El fin de dos reinados

Esta semana, la selección española de fútbol fue eliminada del Mundial y el rey Juan Carlos I oficializó su abdicación.

El nuevo rey de España, Felipe VI, sale al balcón del Palacio Real tras su proclamación como monarca. / AFP

En la memoria colectiva española, el 19 de junio de 2014 quedó definitivamente grabado como “histórico”. Fue la palabra que más retumbó por las calles y en los medios. Para algunos era histórico por ser el comienzo de una era política; para otros, porque señalaba el fin de un reino en el fútbol; para algunos más, porque persistía el modelo monárquico, a pesar del clamor de algunos sectores de la sociedad por el retorno a una república, perdida tras una guerra fratricida que concluyó con una dictadura en 1939. En las ventanas del señorial barrio de Salamanca y la zona alrededor del Palacio Real colgaba el rojo-amarillo-rojo de la bandera española, mientras en los barrios más populares y vanguardistas se asomaba el rojo-amarillo-morado de la bandera republicana. La capital estaba alborotada por la presencia mediática internacional y buses de turistas que venían desde sitios tan lejanos como Japón para presenciar lo que muchos tildaron “la coronación de un rey”.

Para un periodista con la misión de relatar de primera mano los eventos históricos, la experiencia del relevo comenzó con una organización con sabor a desorden por parte de los servicios de comunicación del Estado. Era tal la demanda de acreditaciones para asistir a los eventos en torno a la proclamación de Felipe VI (más de mil periodistas de 24 países), que el sistema simplemente se desbordó. Los periodistas fueron citados el día 18 a partir de las 8 de la mañana para recoger las acreditaciones pertinentes. No importaba la hora de llegada, la fila y el desorden crecían: ni el personal, ni los recursos, ni la paciencia daban abasto. Mientras algunos periodistas esperaban hasta cuatro horas bajo un sol veraniego madrileño en las puertas del Senado, la imperturbabilidad se agotaba, derivando en gritos de “¡No nos vamos, no nos vamos!” y “¡Nos vamos a perder el partido!”, temiendo que, tras arduas horas de espera, no conseguirían ni acreditaciones ni ver la reivindicación de su equipo como campeones del mundo en la edición brasileña de la Copa Mundo. Nervios que resultarían inútiles, pues el resultado fue más que claro: no solo llegó a su fin el reino de Juan Carlos I ese día, tras firmar su abdicación en una ceremonia solemne, sino también el de la Roja, como tildan afectivamente a su equipo campeón de dos ligas europeas y un mundial.

Una vez caída la noche, un silencio descomunal descendió sobre el país, mientras los españoles presenciaban su derrota y expulsión del torneo a manos de un equipo sudamericano, Chile, tras la humillación del partido con Holanda la semana anterior, y para colmo, en el estadio Maracaná, templo del fútbol. En la capital, vísperas de un festivo y de una “coronación”, donde el ruido es una forma de vida, abundó el silencio durante y después del partido. La emoción que se sentía unas horas antes, en las calles decoradas con los colores españoles, se esfumó, y los 30.000 hinchas que se habían reunido para ver el partido en grandes pantallas, se fueron a casa llorando. Los noticieros mencionaron la derrota a manos de “un equipo inferior” y rápidamente pasaron al tema del rey, que ya dominaba los medios desde que el rey Juan Carlos I anunció su abdicación el 2 de junio. El silencio ante la derrota perduraría en los medios y en las conversaciones, enfocándose en el primer relevo monárquico constitucional en la historia de España.

