El delito de contratar a una prostituta

Un proyecto de ley en Francia busca atacar el fenómeno de la prostitución castigando penalmente a los clientes. Las mujeres que se dedican a esta actividad se oponen.

Cientos de prostitutas marcharon por las calles de París hace unas semanas. / AFP

A pesar del frío, lleva falda corta. Parada frente al Arco de Saint-Denis, también tiene una sombrilla. Es noviembre, llueve y apenas son las once de la mañana. La tarifa es “cuarenta euros por la pipe, ochenta por el amor”, en un cuarto vecino. Los clientes pueden ser cinco o seis por día, “muchos más en verano”, dice. Se llama Maeva, o ese es el nombre que usa. Mestiza, hace rato pasó los 50. La prostitución en Francia no está prohibida, pero una ley vigente desde 2003 castiga con prisión el proxenetismo y con una multa de hasta 3.750 euros el hecho de “incitar a otra persona a cambio de servicios sexuales”. En otras palabras, buscar clientes. Maeva nunca ha sido multada. Le han pedido papeles, pero tiene la nacionalidad francesa, así que por mucho debe soportar bromas pesadas de la policía. “En esta zona nos toleran. Hay otras donde, si uno se para vestida así, la detienen al menos unas horas”.

Si la proposición de ley Nº 4057 es aprobada, lo que deberá ocurrir a más tardar el 27 de noviembre, la “incitación” no será más un delito, pero el hecho de recurrir a una prostituta sí. El texto, propuesto por el Partido Socialista, apoyado por la derecha y al que sólo se opone la izquierda radical, contempla una multa de 1.500 euros para quien solicite los servicios de una prostituta. El doble para los reincidentes. Quienes recurran a menores o personas discapacitadas, podrán ser condenados a 30.000 euros y tres años de prisión.

La legislación francesa sobre la prostitución no ha sufrido cambios significativos desde la ley “Marthe Richard”, que en 1946 prohibió las casas de citas y llevó al cierre inmediato de los cerca de 1.400 burdeles que existían en el país. La propuesta actual de penalizar al cliente se inspira en las normas existentes en Suecia, Finlandia, Islandia y Noruega, pero los estudios sobre la eficacia de la medida en los países nórdicos resultan contradictorios. Un reporte de la asociación noruega ProSentret señalaba que las denuncias por violencia contra las prostitutas habían aumentado en un 10% desde la aprobación de la ley en 2009.

En el caso de Suecia, donde la norma existe hace quince años, se ha señalado una disminución de cerca del 10% de la prostitución callejera. “Puede que se vean menos prostitutas en la calle, pero eso sólo quiere decir que están ejerciendo en la clandestinidad, donde son más vulnerables a la violencia tanto de quienes las explotan como de los clientes”, afirmaba una de las 300 manifestantes que el pasado 26 de octubre desfilaron en París para evidenciar su oposición al proyecto. Entre sus armas para convencer a los transeúntes tenían pancartas con lemas del tipo “Clientes penalizados = putas asesinadas” y “Follan con nosotros, legislan contra nosotros”.

La trata de mujeres

Los estudios realizados en 2011 durante la presentación de la “resolución de intención” que desembocaría en el actual proyecto de ley insisten en la necesidad de dotarse de nuevos elementos para luchar contra el tráfico de personas. Según las cifras, el porcentaje de mujeres extranjeras que ejercen el oficio habría pasado de 10 a 90 en veinte años. El número total de prostitutas en Francia sería de 20.000.

La cifra es puesta en duda por las asociaciones antiprohibición que consideran que escasamente tiene en cuenta a quienes no ejercen otro tipo de actividad e ignora a las personas que, a pesar de tener otro trabajo, recurren a la prostitución para completar sus ingresos y que serían diez veces más numerosas. También señalan que no es posible presentar a toda prostituta de origen extranjero como una esclava sexual traída a la fuerza desde su país.

“Lo que no quiere decir que nos desinteresemos, nosotros somos los primeros en apoyar a las víctimas de este tipo de crímenes e insistir en que las leyes contra el proxenetismo se apliquen”, dice otra de las manifestantes. La ley contempla incluso que una mujer que denuncie a las personas que la obligaban a prostituirse puede solicitar un documento para quedarse legalmente en Francia por un año. Para “Valerie”, bloguera de Crêpe Georgette, una página que se ocupa con frecuencia del debate abolicionista, la prostitución de extranjeras es sólo una de las muchas facetas de la migración económica y de la esclavitud de los inmigrantes de países pobres.

