El islam de Occidente

Tras el ataque contra ‘Charlie Hebdo’ crece el peligro de que grupos antimusulmanes afiancen su discurso en Europa.

Un hombre sostiene una imagen de prohibición con una mezquita de fondo durante una protesta contra la ‘islamización’ de Alemania en Berlín. / AFP

La población de Vorra, en el valle alemán de Pegnitz (Baviera), cuenta apenas con cerca de 2.000 habitantes. Los visitantes lo han descrito como un pueblo idílico, lo suficientemente tranquilo, abierto y espacioso para darle la bienvenida a quien fuera. Incluso, el gobierno local, a manera de auxilio, había puesto a disposición tres casas deshabitadas y acondicionadas para unos 80 refugiados a finales de 2014, un año en el que Alemania recibió un récord histórico de peticiones de refugio: alrededor de 200.000, provenientes principalmente de personas que escapan de la guerra civil en Siria y de las regiones violentas —hoy patronadas por el Estado Islámico— de Irak.

Todo estaba arreglado, todo estaba listo, pero una mañana de diciembre todo apareció quemado. Las tres grandes casas fueron incineradas por dentro con llamas provocadas manualmente y afuera, por si aún quedaban dudas, las fachadas amanecieron pintadas con aerosoles rojos. Esvásticas, mensajes ofensivos, xenófobos y 80 refugiados sin poder escapar de su peligro vital.

Faltaban 26 días para que tres fundamentalistas con armas de asalto entraran a la redacción de un semanario satírico en París para matar hasta las moscas. Y fue Charlie Hebdo la víctima, un periódico antitodo (incluida la religión, claro) que había cobrado resonancia en el mundo desde 2011, cuando sus oficinas fueron quemadas también a manos de fundamentalistas, esta vez del islam, que no toleraron ver caricaturizada (acaso humillada) la imagen del profeta Mahoma. Porque sí, hoy el “fundamentalismo” luce en los medios y en las noticias como un exceso exclusivo de los musulmanes, porque para otros, de otras religiones y culturas, la baraja parece más amplia: militantes de extrema derecha o de extrema izquierda, radicales, gamberros...

Resultó inevitable, entonces, que los nexos entre Francia y Alemania se establecieran durante la semana, porque antecedentes había de sobra: ya en París, bajo el gobierno de Nicolás Sarkozy, por ejemplo, habían aparecido iniciativas legislativas que pretendían prohibir el uso de la burka a las mujeres en espacios públicos; de otros cauces como el del ultraconservador Frente Nacional, se pedía a gritos —casi literal— que se controlara la migración —¿la invasión?— y en otras vertientes, entre políticas oficialistas y campañas sociales esporádicas se fuera enmarcando poco a poco el ‘verdadero’ espíritu francés, cimentado en las máximas legadas de su Revolución.

Si a todo esto se sumaba que al otro lado de la frontera nororiental cada lunes, desde hace casi un mes, miles de personas se reúnen en Dresde para pedirle al gobierno más controles en la entrada de migrantes y el prevalecimiento de la sociedad laica sin los dogmatismos del islam; si ese movimiento se autoproclama como ‘Patriotas europeos contra la islamización de Occidente’ (Pegida) y además en Colonia aparece un grupo llamado ‘Hooligans contra salafistas’, entonces eso que se señala como ‘islamofobia’ no parece un término importado del sensacionalismo, sino más bien una tendencia que, sin entrar a evaluar su fuerza y efecto, empieza a manifestarse. Se trata de ‘patriotas europeos’, ni franceses, ni alemanes, ni ingleses. La manifestación de un ‘todos’ con aspiraciones continentales.

Así que Plegida envió su mensaje desde Alemania: “Los islamistas han mostrado en Francia que no saben comportarse en democracia y que sólo contemplan la violencia y la muerte. Nuestros políticos, sin embargo, nos quieren hacer pensar lo contrario. ¿Tiene que ocurrir una tragedia parecida en nuestro país?” Con fines patrióticos o no y sin poder establecer ningún nexo con el nuevo movimiento, y que eso quede claro, al día siguiente del ataque contra Charlie Hebdo, en Francia fueron lanzadas dos granadas contra una mezquita, dos tiros fueron disparados contra una sala de oración musulmana y una explosión de onda corta tuvo lugar en las afueras de un restaurante de kebab.

