El Estado Islámico, de camino a Palmira, Siria

El menguado ejército sirio no pudo contener el avance de los combatientes del EI, que ambicionan la ciudad como punto central hacia Damasco y Homs. Patrimonio arqueológico, en peligro.

Perspectiva de las ruinas de Palmira, compuestas por un extenso camino de columnas romanas. /AFP

Con los combatientes del Estado Islámico como dueños y señores del norte de Palmira (Siria) hay dos escenarios posibles. El primero, pletórico y afortunado, predice cómo el ejército sirio, aunque menguado por el conflicto interno, derrota los asentamientos del Estado Islámico, bloquea las entradas a los barrios de Tadmur (la ciudad contigua a Palmira). En ese caso, para entonces Estados Unidos habrá sido capaz de entrenar a las milicias chiitas, disponer a la población —en su mayoría suní— para apoyar a las tropas y eliminar casi de tajo las pretensiones del Estado Islámico en Bagdad, uno de los fuertes que tienen en su mira y que está a poco más de 100 kilómetros de Ramadi, la ciudad que esta semana quedó bajo su poder. El segundo, grisáceo y abúlico, predice cómo el Estado Islámico, como una réplica horrorosa de los métodos utilizados en ciudades antiguas como Hatra y Nimrud, destruye columna a columna, arco a arco, templo a templo el patrimonio arquitectónico de Palmira. El segundo escenario, sobra decir, tiene sendas posibilidades de convertirse en certeza: el Estado Islámico está a 4 kilómetros de las ruinas de Palmira. Casi podría irse caminando.

El ejército sirio intenta contenerlos para que no crucen a través de los barrios de Tadmur. Lo primero que se encontrarían los extremistas del Estado Islámico al llegar a la zona arqueológica, imponente, sería el templo de Baal, dedicado a ese dios. Sería, tal vez, lo primero que destruirían dado que ése ha sido el objetivo reciente del grupo: destruir todas aquellas referencias preislámicas, toda forma de idolatría. El diario The Guardian dijo este miércoles, con base en el testimonio del Observatorio Sirio de Derechos Humanos, que de hecho la ciudad ya había sido tomada y que el gobierno de Al Asad había evacuado a todos los ciudadanos. Irene Bokova, directora de la Unesco —la organización, brazo de la ONU, encargada de vigilar el cuidado del patrimonio histórico—, pidió que el conflicto cesara y que las partes recordaran la importancia de dicha zona en la historia de Siria, en la historia del mundo. Pero la Unesco no tiene poder más allá de la condena muda. Si Palmira cae, Palmira es destruida. El Estado Islámico no ve medias tintas.

Palmira, sin embargo, no parece una prioridad para las relaciones internacionales. El gobierno de Estados Unidos está más preocupado por la posible invasión de Bagdad y Francia ha anunciado una reunión “para abordar el conjunto de la situación”, que sucederá sólo hasta el 2 de junio. Dos largas semanas separan a Palmira de una posible solución, que podría aplazarse y aplazarse hasta la vista de su destrucción. El propio gobierno sirio parece poco interesado en resguardar la zona: el conflicto interno, la lucha con los combatientes en contra de Bashar Al Asad, ocupa la agenda nacional del régimen. Palmira, en este momento, es una presa solitaria e indefensa frente a un ejército armado de un afecto supremo por la destrucción y el saqueo. 

¿Por qué no se actúa en favor de la arquitectura de Palmira con la misma presteza con que las personas son protegidas? En el fondo, la idea de que las ruinas son sólo ruinas pervive; el patrimonio cultural, en tiempo de guerra, es un botín que parece desechable para sus dueños pero rico en perspectivas para los atacantes. De acuerdo con directores de museos y curadores de la zona, el Estado Islámico destruye la arquitectura y los ídolos pero también recauda —del modo más violento— mucho de aquel material para venderlo en el mercado negro y sustentar sus actividades —basadas también en la explotación del petróleo en la región y en las extorsiones—.

El problema no es sólo la destrucción, sino la pérdida del patrimonio que quede en pie. El crítico de arte Jonathan Jones se preguntaba en The Guardian si dolerse por una obra de arte es menos importante que dolerse por los civiles que son afectados por los ataques. La respuesta de Jones era certera: es lo mismo. “El pasado es un reflejo de nosotros”, escribió. Y en ese sentido, la toma de Palmira no es sólo una pérdida para Siria sino para la Historia misma, con mayúsculas. Su patrimonio —equivalente al de Petra en Jordania o a las ruinas de Atenas— recoge las tradiciones persa y mediterránea y es testimonio de las conexiones comerciales de los dos primeros siglos después de Cristo, cuando la ciudad estuvo en las manos del Imperio Romano. Su arquitectura es una combinación de culturas y pensamientos. El Estado Islámico, más allá de su armamento sofisticado y de la amenaza que representa para la estabilidad de las naciones de Medio Oriente, tiene ahora la capacidad de destruir el pasado.

Si quiere conocer la importancia del patrimonio de Palmira, visite el blog Meridiano 82 de El Espectador.