El incontrolable ímpetu de la guerra

Luego de años de guerra, Afganistán sigue representando una amenaza para la seguridad global.

Es fácil entender la decisión inicial de atacar después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. La historia, sin embargo, no se preguntará por qué los occidentales invadieron Afganistán, sino por qué se quedaron ahí tanto tiempo.

¿Por qué, un decenio después de los atentados, todavía hay 140.000 unidades de la coalición desplegadas en el lugar? ¿Por qué hubo tantas bajas civiles en mayo y junio de 2011, más que en ningún otro mes anterior? ¿Por qué Estados Unidos ha estado en Afganistán el doble de tiempo que en la Segunda Guerra Mundial?

La respuesta convencional a todas esas preguntas es que Afganistán sigue representando una amenaza existencial para la seguridad global. En marzo de 2009, al presentar su estrategia para aumentar el número de tropas, el presidente Barack Obama declaró: “Si el gobierno afgano cae ante los talibanes, ese país volverá a ser una base para terroristas, que querrán matar a tanta de nuestra gente como puedan”.

Estos miedos se ven reforzados por la teoría del dominó, es decir, si Afganistán cae, le seguirá Pakistán y los talibanes le echarán mano a sus armas nucleares.

Pero todas esas afirmaciones son falsas. Primero, Afganistán significa una amenaza a la seguridad global mucho menor de lo que se ha imaginado. Es en extremo improbable que los talibanes puedan tomar Kabul, aun cuando hubiera una reducción significativa de tropas extranjeras. En el remoto caso de que lo lograran, es aun más inverosímil que inviten a Al Qaeda a regresar: para muchos dirigentes talibanes, esa relación fue un error fundamental antes de los atentados de 2001 y piensan que, de no haber apoyado a la red terrorista, ellos seguirían en el poder.

Y aun teniendo una base en Afganistán, Al Qaeda no reforzaría significativamente su capacidad de dañar a Occidente. Si se detectaran bases de Al Qaeda en Afganistán, Estados Unidos respondería con mucha mayor fuerza que después de los atentados y los talibanes podrían ofrecerle muy poca protección.

Si la cuestión es la estabilidad regional, Egipto es más importante que Afganistán. Si la preocupación es el terrorismo, Pakistán es más importante. Y la seguridad de Pakistán no estará determinada por acontecimientos más allá de sus fronteras, sino por su propia política interna, su deterioro económico y su envenenada relación con la India. Afganistán no tiene la importancia estratégica necesaria para justificar el grado actual de implicación de Occidente, tanto militar como humanitaria, y el fracaso será inevitable a menos que se cambie el rumbo.

Consideremos la noción convencional de que, después de la caída de Kabul, Occidente estaba distraído en Irak y mantuvo una presencia demasiado ligera en Afganistán, sin aportar el dinero y las tropas necesarias para la misión. Los afganos, que al principio vieron con beneplácito la intervención militar extranjera, acabaron irritados por el lento ritmo del desarrollo y el mal gobierno. Esta falta de progreso creó las condiciones para que regresaran los talibanes. De acuerdo con esta versión, fue el aumento de tropas decidido por Obama en 2009 lo que, en sus propias palabras, “por primera vez en años (...) puso la estrategia y los recursos” necesarios para que en diciembre de 2010 Estados Unidos estuviera “encaminado a lograr sus objetivos”.

Una ironía es que esa “presencia ligera” de los primeros años tuvo un éxito relativo: se expulsó del país a los miembros de Al Qaeda casi de inmediato y, en muy poco tiempo, la asistencia a las escuelas aumentó de forma espectacular, se esparcieron las clínicas médicas y aumentó notablemente el uso de la telefonía móvil. De 2002 a 2005, unos dos millones de niñas afganas, que habían sido excluidas por los talibanes, iban a la escuela y regresaron a su hogar más de tres millones de refugiados. Se establecieron medios de comunicación no controlados por el estado y se celebraron elecciones por primera vez en muchos años. Estos son logros de los que se podría estar orgulloso pero, tristemente, el aumento de tropas y recursos de la misión dirigida por la OTAN desde 2006 ha empeorado la situación.

