El gran reto francés

El país europeo tiene el desafío de encarar su lucha contra el yihadismo sin caer en la histeria y buscando, más bien, alianzas con Estados musulmanes. Polémica por detención de niño de ocho años por apología del terrorismo.

Las expresiones de solidaridad con Francia se extendieron a ciudades como Londres, en donde también hay grafitis con el eslogan “Je suis Charlie”. / AFP

Es un desafío complejo. Tres semanas después de los ataques terroristas, que cobraron la vida de 12 personas en la sede del semanario satírico francés Charlie Hebdo, el país europeo que inspiró las luchas por las libertades en el mundo está hoy ante una encrucijada difícil de dilucidar: la de hacer frente con vehemencia a cualquier acción que busque coartar las libertades, pero sin valerse para ello de medidas que terminen por restringirlas.

Es el debate del momento en los diarios franceses, en los que no falta quién pida control extremo para los inmigrantes o quien —sin justificar la dolorosa jornada del 7 de enero, por supuesto— reclame a los gobiernos de Nicolás Sarkozy y François Hollande por respaldar misiones militares antiislamistas en Asia y África.

En algunas capitales francesas los transeúntes recuerdan haber visto, justo después de los ataques, algún despliegue de seguridad más allá de lo habitual, pero la situación pronto volvió a normalizarse. Incluso en el parisino aeropuerto Charles de Gaulle, uno de los más concurridos de Europa, los controles parecían más bien normales durante la última semana. Nada extraño, por ejemplo, para los vuelos procedentes de América Latina. El tradicional paso por el escáner para los viajeros y sus equipajes de mano, y sólo en algunos casos la pregunta de rutina acerca de los motivos de ingreso a Francia. La única advertencia relacionada con asuntos de seguridad está en las paredes y se dirige a quienes proceden de los tres países africanos más azotados por el virus del ébola. Nada que ver con las cuidadosas y repetidas requisas de EE.UU. recién ocurridos los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York.

En Rennes, en la región de Bretaña, 300 kilómetros al oeste de París, un mural ubicado en cercanías a Place de la République hace un homenaje a las víctimas de la tragedia de enero con el ya célebre mensaje “Je suis Charlie”. Y si el Mont Saint-Michel, en Baja Normandía, no está tan concurrido por esta época, es únicamente porque la temporada de invierno siempre resulta menos atractiva para los turistas. Los franceses viven su vida con tranquilidad.

Eso tampoco quiere decir que el país esté exento de casos polémicos por cuenta de algunas medidas específicas que sucedieron a los ataques contra el semanario satírico. El más reciente ocurrió ayer, cuando se supo de la detención de un niño de ocho años en Niza (al sur, a orillas del Mediterráneo), debido a que habría dicho que apoyaba a quienes atacaron la sede de Charlie Hebdo. El menor fue interrogado por la Policía por apología del terrorismo y luego puesto en libertad.
No es el primer detenido tras el atentado, pero sí el más chico y por eso despertó reiterados llamados de atención para que el país no caiga en histeria colectiva contra los musulmanes. Autoridades de la región de Alpes Marítimos informaron a medios locales que todo comenzó con la negativa del niño a participar en un minuto de silencio que se rendiría en su colegio por los muertos del atentado contra el semanario.

La Unión Europea, entre tanto, acordaba que reforzará las fronteras exteriores del área Schengen y no descartó controles como lecturas electrónicas selectivas a los documentos de viaje de los visitantes. La estrategia también incluye una búsqueda de apoyo en países musulmanes de Oriente Medio y el norte de África.
Diálogo con los vecinos y revisión de los procesos de adaptación de las minorías musulmanas en el plano interno son algunas de las medidas más reclamadas por los sectores moderados. La derecha, en cambio, insiste en medidas más duras. Dos caras del reto francés. 

 

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