El día que nos dijiste adiós

En su segundo día de trabajo, el caleño Eduardo Torres encontró la muerte en el piso 88 de la Torre Norte del World Trade Center de Nueva York.

Agosto, 1998. World Trade Center, Nueva York. Era una noche de verano sobre la bahía del bajo Manhattan. A escasos metros del Hudson, en las inmediaciones del centro financiero más emblemático de Estados Unidos, Alissa, una mujer de origen judío, ponía fin a sus días de encierro en la puertas del enigmático Remy Café. Allí, cientos de corredores de bolsa, banqueros y financistas del World Trade Center cerraban, como de costumbre, el día entre copas de margaritas y tragos de ron.

Un hombre trigueño de pelo rizado y enorme sonrisa se abría paso entre la multitud con el único objetivo de robar su atención. Alissa susurra internamente: “No digas nada e invítame a bailar”.

Un gesto de manos en medio del salón le concede el deseo. Eddie, ese es mi nombre, le dice al oído. Sin parar de mirarse, los dos cuerpos recorren la pista entre risas y galanteos.

“¿Quieres caminar?”, pregunta ella, luego de que el calor del lugar los invita a salir. ”Por supuesto”, responde él, y recorren el Battery Park. La romántica brisa pronostica que ese primer beso sería tan sólo el comienzo. O así lo pensó ella, quien incrédula toma un taxi luego de decirle adiós. “No se preocupe, que sin duda lo volverá a ver”, le dice el conductor con un tono premonitorio.

En efecto así fue. Una semana más tarde el encuentro se da en medio del Parque Central. “Alissa, quiero decirte algo, existe la posibilidad que esta sea la última vez que me vuelvas a ver. Es posible que esta semana sea deportado a Colombia”.

Eddie

Corría 1990 cuando Luis Eduardo Torres salió de Cali hacia los Estados Unidos en busca de un mejor futuro.

Sin embargo, una visa para lograr este sueño era más que imposible, por lo que entrar por México parecía ser la única opción. Vendrían días muy duros para el joven de 18 años, quien luego de abrirse paso entre el engañoso mundo de los ‘coyotes’ logra cruzar ‘El Hueco’ para entrar sano y salvo a Texas. De allí, un tiquete de avión lo aterriza en Nueva York dando inicio a una gran odisea.

Como cualquier inmigrante sin papeles, Eddie, como le decían sus amigos, echa mano de cuanto trabajo se le cruza por enfrente. Jornadas de 10 horas en una fabrica de confección textil más otras ocho manejando taxi hacen de sus días un tortuoso y repetitivo viacrucis físico.

Un día uno de sus amigos le pasa la voz sobre un puesto como mensajero en la Bolsa de Valores de Nueva York. Lo que empezó como un trabajo de repartidor de almuerzos a los comisionistas de Wall Street, de encargos y pedidos, paso luego a ser la oportunidad de convertirse en la persona que actualizaba manualmente los tableros de los indicadores bursátiles.

Un día es llamado por uno de los jefes de piso: “Eduardo, ocurre que necesitamos alguien que hable español, pues tenemos problemas para comunicarnos con los comisionistas en las bolsas de América Latina”. Así de un momento para otro, Eddie se ve en su propio escritorio haciendo de intérprete en transacciones de millonarias entre las bolsas de Argentina, Chile, Brasil y Colombia.

Los fantasmas de los papeles

A medida que Eddie comienza a ganar dinero y a tener la vida que siempre quiso, el lastre de su estatus migratorio comienza a fustigarle en la espalda. Cantor Fitzgerald, quien lo contrata a principios de 1996, comienza a presionarlo para que tome el S series, un difícil examen para ser un corredor de bolsa certificado, el cual requiere de paso un chequeo de seguridad por parte del FBI.

Para sorpresa de todos, el colombiano saca una de las mejores calificaciones. Sin embargo, un drástico recorte de personal hace que salga de la firma.

No pasaría mucho para que Tullet and Tokio Forex viera en la habilidad del joven a la persona que necesitaban para lidiar con los mercados emergentes del sur del continente. Sus papeles no fueron problema, un número de seguro social prestado bastó en ese entonces. Fue así como el chico, que sólo cursó hasta sexto de bachillerato, estaba por su propio mérito manejando transacciones de millones de dólares para una de la compañías de divisas mas grandes de Wall Street.

Fue en esa cúspide cuando conoció a Alissa. “La energía que sentimos fue increíble. Después de la segunda cita, nunca más nos separamos”, asegura Alissa, quien entonces trabajaba para el Departamento de Salud de la ciudad. En abril del 99 se casaron: “por fin sentíamos que los problemas de sus papeles iban a solucionarse y así podríamos realizar su más grande sueño, regresar a Cali conmigo y con el bebé que estábamos esperando”.

9/11

“Aló, ¿Alissa? Un avión acaba de explotar contra el World Trade Center”. La llamada de su hermano despertó en su cuerpo un corrientazo de adrenalina e incredulidad. Con lágrimas en los ojos salió a buscarlo inmediatamente.

“No había buses, taxis ni mucho menos metro. Recuerdo que la gente se agolpaba en los cafés y restaurantes”. “No puede pasar”, le dice un policía. “Mi esposo trabaja en el piso 88”.

Huyendo del polvo que poco a poco va inundando el bajo Manhattan, se fue a buscarlo en los hospitales de la zona. En medio de la correría, un gran estruendo y el gran vacío de saber que las torres se encontraban en el piso confirmaban su intuición: “Eddie está muerto”.

Luto y resignación

Fueron cientos de noches de intenso sufrimiento. El día que su hijo Joshua nació, quizás fue la más dura. La depresión y la tristeza se apoderaron de ella, más aún cuando las cuentas del banco, la renta de su estudio y la hipoteca de la casa que había comprado en Queens para la llegada de su hijo comenzaron a apretar.

Pasaron muchos meses de terapia entre psicólogos y trabajadores sociales. Sin embargo, el consuelo sólo llegaría desde adentro: “Un día comencé a poner todos esos miedos y frustraciones en el papel. Poco a poco fui descubriendo la calidad terapéutica de la escritura. La cualidad de convertir el trauma en arte”.

Desde ese momento comenzó a escribir cuentos, artículos, reflexiones. Llegarían las primeras publicaciones para el prestigioso portal Salon.com o Redbook Magazine, entre otros. Luego de cinco años, Alissa tuvo el coraje de contarle a Joshua la verdadera historia sobre su padre: “Lo senté y con bañada en lágrimas le explique bien lo que había ocurrido. Fue una noche muy sentimental”.

Así nació la obsesión por escribir un libro donde pudiera plasmar todo lo vivido. Su idea fue realizar un novela gráfica para que el mundo, y sobre todo su hijo, conociera su verdad de los hechos.

American widow salió a la venta en 2008. El libro se ganó la simpatía de la crítica por su hermoso relato y por su valor como pieza de la memoria colectiva. Desde entonces, la novela gráfica, ilustrada por el artista Sungyoon Choi, ha sido traducida al francés y al alemán, convirtiendo a Alissa Torres en una reconocida autora dentro de los Estados Unidos.

Hoy Joshua está a punto de cumplir diez años. Habla español tal y como su padre lo hubiera querido, pero aún no ha ido Colombia, quizá porque su madre, quien prepara su segunda novela, no se siente preparada para hacerlo.