El hombre fuerte en Irak

El próximo primer ministro debe formar un gobierno de unidad en una sociedad profundamente dividida, así como luchar contra el EI.

El nuevo primer ministro salió de Irak a finales de los 70 y regresó en 2003, con la invasión de EE.UU. / EFE

“Que Dios lo ayude”. Las palabras llegaron el día en que Haidar al Abadi, próximo primer ministro de Irak, fue nominado para una posición en la que, ciertamente, va a necesitar toda la ayuda que pueda invocar si ha de sacar a su país de un amplio abismo de guerra, destrucción y odio entre los varios sectores de una población que, al menos hasta hoy, no termina de sentirse como una sola.

Al Abadi reemplazará a Nuri al Maliki, primer ministro desde 2006, quien deberá conservar el cargo durante poco menos de un mes mientras se conforma un nuevo gobierno. Ambos políticos pertenecen al mismo partido y el entrante primer ministro fue durante un largo tiempo consejero del saliente. Ambos pertenecen a la mayoría chiita del país, que junto con los suníes y los kurdos conforman gran parte de la población de Irak.

Como otras figuras del panorama político actual en Irak, Al Abadi vivió en el exilio el régimen de Sadam Hussein. Inglaterra se convirtió en su segundo hogar a finales de los años 70, cuando su padre (Jawal al Abadi, quien llegó a ser inspector general del Ministerio de Salud de Irak) fue acusado de “insuficiencia de lealtad” y obligado a huir del país; murió en el exilio y fue enterrado en Londres. Al Abadi, el hijo, se doctoró en ingeniería eléctrica en la Universidad de Manchester y regresó a su patria en 2003, de la mano de la invasión de EE.UU. que terminó por acabar con la era Hussein y con una buena parte de Irak, de paso. Para su regreso, el próximo primer ministro tenía un pasaporte cancelado y había perdido dos hermanos (ejecutados públicamente por Hussein); uno más estuvo encarcelado durante 10 años.

En el exilio, Al Abadi fue un prominente activista contra Hussein, de la misma forma que lo fue Al Maliki, aunque este último ejerció buena parte de su oposición desde Irán. Curiosamente, el gobierno iraní recientemente le dio una pública, y algo calurosa, bienvenida a la figura política que reemplazará al que antiguamente fue su protegido. El gesto es elocuente, cuando menos.

Para lo mucho que ambos políticos pueden llegar a parecerse, el mayor capital político de Al Abadi es, precisamente, no ser Al Maliki e incluso representar lo opuesto. Mientras el actual primer ministro ha hecho más profundas las divisiones entre la población iraquí, el aspirante al cargo es reconocido por ser un líder moderado, además de haber sido nominado por el presidente iraquí, Fuad Masum, un kurdo.

Algo de unidad no le caería mal a Irak en momentos en los que los militantes del Estado Islámico (EI) retienen el control de importantes posiciones en el país, como la ciudad de Mosul. En combates recientes el EI, sin embargo, perdió el control de la presa de Mosul, la mayor instalación de su tipo en el país, que fue recuperada en una avanzada de los kurdos y las tropas del gobierno central.

Alí Hatem Suleiman, uno de los líderes tribales suníes más importantes del país, abrió recientemente la posibilidad de que este sector de la población se una al combate contra el EI de la mano de las fuerzas del gobierno de Bagdad. El apoyo de esta figura se suma al del gran ayatolá Alí al Sistani, el líder religioso chiita más importante en Irak, quien incluso llegó a presionar la salida de Al Maliki, un movimiento altamente inusual para una personalidad de este nivel.