Hacia el fin del 'gadafismo'

Luego de la presumible victoria de la coalición, se abrirá un período de transición en el que rebeldes y tribus deberán reinventar el país negociando el reparto del poder.

El expresidente tunecino Ben Alí huyó a Arabia Saudí; el expresidente egipcio Hosni Mubarak vive en arresto domiciliario en su propio país. Pero la mayoría de sus partidarios siguen en el poder, con lo que la transición a la democracia en ambos países no está ni mucho menos garantizada. El líder libio, Muamar Gadafi, que, incluso con la intervención occidental desde el aire lleva militarmente las de ganar, es probable que acarree, sin embargo, una liquidación mucho más completa de lo que han significado los 40 años de ‘gadafismo’. Todo ello contando, por supuesto, con que Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos no dejen la faena a medio terminar y actúen decisivamente para derrotar al dictador.

El ‘Guía’ de la revolución ha tenido la ‘mala suerte’ de contar con un instrumento —mercenarios y fuerzas de élite— con el que sabía que podía sofocar cualquier insurrección de voluntariosos amateurs armados poco más que con tirachinas y bombas fétidas. Ben Alí y Mubarak contaban con establecimientos militares —sobre todo el expresidente egipcio— animados de un ‘esprit de corps’, que a la hora de la verdad fueron quienes les enseñaron a ambos líderes la puerta de la calle. Gadafi, en cambio, ha lanzado sus fuerzas contra la rebelión, y en el brutal derramamiento de sangre consiguiente, el presidente francés Nicolas Sarkozy y el premier británico David Cameron han hallado el pretexto que buscaban para cubrirse con la bandera y librar lo que se presentaba como una guerrita de tres al cuarto para combatir el desprestigio que sufren ante su propia opinión.

Al sumir a su país en un avanzado estado de guerra civil, Gadafi se ha convertido en un apestado dentro incluso del mundo árabe. Después de los cientos de muertos de la revuelta egipcia —pero a manos de la policía y de matones del poder, no del Ejército— el líder árabe que desencadene una represión masiva contra la protesta —tentación a la que se exponen Bachar el Asad en Siria y Ali Saleh en Yemen— habrá perdido toda legitimidad nacional. Y esa guerra librada contra una tropilla casi exclusivamente de civiles es precisamente la que permite a la UE y Estados Unidos proceder legalmente contra el coronel con la congelación de activos, la investigación de crímenes y la más severa cuarentena política para el caso de que el régimen sobreviva a los bombardeos de la OTAN.

Si triunfa la revuelta, el mundo occidental deberá enterarse bien de quiénes son sus líderes y qué representan, como por ejemplo si hay o no elementos significativos de Al Qaeda entre sus filas, al tiempo que el primer problema de los vencedores será reinventar el país negociando con las principales tribus un reparto efectivo del poder mucho antes de plantearse cuestiones como sistema de partidos, elecciones y libertades democráticas. Sería por ello la transición libia mucho más prolongada que las de Egipto o Túnez, porque el país no existe como Estado ni como nación en el sentido moderno del término. Sus únicas grandes redes de sociabilidad son la extensísima fuerza de informantes de la policía y las cofradías religiosas, en especial en la provincia oriental, la Cirenaica; poca cosa para armar un Estado contemporáneo. El ‘pos-gadafismo’ necesitará por ello técnicos occidentales y, sobre todo, ‘padrinos’ árabes, preferentemente egipcios, que apuntalen una administración dirigida por el exiguo número de profesionales, hoy casi todos en el exilio, que abandonaron antes o después al dictador; por los mandos del ejército regular que optaron por la sublevación; y por representantes de la intelectualidad islámica surgida de esas mismas cofradías, única autoridad histórica del país.

A lo más que puede aspirar Libia en un futuro inmediato es a convertirse en una confederación de intereses tribales. Pero Occidente, si quiere hacer rentable la intervención militar, deberá volcarse en apoyo de esa estructura, porque el fracaso de la transición o la victoria, siquiera temporal, de Gadafi es probable que conduzca a una fragmentación del territorio, que hoy nadie quiere, y de la que nuevamente podría sacar provecho el terrorismo internacional. Esa Libia podría funcionar durante algún tiempo como un semiprotectorado de la Liga Árabe o, mejor aún, de Egipto, que es el que por conocimiento, experiencia y vecindad está más cualificado para la tarea. Pero todo ello tan solo si en El Cairo se impone la revolución democrática. En ese caso, los dos países del norte de África tendrían una segunda oportunidad.

 * Columnista de El País de España.

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