“El ignorante”, personaje del año

El personaje del año 2016 tiene que ser “el ignorante”. Este personaje, multiplicado no sabemos cuántas veces, cambió el rumbo de la historia. Sus ideas —nadie serio las tomaba en serio— se hicieron sentir en el Reino Unido, en Colombia y en Estados Unidos.

El presidente electo, Donald Trump, saluda a algunos de sus seguidores en Connecticut.
El presidente electo, Donald Trump, saluda a algunos de sus seguidores en Connecticut. AFP

Para apreciar por qué “el ignorante” es el personaje del año, hay que hacer un ejercicio de recordar. Vamos primero con el caso británico: el entonces primer ministro, David Cameron, no tenía que convocar un referendo. Sin embargo, se comprometió a realizar uno sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. La idea era “callar” a algunos miembros del Partido Conservador, del cual era el líder. Él nunca, ni por un momento, pensó que el Leave ganaría. Y la verdad es que muy poca gente creía que el Remain pudiera perder. Solo un “ignorante”, un racista (que, según la lógica imperante era por definición ignorante), votaría Leave.

Al acercarse la fecha, el 23 de junio, la gente inteligente empezaba a preocuparse. Parecía que había más “ignorantes” de lo pensado. Los insultos se multiplicaban. “Gente estúpida, sin educación, gente egoísta, tonta y, de nuevo, racista” era el único tipo de gente que votaría Leave. En fin, el “ignorante” votó a favor de salir de la Unión Europea.

En Colombia, el presidente, Juan Manuel Santos tampoco tenía que convocar un plebiscito. Constitucionalmente, el Gobierno de turno representa al pueblo colombiano y su turno no se acabaría hasta el 2018. Pero Santos, incapaz como su homólogo Cameron de creer que perdería, lo convocó. Hubo amenazas: “Si no votan Sí, el país caerá en el infierno. No existe un acuerdo mejor posible”.

Otra vez, “el ignorante” votó No. ¿Y qué pasó? El país no cayó en llamas y se pudo negociar un acuerdo mejor.

En Estados Unidos, las elecciones presidenciales no eran opcionales. Igual, nadie creía que la demócrata, Hillary Clinton, pudiera perderlas. Donald Trump tenía sus seguidores, por antonomasia, “ignorantes”; pero eran pocos, no suficientes. Las encuestas decían que era casi imposible que Trump y ellos ganaran. Ganaron.

¿Qué habría pasado en cada caso si la democracia del consumidor, “los no ignorantes” hubieran entregado el resultado “correcto”? El país en cuestión habría quedado en manos de los tecnócratas y las cosas habrían seguido como venían.

Consumidores en vez de ciudadanos, empoderados por la globalización y deleitándose en sus centros comerciales físicos y virtuales. Sus acciones políticas, su vida política reduciéndose a políticas de consumo, y en todo caso cada vez más distantes de sus compatriotas desempoderados por las mismas lógicas de la globalización.

Pero la ciudadanía por fin despertó. Y esto, de por sí, es el suceso más trascendental del año porque nos ha convocado a participar en la política de nuestras sociedades como ciudadanos verdaderos, comprometidos, y dejar atrás nuestro rol de público apenas interesado, de consumidores disolutos.

Se le llama a este ciudadano “ignorante” porque él (o ella) no entiende la diferencia entre sus creencias y el conocimiento. Mejor dicho, ella (o él) toma sus creencias por conocimiento. Entonces, todos somos “ignorantes” porque todos lo hacemos. Todos creemos que lo que sabemos, sabemos. Todos hacemos una distinción entre la creencia y el conocimiento, que corresponde a la distinción entre las personas: ellos y nosotros. A saber: ellos creen, nosotros sabemos. Pero por mucho que nos cuesta reconocerlo, todo saber, especialmente cuando se trata del mundo social y político, es una creencia. ¿Sabemos? No. Creemos que sabemos.

De todos modos, la verdad es que muy poca gente (además de Sócrates) se cree ignorante, y a aún menos gente le gusta que se la califique de ignorante. Puesto en otras palabras los ganadores —esos llamados ignorantes— del Reino Unido, de Colombia, de los Estados Unidos no creen, por su parte, no aceptan que son ignorantes; es más, creen que los que votaron Remain, los que apoyaron los acuerdos y aquellos que apoyaron a Clinton, son los verdaderos ignorantes.

Según los ganadores, los remainers no saben cómo la UE está destruyendo al Reino Unido, perjudicando la calidad de vida de los británicos, quebrando la economía. Los del Sí no saben que los acuerdos dan entrada a Satanás y que éstos equivalen a la victoria del castro-chavismo, además de iniciar el fin de la familia. Los seguidores de Clinton no saben de su pedofilia, de sus intenciones secretas, de su egoísmo incontrolable. Según los ganadores, los perdedores son los ignorantes.

Pero si tal es el caso, si todos somos ignorantes según el otro, entonces, lo indicado es abandonar el discurso de lo ignorante. El terreno político era el terreno del conocimiento, de los tecnócratas, de los expertos. Pero, ¿qué mundo han construido estos expertos? Uno con muchos problemas, por no entrar en detalles. Y es por eso que tenemos que reconocer la sabiduría de los (llamados) ignorantes. Ella nos ha recordado que el conocimiento no es una panacea. Nos ha recordado que este mundo, por lo menos social y político, hasta en sus centros más avanzados, es un mundo fundamentado en las creencias antes que el saber.

¿Qué se puede hacer? No es suficiente hacer valer la verdad sobre todo, porque, de nuevo, todo el mundo cree, está convencido. Debemos tener presente, siempre que lo que sabemos es lo que creemos que sabemos. Porque creer admite la duda, mientras saber no, y sobre las dudas podemos dialogar.

El protagonismo del (llamado) ignorante ha hecho evidente que, como descubrieron los primeros modernos, la creencia sí se tiene que justificar. No es poca cosa y en 2016 nadie ha hecho más.

Profesor asociado, estudios culturales Universidad de los Andes.

 

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