El efecto Crimea

Bajo una propuesta del Kremlin, el estado ucraniano pasaría a ser federado.

Manifestantes enarbolan una bandera rusa en Donetsk. / AFP

La batalla por Ucrania no ha finalizado. Luego de la anexión de Crimea, concluida en marzo de este año, el siguiente campo de batalla entre Rusia y el gobierno de ese país son las regiones ucranianas orientales, una zona en la que la mayoría de la población es de ascendencia rusa y en donde el depuesto presidente Víktor Yanukóvich tenía su mayor base de apoyo popular.

En el este de Ucrania, el movimiento proeuropeo que arrancó en noviembre del año pasado (y que concluyó en febrero con la salida del poder de Yanukóvich) fue siempre visto con desconfianza, como un problema lejano, incluso ajeno. Ese nivel de desprendimiento ha alimentado las protestas que, con cierta regularidad, se han sucedido desde febrero y se intensificaron durante la crisis de Crimea, manifestaciones plenas de banderas rusas.

Ahora, más que protestas hay intenciones: un grupo de manifestantes que se tomó el fin de semana el principal edificio gubernamental en la ciudad de Donetsk declaró la independencia el lunes, pidió el apoyo (militar) de Rusia y aseguró que convocará a un referendo para pedir la anexión a la Federación Rusa. La consulta está planeada para el 11 de mayo, apenas días antes de las elecciones presidenciales en Ucrania, el 25 de mayo.

Además de Donetsk, en las ciudades de Lugansk (muy cercana a la frontera con Rusia) y Járkov (el mayor centro del apoyo a Yanukóvich) también se registraron el fin de semana manifestaciones prorrusas, así como ataques a edificios gubernamentales. En estos lugares ya había habido enfrentamientos entre grupos prorrusos y proucranianos durante la crisis en la península de Crimea.

El pedido de independencia en Donetsk llega en momentos en los que, según Estados Unidos y el gobierno interino ucraniano, hay 40.000 tropas rusas estacionadas a 30 kilómetros de la frontera oriental con Ucrania. Eso por un lado.

En el otro se encuentra la propuesta rusa para buscar una solución diplomática a las tensiones regionales en Ucrania. Concretamente, Rusia está pidiendo que la Constitución ucraniana sea modificada para convertir al país en una suerte de federación en la cual cada provincia o estado pueda tener el control directo sobre asuntos como la recaudación de impuestos, el manejo de su fuerza de policía, la elección de sus gobernadores y, en general, las decisiones del gobierno local. Estas decisiones, bajo la óptica de Serguéi Lavrov, ministro de Relaciones Exteriores ruso, incluirían la posibilidad de dictar la política económica regional y el establecimiento de “lazos económicos y culturales con países vecinos”.

“La estructura de gobierno en Ucrania siempre ha estado demasiado centrada en Kiev. El presidente, por ejemplo, nombra los gobernadores provinciales. La transferencia de poder a las capitales de provincia puede promover un gobierno más eficiente y responsable. Pero deberíamos ser más cautelosos con la posición rusa. A Moscú no le importa la gobernanza eficiente: quiere crear oportunidades para intervenir en los asuntos internos de Ucrania”. Las palabras son de Steven Pifer, embajador estadounidense en Ucrania entre 1998 y 2000; su declaración es de hace un par de semanas.

Las reservas de Pifer parecen ser una realidad hoy, si se tiene en cuenta que la presión rusa no es sólo para intentar federalizar a Ucrania, sino que también va de la mano de la mejor arma en el arsenal de Rusia: la factura del gas.

La semana pasada, los rusos anunciaron que el precio del gas para Ucrania subiría más de US$150 por cada 1.000 metros cúbicos, llegando casi a los US$490. Bajo un acuerdo firmado por Yanukóvich, Rusia le descontaba a Ucrania más de US$2.000 millones anuales en la factura del gas. El gobierno ucraniano ha dicho que no pagará el nuevo precio impuesto por Gazprom, empresa estatal rusa de gas.

Gazprom ya ha aplicado cortes de gas para Ucrania, en 2006 y 2009. En la última ocasión la medida dejó sin suministro a algunos países europeos, pues buena parte de los gasoductos corrían en ese momento a través de territorio ucraniano. Pero ese parece no ser el caso, pues desde entonces apenas el 50% del gas ruso pasa por Ucrania, mientras que a principios de los años 90 ese porcentaje llegó a ser a 95%.

Como suele suceder con Rusia, en esta ocasión hay diferentes variables de incertidumbre en la ecuación ucraniana. Por un lado, no resulta claro si el gobierno de Vladimir Putin aceptaría los resultados del referendo de independencia que, presuntamente, se celebraría en Donetsk. Por otro, tampoco es fácil prever qué quieren los rusos de una posible federalización de Ucrania y cómo este movimiento afectaría la capacidad de Kiev para adelantar iniciativas como la discutida entrada a la Unión Europea. Sobre este escenario pesa también la amenaza de las 40.000 tropas rusas estacionadas a pocos kilómetros de la frontera.

 

 

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@troskiller

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