El juego de los dólares

Los oscuros manejos del fútbol del organizador de la próxima Copa del Mundo, sintetizados en un capítulo: el de la final del Mundial del 98.

Ronaldo, poco después de finalizada la Copa del Mundo de Francia. / AFP

Era su gesto el que lo decía todo, el que lo gritaba todo. Y fue su gesto la síntesis del fútbol brasileño de los últimos 20 años, e incluso de muchos años más. Ronaldo Nazario da Lima salió a la cancha del estadio de Saint-Dennis, en París, a jugar una final de Copa del Mundo, la de Francia, y ya corría el rumor de que había padecido una fuerte convulsión horas antes. Por eso parecía mirar hacia ninguna parte, y en lugar de jugar, deambulaba. Era una especie de fantasma con uniforme de fútbol; un hombre, apenas un hombre, extraviado, demasiado frágil, temeroso. “Sentí miedo de morir”, diría años más tarde.

Había llegado a la Copa como la gran figura de su equipo y del torneo. Todas las cámaras y los flashes y los hinchas lo buscaban. Nike había firmado un contrato multimillonario para que fuera su imagen, y más que eso, había suscrito con la CBF (Confederación Brasileña de Fútbol) un negocio exclusivo por US$40 millones para ser la marca de la selección. Una de las cláusulas estipulaba que Ronaldo debería jugar los 90 minutos de los partidos que Brasil disputara si se encontraba en buenas condiciones médicas. El 12 de julio, luego de haber estado en la clínica Lilas, el doctor Lidio Toledo dictaminó que estaba en condiciones para jugar.

“Debido al estrés, lo llevé al hospital y pedí un examen completo, una electrografía y un electrocardiograma”, dijo Toledo, el médico en jefe de la delegación. Días más tarde expresó que Ronaldo “probablemente” había sufrido un ataque epiléptico. Lo cierto fue que el domingo 12 de julio Ronaldo fue llevado la clínica Lilas por el doctor Joaquín de Mata. Regresó a las 7:45, algo más de una hora antes de la final del mundo. “La decisión que tomé de decir que Ronaldo estaba en forma es la peor decisión que he tomado en mi vida”, diría Toledo pasadas varias semanas, cuando los medios de comunicación y algunos estamentos médicos no dejaban de cuestionarlo. Toledo se había excedido en sus dosis de analgésicos con Ronaldo, decían, y él lo admitió, más allá de que negara que lo había inyectado.

El cuadro clínico indicaba que una mezcla de analgésicos y anticonvulsionantes había derivado en el ataque. Más allá de teorías, acusaciones, y del drama que se vivió en el vestuario de Brasil, Ronaldo quería jugar. Era el sueño de todo niño. Su sueño y el de sus padres. La oportunidad de quedar en la historia, un momento único que, quizá, no se repetiría jamás. Él quería jugar. Por eso se puso la franela número nueve de su equipo y los botines Nike, indiferente a las discusiones que se suscitaban en otros lugares del camerino sobre la pertinencia y la posibilidad de que jugara ante Francia. El equipo se dividió. Por una parte, un grupo, liderado por el volante y capitán, Dunga, consideraba que el titular debía ser Edmundo, que no podrían arriesgar a Ronaldo. Otro, encabezado por Leonardo, quería que el “nueve” fuera Ronaldo. Zagalo, el técnico, y Zico, su asistente, argüían que la decisión ya estaba tomada y firmada: Edmundo sería el centro delantero. Mientras el vestuario se caldeaba cada vez más, y a pocos minutos del partido más trascendente de los últimos años, un delegado del grupo corrió a las tribunas VIP para avisarle a Ricardo Teixeira lo que ocurría.

Teixeira, presidente de la CBF, y yerno de quien hasta 20 días atrás fuera el máximo dirigente de la Fifa, João Havelange, bajó de inmediato al camerino para “ordenarle” a Zagalo que alineara a Ronaldo. Él había suscrito el millonario contrato con Nike, aquel de los US$40 millones. Teixeira dijo que el informe de los doctores era positivo, y cuando le recordaron que, según las reglas, no podría cambiarse ya ningún nombre de la planilla elaborada, firmada y entregada, contestó que él era Ricardo Teixeira, y que él lo solucionaría. “No sean tontos, recuerden quién soy”.

