El final en Afganistán

Contra todo pronóstico, ¿podría brotar la paz donde se inició la nueva “guerra contra el terrorismo”?

En Afganistán, diez años después del 9/11, la guerra más prolongada de la memoria estadounidense se está apagando gradualmente.

Pero para muchos afganos este es el Año 10 de la ocupación de Estados Unidos y la última fase de una batalla contra los extranjeros que se ha estado librando desde 1979.

Durante la última década, Afganistán y la región han sufrido las terribles consecuencias de una guerra constante —tan sólo Afganistán ha registrado decenas de miles de víctimas y 5 millones de refugiados—.

De hecho, la década del 9/11 se originó en Afganistán, en los reductos montañosos donde Osama Bin Laden, acogido por el talibán, tramó los ataques contra Estados Unidos. Afganistán fue el primer frente de batalla de Estados Unidos en la “guerra contra el terrorismo” posterior al 9/11.

El presidente Barack Obama ha dicho que 10 mil de las 100 mil tropas desplegadas en Afganistán se retirarán este año, posiblemente seguidas por otras 20 mil el próximo año. Para 2014 se habrá ido gran parte de la coalición encabezada por Estados Unidos y la OTAN, que incluye 140 mil tropas de 48 países.

Con base en lo que presencié recientemente durante mis visitas a Afganistán, la perspectiva de la retirada ha dejado profundamente preocupados a muchos afganos por la posibilidad de que el talibán retome el poder, aun cuando las fuerzas de seguridad afganas ascenderán a casi 305 mil tropas para 2014.

A la gente del inestable Pakistán y de las vulnerables repúblicas vecinas del centro de Asia —Tayikistán, Uzbekistán y Kirguistán— le preocupa el resurgimiento del extremismo islámico, que grupos militantes afiliados a Al Qaeda penetren sus fuerzas de seguridad y el colapso económico.

Pakistán, con un arsenal de más de 100 armas nucleares, está en un peligroso tobogán descendente, contrapunteado con Estados Unidos y sin el liderazgo que tanto necesita.

Un atisbo de esperanza para Afganistán es el actual diálogo entre Estados Unidos y el talibán. Se está discutiendo nada menos que el final.

He seguido cada giro y revés de este proceso, tal como lo hice hace dos décadas cuando la ONU, Rusia, Pakistán y Estados Unidos negociaron la retirada de las tropas soviéticas de Afganistán.

Hamid Karzai, el presidente afgano, ha estado negociando con el talibán desde 2007. Su enviado era su medio hermano Ahmed Wali Karzai, asesinado el 12 de julio —muerte que sólo intensificó la desconfianza entre el talibán y el gobierno afgano—.

El talibán siempre ha dicho que quiere negociar cara a cara con los estadounidenses. Alemania fue la intermediaria. En 2001, los alemanes auspiciaron una reunión en Bonn que estableció el gobierno afgano interino y nominó a Hamid Karzai como su presidente.

El 28 de noviembre de 2010, en una villa de las afueras de Munich, al talibán finalmente se le cumplió su deseo. Dos diplomáticos estadounidenses sostuvieron una sesión de 11 horas con representantes afiliados al líder talibán Mulá Mohammed Omar. También presentes, a petición del talibán, estuvieron autoridades de Qatar.

La premisa de las negociaciones, de ese entonces y de ahora, es que ninguna retirada occidental de Afganistán ni transición a las fuerzas de seguridad afganas puede ocurrir exitosamente sin que se reduzca la violencia, sin el fin de la guerra civil entre el gobierno afgano y el talibán, y sin un acuerdo político garantizado por Pakistán y otros Estados vecinos.

Hace poco hablé en Kabul con un exfuncionario que sigue en contacto con el liderazgo del talibán, pero que no está autorizado a hablar con los medios. Me dijo: “El problema fundamental es entre Estados Unidos y el talibán, y consideramos al gobierno afgano como un problema secundario”.

Es mucho lo que se arriesga. Todas las partes temen que la salida de Estados Unidos permita que Al Qaeda y sus aliados extremistas vuelvan a Afganistán, lo que amenazaría aún más la seguridad del centro y sur de Asia —que ya es la región más peligrosa del mundo con su explosiva combinación de terrorismo, armas nucleares y Estados tambaleantes—.

Por tanto, la responsabilidad de los futuros negociadores es aún mayor. Otras dos rondas de pláticas han seguido desde entonces: en Doha, Qatar, en febrero, y otra vez en Munich, en mayo.

