El héroe de Sinaloa

Algunos narcocorridos expresan la alegría por la segunda fuga del “Chapo” Guzmán, que se traduce en vergüenza del gobierno mexicano.

Joaquín el “Chapo” Guzmán después de su captura en febrero de 2014. / EFE

“… Yo soy el Chapo Guzmán, no nací pa’ las rejas, ya se los he comprobado… Yo domino un imperio, quiero que les quede claro… Yo no soy de Sinaloa, Sinaloa es mío… Soy el 701, para otros el Chapito, y me voy de nuevo del penal...”.

Este es un fragmento de uno de los varios narcocorridos que han aparecido en Youtube desde que el Chapo se voló de la cárcel Altiplano I, para reiterar que es héroe y villano y también escapista. Su penúltima fuga fue el 19 de enero de 2001, cuando salió de la prisión Puente Grande, en Guadalajara, en un carrito de lavandería, oculto entre la ropa sucia. Entonces la vergüenza fue para el presidente Vicente Fox. Ahora es para Enrique Peña Nieto, quien de modo más sutil calificó la fuga como una “afrenta”. Es, en resumidas cuentas, una muestra de la corrupción rampante en las instituciones estatales, un fracaso de la justicia y la seguridad.

Pero no es sólo eso. Para un sector de la sociedad mexicana, especialmente la de Sinaloa, la fuga del capo es un triunfo, un orgullo, es la anhelada jugada maestra del hombre que ha demostrado, por lo menos en su tierra, tener más poder que el mismísimo presidente, y muchos más amigos. Como dice otro narcocorrido: “Es bajito de estatura, el señor de la montaña... Se escapó de Puente Grande, y un tiempo vendió naranjas... Por ser hombre poderoso, tiene muchos enemigos... Pero si hacemos las cuentas, al fin son más los amigos…”.

El exsubprocurador José Luis Santiago Vasconcelos identificaba a Guzmán como “uno de los sujetos más inteligentes” y “héroe” de las poblaciones donde se ubica su estructura delictiva. Hoy, después de un segundo escape lleno de ribetes cinematográficos, hasta algunas actrices mexicanas dicen que confían más en él que en los funcionarios del Gobierno. En una revisión de las redes sociales uno puede ver que para muchos mexicanos no está tan claro de qué lado está la corrupción.

Oriundo de Culiacán, la capital de Sinaloa y bastión del cartel de Sinaloa que él dirige, Joaquín Guzmán Loera se ha ganado por las buenas o por las malas el apoyo de una buena parte de esa población. Al estilo de Pablo Escobar en Colombia, ayudó en su tierra a los pobres y necesitados a cambio de lealtad y favores, y así consiguió un enorme apoyo popular. Días después de que lo capturaran por segunda vez, en febrero de 2014, en su tierra se hizo por primera vez una movilización masiva a favor del capo del narcotráfico, a la que asistieron más de 2.000 personas que pedían su liberación y rechazaban su eventual extradición a Estados Unidos, extradición que, por cierto, el gobierno mexicano no consideró necesaria, porque la “seguridad” estaba garantizada en las prisiones donde cumpliría sus penas.

“Joaquín Guzmán daba trabajo, no como ustedes, políticos corruptos”, “No a la extradición”, “El Chapo da ayuda a empresas que apoyan a quienes más lo necesitan, da seguridad”, “Al Chapo se le quiere y se le respeta más que a cualquier mandatario”, decían arengas y pancartas en aquella marcha, acompañada de los famosos narcocorridos que narran las “hazañas” y épicos escapes del capo, que se mofan de las persecuciones del Ejército y las recompensas que se han ofrecido por su captura. El Chapo es todo un ícono de la narcocultura mexicana. Su encierro era motivo de orgullo para el Gobierno y de llanto para muchos sinaloenses que veían el ocaso de su leyenda.

“… En la sierra también se siente que tú no estás presente... No se escuchan esas fiestas que alegraban a la gente...”, dice otro narcocorrido sobre la última captura.

En el operativo que concluyó con su arresto en el balneario de Mazatlán, Sinaloa, las autoridades encontraron que el Chapo tenía en Culiacán siete casas conectadas por túneles subterráneos y por el alcantarillado de la ciudad. Cada casa tenía puertas de acero que le servían como escudo mientras se preparaba para la huida cada vez que las autoridades lo perseguían. La segunda captura parecía el ocaso de la leyenda, pero el hombre de los túneles lo hizo de nuevo y huyó de prisión a través de uno de kilómetro y medio.

Ahora que el Chapo escapó, algunos sinaloenses convocaron por redes sociales a una misa para agradecer por la segunda fuga de su héroe, aunque la Iglesia negó que el evento fuera a realizarse. Las autoridades mexicanas extienden su operativo por tierra y aire a todos los rincones de Sinaloa. Saben, sin embargo, que si el Chapo logra volver allá será muy difícil encontrarlo, debido al apoyo masivo que tiene entre la población.

“Desde que yo era chiquillo escuchaba sus corridos... Y me decía mi padre, ese señor es muy fino.., Cuando viene pa’ la Sierra, aquí siempre es bienvenido… Por él tenemos la casa y este ranchito querido.. Cuando éramos pobrecitos, y el Gobierno se hacía el ciego... Él fue quien nos dio la mano, por eso le agradecemos... Así somos en la Sierra, un favor nunca se olvida… Siempre se paga con creces, hasta con la misma vida... Por eso lo protegemos, leales y fieles para siempre, portamos varios calibres... Aviso: ¡no se atraviesen!”, dice La gente del Chapo, un corrido de Los Alegres del Barranco.

 

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