El 19 por la mañana solo se sentían los helicópteros de los servicios de seguridad empezando su jornada sobre los cielos de la capital. Enfrente del Congreso, los periodistas que lograron obtener la acreditación correcta se posicionaban para recibir al nuevo monarca. Eran los únicos que podían acercarse a un perímetro de 500 metros de las cortes, el parlamento español, donde Felipe VI juraría fidelidad a la Constitución de la monarquía democrática. Desde las tarimas se podía observar como monárquicos se juntaban a las alejadas vallas del perímetro para presenciar la llegada de un príncipe y la salida de un rey. Estos, mientras esperaban, gritaban: “¡Viva el rey, viva España!”. Pero muchos de los ahí presentes comentaron lo poco poblada que estaba la calle y absolutamente nadie mencionó la derrota de la noche anterior, en un país que muere por el fútbol.

Cuando llegó Felipe con Letizia y sus dos hijas, entraron por las puertas principales del Congreso de los Diputados (las cuales solo abren en ocasiones especiales) y se adentraron en el hemiciclo. Españoles de todo el país siguieron la ceremonia de juramento, plena de simbolismo, desde sus televisores. Medios europeos resaltaron como el rey fue más moderno que el gobierno sobre el que precedería, al jurar con su mano sobre la Constitución, y no sobre la Biblia y ante un crucifijo como lo hicieron el presidente Mariano Rajoy y su gabinete. El primer discurso de Felipe VI habló de una regeneración institucional, que empezaría con la monarquía y la necesidad de una España unida, quizás el mayor reto que le espera.

Cuando el ahora rey Felipe VI emergió por la puerta con su familia, lo esperaban el gobierno, los expresidentes, presidentes de todas las instituciones del Estado, los padres de la Constitución, los presidentes de las comunidades autónomas, todos los senadores y todos los diputados presentes para una foto conmemorativa. Brillaban por su ausencia el líder político del País Vasco y los representantes de partidos republicanos, mientras el líder catalán, Artur Mas, hizo un acto de presencia con poca alegría en comparación con los que le rodeaban. Un batallón de honores compuesto por escuadra de gastadores, bandera, banda y música y cuatro compañías de los tres ejércitos (de Tierra, Armada y del Aire) y de la Guardia Civil, rindió honores y su majestad, jefe del Ejercito, pasó revista a las tropas. Se hizo hincapié en los medios y por parte del Gobierno en resaltar la austeridad del evento que, dentro su tradicionalismo algo abigarrado, obvió invitar a jefes de estado y dejó de lado una ceremonia religiosa, decisión bienvenida por muchos ciudadanos del país constitucionalmente aconfesional y en crisis.

Concluido el acto, Felipe VI y doña Letizia se montaron en un Rolls Royce descapotable (ejemplar único en el mundo, regalo de Hitler al dictador Francisco Franco) que inició su recorrido por los principales bulevares de la capital camino al Palacio Real, donde se ofrecía una recepción para casi 3.000 invitados. “Nunca he visto la Gran Vía tan vacía”, comentaría un diplomático de la Unión Europea que se acercó para presenciar el momento histórico.

En la amplia Plaza de Oriente, los madrileños, españoles y extranjeros que acudieron al encuentro con un rey fueron amontonados, creando la ilusión de un mar de banderas rojas y amarillas. Pero la realidad es que las calles no se desbordaban como cuando gana la Liga.

Cuando salieron los nuevos reyes, sus hijas y los reyes salientes al balcón del Palacio, un grito ensordecedor y la frenética agitación de banderas fue lo único que se podía contemplar. Dos minutos después, la realeza española desapareció detrás de las cortinas del palacio. El rey Felipe VI y doña Letizia se retiraron al Salón de Tronos para estrecharles la mano a cada uno de sus invitados, acto que duró casi dos horas, mientras los que se encontraban en la plaza empezaron su retorno a casa, sin preocuparse por toparse con una protesta republicana masiva, la cual había sido declarada ilegal tanto por el Congreso como los tribunales. El único comentario sobre el fin del reino futbolístico de la selección española fue el de unos jóvenes que dirían: “Eso hoy no importa, es el día del rey”. Parecía que a quienes sí les importó se habían quedado de luto y en silencio en casa.

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