El genio que logró que sus enemigos lo adoraran

“Nelson Mandela fue el fundador del primer movimiento armado del Congreso Nacional Africano, que era su partido. También fue el primer comandante en el año 61.

Llegó a ese punto después de casi 20 años de lucha política, que era como golpearse la cabeza contra un muro, porque sus ideas de democracia, justicia e igualdad nunca tuvieron respuesta. Pidió diálogo, se hartó y luego cayó en la cárcel como el peor de los terroristas de su país.

Para Mandela la cárcel estuvo muy bien para pensar. Reflexionó mucho, leyó muchos libros. Se enteró de cómo iba el mundo. Supo que era posible insistir en la vía militar, pero eso, lo entendió, era básicamente garantizar que Sudáfrica estaría en guerra permanentemente. Mandela fue pragmático porque pudo comprender que la violencia no lo llevaría hasta donde quería llegar. Él sabía que de la cárcel algún día iba a salir, que algún día iba a tener que negociar y comenzó a prepararse para eso, la que sería su verdadera batalla.

La cárcel fue esa especie de laboratorio que utilizó para conocer al enemigo: a través de su idioma, de libros, de las actitudes de sus carceleros. Su meta era que cuando llegara finalmente el día de sentarse a negociar, él conociera más al enemigo que el enemigo a él. Supo ponerse en la piel del otro: entender sus puntos fuertes, sus puntos débiles, las vanidades.

Cuando salió de la cárcel en el año 90 tuvo la claridad para comprender que no sólo había que lograr una paz negociada sino que había que asentar las bases para que luego de que se firmara la paz, de que hubiera elecciones libres y de que él fuera presidente, existiera el clima para que no se generara una contrarrevolución. Lo más sorprendente de Sudáfrica fue que al llegar los negros al poder, la gente que perdió estaba muy armada y tenía mucha experiencia militar. Lo más previsible era que se generara un movimiento guerrillero desde la extrema derecha, pero eso no ocurrió. Y no ocurrió porque Mandela se propuso generar un clima en la sociedad a través de la reconciliación, de conocerse y generar respeto mutuo.

Yo creo que existe Mozart para la música, Messi para el fútbol y Mandela para la política. Mandela es como el anti-Hitler del siglo XX, un hombre que supo movilizar las masas para bien, para unir en vez de dividir, para la paz en vez de la guerra. Mandela tuvo esa especie de coctel seductor que cualquier político envidiaría y fue un maestro: no sólo se ganó a su propia gente —porque incluso su gente estaba dividida en diferentes partidos—, sino que, increíblemente, se ganó al enemigo. Era lo más loco, lo más extraordinario, fue una hazaña, la acrobacia imposible que nadie había hecho y que él consiguió.

Al general de extrema derecha, Constand Viljoen, quien estaba preparando células terroristas por todo el país para cuando Mandela llegara al poder, no sólo logró desarmarlo, sino que hizo que lo adorara. El general ahora habla de Mandela y se pone a llorar. Eran enemigos, pero Mandela un día lo invitó a su casa y él aceptó. Con el tiempo diría que esperaba encontrarse con un monstruo, una especie de Osama bin Laden en versión sudafricana. Mandela le sirvió el té y ya luego de cinco minutos de conversación él estaba desconcertado ante su encanto y su carisma.

Mandela es un tipo especial. Es difícil definir carisma. Yo creo que carisma es una persona que tiene una confianza en sí misma tan enorme que va mucho más allá de cualquier arrogancia. Es igual de respetuoso con la señora que limpia la habitación, con el jardinero, con el camarero o con la reina de Inglaterra. Tiene estas dotes, la visión de a dónde quiere llegar. Mezcla todo esto y el resultado es una fuerza política potentísima y prácticamente irresistible. En Sudáfrica, él consiguió usar las divisiones para la unión sin utilizar la fuerza. Esas son sus acrobacias imposibles”.