Los miles de millones de dólares donados al gobierno de Afganistán han socavado su responsabilidad y autoridad. Las agendas de los extranjeros, que por moda realizan giras breves, y su subsecuente microadministración, han hecho a un lado las prioridades de los ministros afganos. Muchas de las obras de reconstrucción patrocinadas por Occidente sólo han alimentado el desperdicio y la corrupción. Aún más: el aumento de las tropas extranjeras no ha mejorado la seguridad, más bien al contrario. Con 32.000 soldados extranjeros, la provincia de Helmand es menos segura en 2011 que en 2005, cuando sólo había 300 en el terreno.

Cuando caminé solo a través de Afganistán central en el invierno de 2001 y 2002, encontré que los aldeanos afganos son hospitalarios y generosos, pero también mucho más conservadores, aislados e islamistas de lo que reconocen los extranjeros. Cuando regresé al país en 2006, para establecer una organización no lucrativa, me quedó claro que su resistencia estaba siendo inflamada por la fuerte presencia de las tropas occidentales, que les permitía a los talibanes presentarse a sí mismos como combatientes por el islam y por Afganistán contra una ocupación militar extranjera.

En junio de este año, Obama anunció la reducción de las fuerzas estadounidenses, que culminará en 2014 cuando se le transfiera la responsabilidad a las fuerzas afganas. Pero ahora es muy improbable que se llegue a un acuerdo político, puesto que ni los talibanes ni el gobierno afgano, y tampoco los vecinos de Afganistán, muestran mucho interés por llegar a arreglo de compromiso, debido en parte a que siguen teniendo la creencia de que pueden ganar.

Mucha gente ha señalado los absurdos del enfoque de Occidente. De 2008 a 2010 manejé el Centro Carr de Política de Derechos Humanos en la Escuela Kennedy de Harvard. Los investigadores del centro, en conjunto, sumaban más de un siglo de experiencia de campo en Afganistán, desde antes de la invasión soviética de 1979.

Las investigaciones de miembros del centro, como Andrew Wilder, David Mansfield y Michael Semple, demostraron que los proyectos de ayuda estaban fomentando la inestabilidad, que se estaba socavando cualquier oportunidad de acuerdo político con los talibanes y que las zonas controladas por éstos en general eran más seguras que las controladas por el gobierno. Sus hallazgos explicaron por qué nuestra estrategia de contrainsurgencia estaba vacía y por qué el aumento de tropas fue contraproducente. Pero en general fueron desdeñados por el establecimiento militar y político, que seguía manteniendo un optimismo desafiante.

Año tras año, los dirigentes han proclamado que una nueva estrategia y más recursos van a producir un “año decisivo”. El teniente general estadounidense David W. Barno aseguró que 2004 sería el “año decisivo”; el general John Abizaid dijo que 2005 sería el “año decisivo” para la región; el general británico sir David Richards aseguró que 2006 sería el “año de la verdad”; y para 2009, el general Stanley A. McChrystal seguía “hasta las rodillas en el año decisivo”.

¿Esto es cinismo o ingenuidad? Ni una ni otra cosa: es el incontrolable impulso de la guerra.

A lo largo de este decenio de guerra, muchos políticos han confiado en generales carismáticos y optimistas más que en su propio instinto y razón. Los medios han sido deferentes, los centros de estudios han sido “leales” y la oposición pública ha sido tibia. La preocupación por el enorme costo de la misión (120.000 millones de dólares anuales tan sólo por parte de Estados Unidos) y los miedos exagerados por lo que sucedería si la misión fracasara se han apoderado prácticamente de todos: empresarios afganos y contratistas extranjeros, escritores y académicos. Todos siguen esperando que algún plan mágico nos saque de esta humillación.

En el corazón de nuestra persistencia irracional están los dos demonios gemelos de la guerra: la culpa y el miedo. Los dirigentes están hipnotizados por sus propios miedos por la seguridad global; se sienten culpables por la muerte de los soldados; avergonzados por su incapacidad de cumplir con sus compromisos en Afganistán, y aterrados de admitir su derrota.

Fracasar en Afganistán ya no es una opción. Este es el legado fatal de los ataques del 11 de septiembre, pues con ese lema, el fracaso se ha vuelto invisible, inconcebible e inevitable.

Rory Stewart

Miembro del Parlamento británico, vicegobernador por parte de la coalición en dos provincias de Irak. Es autor de ‘The Places in Between’, en donde narra una caminata de 32 días en Afganistán en 2002. El 11 de septiembre de 2001 estaba en Nepal. Se enteró de los ataques siete días después, cuando la policía lo acusó de ser “un activista de Osama bin Laden”.