El humorista que divide a Europa

Desde hace unas semanas, Francia, y ahora Europa, viven una de las controversias más agitadas de los últimos años, por cuenta del humorista Dieudonné M’bala M’bala y concretamente por gestos considerados antisemitas y por las ridiculizaciones de la tragedia judía.

El humorista francés Dieudonné M’bala M’bala. / AFP

Por ejemplo, en una de sus más controvertidas afirmaciones, M’bala M’bala habló de “pornografía conmemorativa” para referirse a las formas en que se rememora la Shoá, la tragedia judía ocurrida en la Segunda Guerra Mundial. Desde ese entonces, y a pesar de que el humorista se ha defendido insistiendo en que en sus declaraciones no hay contenido racista alguno y tan sólo son una proclama antiestablecimiento, las polémicas no han dejado de crecer.

Recientemente se sumó a la controversia el gesto alusivo a M’bala M’bala que el futbolista francés Nikolas Anelka hizo en un partido de la Premier League: la quenelle, un saludo considerado por muchos como nazi. Esto le valió al deportista el repudio generalizado y la posibilidad de ser sancionado por racismo. Anelka se defendió insistiendo en que no conocía las implicaciones del gesto y que tan sólo lo había hecho por la amistad que sostiene con el comediante. Algo similar le había sucedido al mediocampista del Manchester City, Samir Nasry, de quien circuló una foto haciendo el gesto, pero quien se excusó igual que Anelka.

Dieudonné M’bala M’bala tiende a convertirse en un personaje antiestablecimiento y que ha develado la dificultad para fijar la frontera entre libertad de expresión e incitación al odio y al racismo. Su figura es cada vez más conocida y su participación en política deja de ser una anécdota sin importancia. No sólo se ha acercado a la extrema derecha francesa del partido Frente Nacional, sino que en cierta ocasión declaró públicamente su admiración por Hugo Chávez y por el régimen iraní. En este país ha estado cerca de figuras políticas y se especula sobre su participación como mediador para la liberación de Clotilde Reiss, practicante en la embajada francesa en Teherán que fue acusada de espionaje y posteriormente liberada. En aquel momento, M’bala M’bala sugirió la posibilidad de que la francesa fuese “una espía al servicio del sionismo”, lo que le significó una fuerte crítica por la solidaridad que el caso despertaba en Francia.

Las últimas semanas el tema ha dividido al país. Por iniciativa del ministro del Interior, Manuel Valls, el espectáculo del humorista fue suspendido por incitación al odio y su efecto sobre el orden público. En respuesta, cientos de simpatizantes del comediante han protestado por lo que consideran un atentado contra la libertad de expresión. Hasta ahora el Consejo de Estado ha respaldado la postura del ministro Valls. Esta semana, el Reino Unido declaró persona no grata al humorista, que había anunciado un viaje a ese país.

Seguramente la polarización alrededor de la figura de M’bala M’bala se incrementará. Al margen del resultado, el hecho muestra uno de los principales males de las democracias europeas contemporáneas: la introducción del tema racial en la política, un retroceso que preocupa.