Demócrata, y político de tendencia progresista sin ser un ideólogo, en su ascenso increíblemente rápido estuvo prácticamente solo, y su propensión a la soledad no lo llevó a establecer nuevos lazos ni a forjar alianzas en Washington, sino a apoyarse en su familia y amigos cercanos de Chicago.

Además desprecia las conversaciones triviales y los detalles escabrosos de la política, y el desbordante orgullo por su propia inteligencia fuera de lo común lo hace mostrarse a menudo impaciente con las ideas de los demás. Así, miembros del Congreso, empresarios y otras figuras han llegado a sentirse opacados en su presencia, o incluso insultados por su lejanía.

Desde una perspectiva más general, su manera de gobernar contradice sus primeras afirmaciones sobre la voluntad de crear un “equipo de rivales” que ofrecieran puntos de vista divergentes. Por el contrario, se rodeó de personas que le han demostrado su lealtad, formando un equipo de asesores que muchos, incluidos algunos funcionarios del gabinete, consideran como poco sobresaliente, y que ha ejercido un control estricto en el plano político. A ese respecto, los miembros del gabinete han mostrado su descontento ante las interminables revisiones a las que son sometidas sus propuestas por los comités de la Casa Blanca, cuyos informes son a menudo poco transparentes.

El énfasis puesto en la lealtad es particularmente flagrante en el terreno de la seguridad nacional. Susan Rice, quien ha acompañado a Obama desde 2008, es la actual consejera de Seguridad Nacional, y si bien es reconocida por su inteligencia, lo es igualmente por su falta de visión estratégica, lo que, unido a una manifiesta combatividad, ha impedido la adopción de políticas coherentes en cuestiones delicadas como la crisis en Siria.

La oposición que el secretario de Defensa, Chuck Hagel, manifestaba a menudo respecto de la política estadounidense en Siria directamente a Obama debido a la inaccesibilidad de Rice, no fue apreciada. Así, tras las elecciones intermedias, Hagel, tercer secretario de Defensa de Obama en seis años, se convirtió en el chivo expiatorio de una gestión tambaleante y dejó su cargo sin que se le brindara siquiera la dignidad de una simple renuncia que no estuviera empañada por las alusiones que los funcionarios de la Casa Blanca dejaron filtrar sobre su “incapacidad para el trabajo”. Esta jugada, teniendo en cuenta el prestigio de Hagel en Washington, perjudicó al Gobierno.

Es poco probable que Obama pueda encontrar una salida a los conflictos internos refugiándose en la política exterior, el último baluarte de otros presidentes debilitados al finalizar sus mandatos. Pero no debería culparse a Obama por los problemas de política exterior que Estados Unidos enfrenta en la actualidad; no es responsable de las situaciones críticas en Irak y Afganistán y no es su culpa que el manejo de la política exterior sea mucho más difícil en el mundo fragmentado de hoy de lo que lo fue durante la Guerra Fría. Tratar de consolidar su liderazgo mundial sería una tarea difícil para cualquier presidente de los Estados Unidos, un hecho que los republicanos han decidido ignorar.

Sin embargo, a pesar de su brillante inteligencia, Obama tiende a cometer curiosos errores. Así, ahora que un aparentemente descontrolado John McCain se ha hecho cargo de la presidencia del Comité de Servicios Armados del Senado, la situación corre el riesgo de complicarse aún más.

Mientras crece la polarización de la política estadounidense y Obama se esfuerza por encarar los desafíos planteados por las transformaciones mundiales de nuestra época, los grandes programas nacionales para remediar la creciente desigualdad de ingresos quedarán probablemente fuera del alcance de su gestión. Y aunque sobran candidatos que desean sucederlo en 2016, cabría preguntarse, teniendo en cuenta su experiencia, qué interés tendría alguien en ocupar su puesto.

  

* Traducción de Kena Nequiz. Elizabeth Drew es autora, entre otros, de ‘Washington Journal: Reporting Watergate and Richard Nixon’s Downfall’.Copyright: Project Syndicate, 2014.