Clichés y caricaturas

Abolicionistas y opositores admiten la libertad de disponer del cuerpo propio, pero para los primeros no puede hablarse de una libertad si ésta está condicionada por el dinero. “Un obrero también vende el cuerpo y la salud, y gana mucho menos”, dice Aisha. “Yo tengo 48 años. Si alguien me da trabajo en una oficina o como funcionaria, acepto, pero que me mantengan el sueldo que gano recibiendo cuatro o cinco clientes diarios”.

Como suele ocurrir en los debates de sociedad, los campos opuestos incluyen entre sus argumentos simplificaciones caricaturarescas, en este caso tanto de las trabajadoras sexuales como de los clientes. Ellas serían o mujeres independientes que simplemente han escogido una trabajo mal visto socialmente, o al contrario, víctimas de esclavistas sexuales y de repetidos actos de violencia por parte de sus clientes. Éstos serían o bien hombres solitarios en busca de complicidad y compañía o pervertidos que prácticamente las violan y se niegan a utilizar el preservativo.

“Nosotras sabemos que decir “puta” es decir una cantidad de situaciones, pero son los políticos y los medios los que simplifican las cosas. Es claro que la justicia debe perseguir a los clientes violentos y a quienes obligan a otros a prostituirse. En cambio, no tiene competencia para decidir lo que pasa entre adultos ejerciendo su libre voluntad. Así haya dinero de por medio”, dice Morgane Merteuil, presidenta del Sindicato de Trabajadores Sexuales (Strass).

Merteuil insiste en que el debate se ha dado entre legisladores y grupos feministas que militan por o contra la abolición, pero la opinión de los trabajadores sexuales no ha sido nunca consultada: “A nosotros nos han cerrado todos los espacios. Cuando muestran a una prostituta es para poner algo de ‘emoción’ a un reportaje. Luego la callan para que hablen los ‘expertos’, ninguno de los cuales ejerce la prostitución”.

Hace una semana, un grupo de hombres del espectáculo y la cultura publicó un “manifiesto” en el que defendían su derecho a recurrir a servicios sexuales pagos. El título de la proclama, “No te metas con mi puta”, levantó protestas incluso entre los opositores a la ley y llevó a algunos de los firmantes a retractarse. “Ellos no tienen nada que decir. Una puta no “vende” su cuerpo y no pertenece a nadie”, dice Merteuil, quien invita a imaginar soluciones para permitir a las prostitutas un trabajo seguro e independiente. En 2010, el Strass había lanzado la idea de un sistema cooperativo con burdeles gerenciados por las mismas trabajadoras sexuales.

“Pero le digo una cosa —dice Maeva—, esas multas nuevas no se las van a poner a los clientes que tienen acompañantes de lujo. Esas multas son para los clientes pobres que no tienen dinero suficiente para conseguir una mujer o tienen problemas de timidez. Entonces no van a venir a vernos y nos toca trabajar a escondidas. Hay mucha gente que está trabajando en parqueaderos, yo no, porque es más peligroso”.

¿Una ley inaplicable?

El mismo argumento aparece en varios de los pronunciamientos contra la ley. Más que las redes de proxenetas, que continuarían trabajando en la clandestinidad, y los grandes clientes, que se mueven en otro nivel y reciben sus visitas en hoteles de lujo, los verdaderos perjudicados serían quienes ya viven en condiciones de precariedad: los clientes y trabajadoras “de calle”. Esto sumado a que gran parte de la prostitución de “gama media” en Francia se ha movido a internet, según el Strass, cerca del 10% de las prostitutas de “tiempo completo” realizan sus contactos a través de páginas especializadas y es imposible estimar el número de prostitutas ocasionales que se mueven utilizando palabras claves en las páginas de anuncios clasificados.

Otro caso particular es de la prostitución masculina. Aunque no existen casos reportados de redes de trata de hombres en Francia y asociaciones como Act-UP y el Strass insisten en que al menos 10% de los trabajadores sexuales en Francia son de sexo masculino, ni éstos ni sus clientes, que eventualmente también serían penalizados, han sido citados entre los argumentos de los promotores de la nueva ley.

Aunque tiende a asumirse que los hombres que ejercen la prostitución estarían en principio contra las medidas propuestas, el testimonio de un estudiante parisino en el periódico suizo La Tribuna desató la polémica. “Marc” —era el nombre que utilizaba— se mostraba a favor de la penalización del que contrata, afirmando que había sido víctima de actos de violencia por parte de sus clientes y que éstos eran tan repugnantes que quería lavarse con lejía después de haber estado con ellos.

Ocho y treinta de la noche, en los alrededores de la Plaza de Clichy. “Luna”, un travesti ecuatoriano, acepta comentar el tema. “Las que trabajamos aquí no estamos pendientes de las noticias. Yo hasta hace poco supe que la prostitución no era ilegal, porque para nosotros la legalidad no existe”.

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