El gobierno sirio se desmorona

La oposición se fortalece mientras las fuerzas oficiales se desmoralizan. Sin embargo, todavía faltan cruentas batallas para que los rebeldes logren derrocar a un régimen que se aferrará al poder hasta el final.

En un solo ataque de los rebeldes sirios murieron el ministro y el viceministro de Defensa, el vicepresidente asistente y el jefe de Seguridad. A esto se suman las deserciones de varios embajadores, 15 generales, un viceministro, varios periodistas y —como nos dijo el vocero del Consejo Nacional Sirio en Estambul— 50 mil miembros del ejército. El presidente Bashar al Asad no puede evitar los ataques externos ni el derrumbe de sus propias filas.

A lo largo de estos 16 meses las marchas se hicieron cada vez más desafiantes, a pesar de la brutal represión oficial. A las protestas pacíficas se unió la lucha armada, y ésta pasó de acciones aisladas a ataques frontales contra el ejército y los paramilitares. La represión estatal, según las víctimas, conjuga acciones militares y paramilitares, detenciones, torturas, masacres y ataques indiscriminados contra la población.

Hace pocos días la oposición siria se reunió en El Cairo y Estambul para trabajar por una mayor unidad; hoy los rebeldes se coordinan mejor y sus avances militares son innegables. Ya los combates llegaron al corazón de Damasco. En una acción desesperada, Al Asad empezó a mover sus tropas de la frontera con Israel para reforzar su presencia en la capital.

La aterradora IV División, que ha causado tanto dolor bajo la dirección de Maher al Asad, hermano del presidente, no ha podido controlar la capital. Ya no estamos ante “una batalla” en Damasco, sino ante “la batalla por Damasco”, a pocos kilómetros del palacio presidencial, con trincheras en calles de la capital.

Una vez la guerra llegó a Damasco, mucha gente se volcó a las calles con banderas rebeldes. Desde allí, Hassan nos decía: “Damasco hoy está bajo fuego por primera vez. Las calles están desiertas y la mayoría de tiendas cerradas; es un tipo de toque de queda no anunciado. A lo largo de la capital se oyen disparos y explosiones, hay helicópteros sobre la ciudad y artillería disparando a las zonas bajo control rebelde”.

Por otro lado, Estados Unidos y algunos países europeos tratan de posicionarse para no perder su puesto en el tren de la revuelta. Es conocido su oportunismo y su apoyo soterrado a algunos sectores de la oposición y ahora tratan de ganar más legitimidad de cara a un eventual nuevo gobierno. No han ayudado a los sirios como se debiera, pero no dudarán en posar para la foto de la victoria e intervenir en la formulación de un “Plan de Transición” del que ya se habla.

La comunidad internacional sigue jugando un ajedrez que no duda en sacrificar a los sirios como peones. La Liga Árabe fracasó en su mediación y la ONU de nuevo falló en su mandato de garantizar la paz internacional, enfrascada en sus propios mecanismos como el veto.

Nouran nos decía desde Siria: “Ya no nos importa más la comunidad internacional ni las Naciones Unidas. Hemos estado buscando su apoyo por un año y medio, pero después de hoy (en alusión al gran golpe de los rebeldes contra la cúpula militar) no necesitamos su ayuda. Los sirios estamos tomando nuestros asuntos en nuestras manos. Somos fuertes y pelearemos hasta lograr nuestra libertad”.

Dos horas después del ataque rebelde, Al Asad nombró como nuevo ministro de Defensa a quien fuera, según nos dice la oposición, responsable de las masacres de Homs y de Hama. A pesar de los avances rebeldes, el régimen se mantiene.

Ahora vendrá la represión, tan dura como sea posible, para tratar de recuperar el terreno perdido. ¿Cuándo caerá Al Asad? Depende del apoyo ruso y chino al gobierno sirio y a sus Fuerzas Armadas, de la velocidad de las deserciones, de la unidad militar y política de los rebeldes, de la creciente desmoralización del ejército sirio y más bien poco de la llamada comunidad internacional.

Zein, desde Estambul, lo resume así: “Es el comienzo del fin para el régimen de Al Asad, el hecho de que el Ejército Libre Sirio haya alcanzado el alto mando militar significa que el régimen finalmente se desmorona. Ahora es cuestión de tiempo. La batalla es ahora en Damasco, el final de Al Asad”.

Cuando hablamos hace pocos días con rebeldes, refugiados, heridos, víctimas, todos ellos manifestaban su esperanza en una Siria libre y democrática. Nada hace pensar que la lucha armada implique un futuro menos democrático: en Egipto las marchas pacíficas dieron paso a un gobierno de los Hermanos Musulmanes, mientras en Libia la guerra dio paso a un triunfo electoral de los liberales.

La “guerra de la información” Al Asad ya la perdió; dentro de Siria son cada vez menos las voces que sostienen la “teoría de la conspiración”, aunque fuera de Siria son todavía un lugar común. Ahora está en juego la guerra por Damasco que es, en verdad, la guerra por Siria.

En todo caso, una cosa es atacar y otra tomarse el poder. Taha nos decía: “El problema es que si perdemos el impulso y el régimen sobrevive por más tiempo, las cosas podrían volver a la normalidad y van a arreglar la brecha del liderazgo actual, entonces estaremos de nuevo en una lenta progresión de la revolución y al riesgo del estancamiento”.