El fin de un dictador

En la celda en la que pagaba cadena perpetua por sus crímenes murió Jorge Rafael Videla, quien encabezara el gobierno argentino entre 1976 y 1983. Tiempos de desapariciones y muerte.

Jorge Rafael Videla en una fotografía captada en julio de 2012, mientras era escoltado por dos policías. / EFE
Jorge Rafael Videla en una fotografía captada en julio de 2012, mientras era escoltado por dos policías. / EFE

En la soledad de su celda en el penal de Marcos Paz ni siquiera disfrutó de su última cena. No quiso comer Jorge Rafael Videla el jueves por la noche, cuando el invierno comenzaba a arreciar en Buenos Aires. Lo encontraron ayer por la mañana, con el estómago vacío, lleno de secretos, sin vida ni arrepentimientos. Falleció el emblema de la peor dictadura militar de la Argentina, presidente de facto de 1976 a 1983. Fue el cerebro negro del período más oscuro y sangriento del país, aquel que dejó un saldo de 30.000 desaparecidos, bebés expropiados y una herida tan dolorosa y profunda que, aun en tiempos de democracia, el pueblo no logró cicatrizar. Tenía 87 años.

La cruda noticia dirá que Videla fue hallado “sin pulso, ni reacción pupilar, a las 8:25 de la mañana” en su calabozo del módulo 4 del Complejo Penitenciario Federal número 2, donde cumplía cadena perpetua por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante su gestión al frente del tristemente célebre Proceso de Reorganización Nacional. La última imagen pública del exmilitar se había visto el martes, cuando se negó a declarar durante el juicio en el cual se le imputaba su participación en el Plan Cóndor, una macabra estrategia que llevaron a cabo los gobiernos fascistas del Cono Sur en el cual se intercambiaban presos e información.

Con un resentimiento histórico, muchos argentinos celebraron la muerte del dictador a través de las redes sociales. “No vamos a tener que verlo más ni aguantarlo en un juzgado, reivindicando el genocidio. Era realmente imposible de caratular qué clase de persona era. No digo que era un animal, porque los animales tienen códigos. Era deshumanizado. Es un alivio que haya muerto”, declaró Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, la organización que durante años se encargó de localizar y restituir a los hijos de los desaparecidos durante el proceso militar. “Hay que rescatar que murió condenado por un pueblo, juzgado por la justicia y eso fue producto de años de lucha. No nos cegó la venganza ni el odio”, afirmó Victoria Donda, diputada del Frente Amplio Progresista y nieta recuperada.

Videla nació en Mercedes, provincia de Buenos Aires, el 2 de agosto de 1925. Se graduó en el Colegio Militar el 21 de diciembre de 1944 con el grado de subteniente de Infantería y empezó a escalar rangos. Una década más tarde fue nombrado oficial mayor. En 1971 ya era general de Brigada y dos años después, jefe del Ejército, aunque el cargo más importante llegaría en 1975, cuando María Estela Martínez de Perón, entonces presidenta de la Nación, lo subió a comandante.

Acaso haya sido una de las más equívocas decisiones de Isabelita, tal cual llamaban a la viuda del general Juan Domingo Perón, fallecido un año antes, dejando un país convulsionado en manos de su esposa. A esa altura, ni la propia mandataria imaginaba que el 24 de marzo de 1976 abandonaría la Casa Rosada, palacio presidencial argentino, a bordo de un helicóptero que hoy forma parte de un hangar de Michigan, Estados Unidos. Entonces, Videla, a cargo de una Junta Militar también compuesta por Emilio Eduardo Massera (fallecido el 8 de noviembre de 2010) y Orlando Ramón Agosti (murió el 7 de octubre de 1997), no sólo derrocó el gobierno democrático; además, dejó claro que las palabras que había vertido un año antes en Montevideo, durante una visita a Uruguay, no habían sido producto del azar, sino de un turbado pensamiento: “Si es preciso, en Argentina deberán morir las personas necesarias para cumplir con el proceso”.

Bajo la excusa de la reorganización, amparado en un falso patriotismo, hubo persecuciones a militantes de izquierda, deportistas, artistas y todos aquellos sospechosos de irreverentes, según la trastornada lógica militar. Se produjeron torturas, violaciones y muertes. De hombres y mujeres, con la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), hoy el Museo de la Memoria, como sede del horror. Prisioneros de un Estado de facto, miles de argentinos fueron víctimas de los denominados 'vuelos de la muerte', lanzados a las aguas del Río de La Plata sin ningún tipo de contemplaciones.

El Mundial ’78 anestesió a los argentinos durante un tiempo. La guerra de las Malvinas agitó el dolor de jóvenes inocentes convertidos en soldados del martirio. El presidente Raúl Alfonsín lo condenó por la ley de Punto Final y Obediencia de Vida. Su sucesor, Carlos Menem, lo indultó. Y Néstor Kirchner lo volvió a encerrar. Videla nunca mostró síntomas de estar arrepentido. Habló de “parturientas” que fueron parte de “la maquinaria del terror” para justificar los robos sistemáticos de bebés durante el juicio por el que fue condenado el año pasado. Y un mes después, entrevistado por Ceferino Reato, autor del libro Disposición final, reveló que durante su mandato hubo “7.000 u 8.000 desaparecidos”. Se calculan 30.000. Y todavía repiquetea en los oídos de los argentinos aquella frase que disparó en 1979: “Los desaparecidos no están vivos ni muertos, están desaparecidos”.

Recuerdos de Videla

 

Dos imágenes históricas del fallecido exdictador argentino José Rafael Videla: la primera, tomada el 24 de marzo de 1976, cuando tuvo lugar en la Casa Rosada su investidura, rodeado de los altos mandos militares.

La segunda fue captada el 25 de junio de 1978, después de que la selección Argentina de fútbol derrotara a Holanda en la final del campeonato mundial realizado en Argentina. En la imagen, Daniel Passarella le ofrece el trofeo a quien entonces ejercía como jefe de Estado.

 

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