Inicialmente, las negociaciones generaron medidas para crear confianza. Primero, los estadounidenses tenían que verificar que los representantes del talibán tuvieran poder de negociación. Las discusiones cubrían la posibilidad de relajar las sanciones impuestas por la ONU contra el talibán, liberar prisioneros en Afganistán y abrir una oficina de representación del talibán, posiblemente en Doha.

El 17 de junio, impulsando fuertemente el proceso, el Consejo de Seguridad de la ONU aceptó una propuesta de Estados Unidos de separar a los miembros del talibán de los seguidores de Al Qaeda en una lista de terroristas mundiales que la ONU había tenido desde 1998.

Tres días después del encuentro en Doha, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, anunció que Estados Unidos iba a “lanzar una intensificación diplomática para llevar este conflicto hacia un resultado político que despedace la alianza entre el talibán y Al Qaeda, que ponga fin a la insurgencia y ayude a producir no sólo un Afganistán, sino también una región más estable”.

Hay muchos aguafiestas en el juego, incluyendo Al Qaeda y sus aliados en Pakistán y el centro de Asia, quienes se sentirían traicionados por la paz en Afganistán e intentarán abrir paso a más caos saboteando y asesinando.

Por tanto, es crucial que las negociaciones y la identidad de los representantes sigan ocultas, para evitar que el proceso sea saboteado.

Muchos observadores se muestran razonablemente escépticos. El general David H. Petraeus, comandante militar saliente de Estados Unidos en Afganistán, calificó de “preliminares” las pláticas, agregando que “ciertamente no subirían de nivel para llamarse negociaciones”.

Entonces, ¿por qué está participando el talibán? Dada su fuerza, ¿qué le impide esperar la retirada de Estados Unidos y la OTAN, deshacerse después del corrupto gobierno de Karzai y simplemente apoderarse del país?

Mis conversaciones con el talibán dejan en claro varias cosas. No quieren que la salida de Estados Unidos deje un vacío que pueda hundir a Afganistán en otra guerra civil. Quieren distanciarse de Al Qaeda (incluso han llegado a decir que no permitirán que vuelva a pisar tierra afgana). Y están modificando la estricta ley islámica que impusieron en la década de 1990. Ya están intentando detener todos los ataques contra escuelas y permitir la coexistencia de escuelas para niños y niñas.

El talibán también está cansado de ser amigo y rehén de los servicios de inteligencia de Pakistán, de los que han recibido apoyo clandestinamente desde el comienzo de su insurgencia, en 2003. Ahora, esos servicios de inteligencia quieren asegurarse que cualquier proceso de paz incluya las exigencias paquistaníes.

“Queremos negociar la paz como afganos, no como peleles de Pakistán”, dijo en Kabul el exlíder talibán.

Sobre todo, el talibán está plenamente consciente de que si intenta tomar el poder otra vez lo aislarían rápido y le cortarían la asistencia internacional destinada a ayudar a los afganos. Y pronto se haría tan impopular como durante los últimos meses de su régimen, en 2001.

Finalmente, al igual que los afganos, los guerreros talibanes simplemente quieren volver a casa. Muchos viven en campos de refugiados infestados de malaria en Pakistán. Están agotados por las muchas víctimas de los ataques de los aviones espías y las redadas de las fuerzas especiales de Estados Unidos.

El poder de Karzai se está erosionando rápido al enfrentar múltiples crisis políticas y económicas. Pero es esencial que forme consenso entre los grupos étnicos de Afganistán para apoyar las negociaciones de paz —y que Occidente forme un consenso similar en la región—.

Existe un programa potencial con plazos. En diciembre, los alemanes marcarán el décimo aniversario de la primera reunión de Bonn y se espera que el talibán participe en calidad de algo. Esa sesión, contra todo pronóstico, ¿podría marcar el comienzo de la década posterior al 9/11?

Cifras

769 soldados de la coalición murieron en la provincia afgana de Helmand, la que más bajas de tropas generó.

13.011 es el total de militares estadounidenses heridos en Afganistán en los casi diez años que completa el conflicto.

34 mujeres integrantes de la coalición fallecieron durante la guerra. La cifra de varones llega a 2.672.

20 de los soldados muertos en el conflicto tenían apenas 18 años. Nueve eran estadounidenses y 11 británicos.

425 hombres han perdido las tropas occidentales en lo que va corrido de 2011. El año más trágico ha sido 2010: 711 muertes.

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