El escritor francés Michel Houellebecq, quien aparecía en la última portada del semanario, lanzaba esta semana su último libro, Sumisión, una novela tildada de islamófoba por su argumento, planteado desde un punto de vista irónicamente apocalíptico: la conquista del poder francés por parte del islam. En una entrevista concedida al diario El País de España, establecía un parangón con el antisemitismo cuando la conversación con el periodista era guiada por el tema de la islamofobia, un apelativo rechazado por Houellebecq: “(...) el antisemitismo no es más que una teoría de la conspiración: hay gente oculta que es responsable de toda la infelicidad del mundo, que está conspirando contra nosotros, hay un invasor entre nosotros. Si el mundo va mal, es por culpa de los judíos, por culpa de los bancos judíos... Es una teoría de la conspiración”.

Si la islamofobia fuera una teoría de la conspiración, es tiempo de evaluar su aceptación: un estudio elaborado en Alemania por la Fundación Bertelsmann indica que el 57% de los encuestados ve una amenaza en el islam, mientras el 40% se siente como extranjero en su propio país y según una encuesta de Zeit online, uno de cada dos alemanes siente simpatía por los ideales de Pegida. De acuerdo con el mismo portal, el 73% de los encuestados siente preocupación de que el islam aumente su feligresía en el país. Ese mismo porcentaje, en septiembre de 2013, fue el que arrojó un sondeo en Francia, en el que dicho índice correspondía a la gente que reconocía tener una “mala imagen” de la religión musulmana.

En Alemania, el islam como amenaza es un patrón que disminuye al 40% si a quienes se les pregunta son titulados universitarios. Personas que han crecido en un ambiente de culturas integradas de forma natural y pacífica, una pista que pone a la educación y a la ilustración en primer plano. Si a este indicador, una vez más estableciendo el punte con Francia, se une el que soporta que menos de la tercera parte de los seis millones de musulmanes que viven esta nación —20 millones en toda Europa— son practicantes, nos encontramos en un laberinto tejido entre minorías escandalosamente mediáticas y generalizaciones fáciles. El efectismo es el mismo: “Se sobredimensiona la presencia de los musulmanes —asegura Ignacio Álvarez Osorio, profesor de estudios árabes de la Universidad de Alicante—. Hay grupos políticos buscando un chivo expiatorio, un discurso del odio con fines electorales. Por otro lado, las redes yihadistas absorben reclutas de los sectores vulnerables, en barrios periféricos, fértiles para el fundamentalismo”.

Cerebros maleables. Esos jóvenes —siempre jóvenes— que se inmolan en cafés, se lanzan a la calle en operaciones temerarias estridentes, nacidos en Occidente en segunda o tercera generación de su núcleo familiar y educados en el islam, crecen en el desarraigo de sus culturas originarias y en la extrañeza de ese otro mundo al que pertenecen en carne y hueso, pero del que son ajenos en idiosincrasia. “Ni plenamente franceses, ni plenamente magrabíes, por ejemplo”, apunta el profesor Álvarez Osorio.

¿Qué es entonces ser un buen musulmán? ¿Era un mal musulmán Ahmed Marabet, uno de los policías asesinados por los atacantes de Charle Hebdo? ¿Son malos ciudadanos quienes defienden a ultranza la libertad de expresión, pero le guardan reservas al vecino musulmán? ¿Por qué la distinción entre la ley islámica y la yihad no es elemental para los habitantes de la ilustrada Europa?

Las preguntas tienen respuestas borrosas y aristas múltiples que entre las minorías, el miedo y la generalización han terminado por fortalecer los polos de una confrontación. Y la psicosis como secuela: tras la masacre de Charlie Hebdo los imanes de Francia se apresuraron a aclarar que no era un ataque del islam, como si la pedagogía pudiera sólo aparecer en los momentos de crisis, ante el peligro de señalamientos infundados.

A Houria Bouteldja, una mujer franco-argelina activista contra el racismo en Francia y presidenta de la organización Indígenas de la Répública, todavía no le pasa la molestia: “Volvemos a ser todos culpables. Que se nos exija desvincularnos de este atentado es un insulto a la comunidad musulmana”.

 

* [email protected] / @Motamotta

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