Teixeira llegó al fútbol de la mano de João Havelange, quien lo involucró en el deporte cuando tomó las riendas de la Fifa, en 1974, luego de oscuros episodios, de chantajes, regalos millonarios, e incluso, sucesos de espionaje. “El mayor talento de Ricardo Teixeira es ser el yerno de Havelange”, le comentó alguna vez Guido Tognoni, jefe de comunicaciones de la Fifa, a David Yallop, para su libro Cómo se robaron la copa. Estudió derecho y trató de formar algunos negocios que terminaron en el fracaso. Con el fútbol, todo empezó a cambiar. Teixeira asumió el déficit que había dejado Havelange en la CBF, sus secretos, y se hizo rico, aliado con las sucesivas dictaduras en Brasil, con personajes subterráneos del fútbol, con jueces, ministros, periodistas y demás a quienes les pagaba con boletas de Mundial sus favores. Heredó el reino del fútbol brasileño, y las turbias maneras de su predecesor.

Compró lo que se podía comprar, que era casi todo, con dineros de la Federación, como lo había hecho su suegro. Partidos, árbitros, sedes, silencios, denuncias, columnas de opinión. Como decía a finales de los 90 el presidente de Flamengo, Marcio Braga: “Es obvio que su dinero sale del fútbol. Cuando se posesionó en la CBF venía de un negocio de inversiones bastante malo, llamado Minas Investimento. Se vendió en un dólar después de quebrar. El frustrado abogado y hombre de negocios ahora es propietario en Río de una concesionaria Hyundai, dos clubes nocturnos y un restaurante. Con su finca ha hecho una fortuna que se remonta a US$100 millones. En todo está protegido por Havelange”. Braga intentó luchar contra Teixeira y Havelange durante más de 20 años, pero siempre fue vencido. Acudió a la justicia ordinaria para demandar a Teixeira, pero la Fifa, es decir, Havelange, proscribió a su equipo. “El fútbol en Brasil está en manos de la mafia y es de lo peor que uno se pueda imaginar”.

Teixeira llevó a 33 amigos con todos los gastos pagos a las finales de la Copa del Mundo de Italia, en 1990, y a otros 100 a Estados Unidos en 1994. Allá, bajo la conducción de Carlos Alberto Parreira, Brasil obtuvo su cuarto título del mundo. Havelange, esencialmente, y Teixeira se encargaron de enviarles regalos de distintas cuantías a quienes tenían que controlar la Copa. Desde los patrocinadores, con quienes habían firmado contratos de cientos de millones de dólares que comercializaría la ISL, una firma creada por Adolf Dassler, dueño de Adidas, que reportaría ganancias quintuplicadas, hasta los organizadores, llegando, por supuesto, al comité de arbitraje y a algunos jueces, amigos personales de ambos. De cualquier forma, Brasil ganó. Romario brilló, y Bebeto lo secundó. Pese a las críticas por el estilo europeizado del scratch, venció en la final, desde una definición por tiros penaltis, a Italia.

La copa era todo. Fue todo. Los brasileños creyeron que por una victoria, el mundo dejaría de girar. Se llevaron a Brasil toneladas de electrodomésticos en el vuelo 1035 de Varig que los depositó en Río de Janeiro, y pretendieron llevarlas hasta sus casas sin declararlas en la aduana. “El evento, que debió ser una razón para estar orgullosos y con júbilo para toda la nación, resultó ser una serie de malos manejos con el fin de encubrir actos ilegales que consistieron en la admisión en el territorio nacional de mercancías extranjeras sin el pago de los impuesto debidos”, rezaba el encabezado de la apertura de una investigación judicial contra la selección. El responsable legal de aquellos sucesos era Teixeira, quien, en medio de la euforia, las cámaras y los cánticos de miles de hinchas, se negó a permitir que las autoridades de aduana revisaran el equipaje, aduciendo que dos millones de personas los aguardaban en la calle para celebrar el título.

“¿Cómo puede usted atreverse a decirme eso?”, le gritó, según David Yallop, al jefe de aduanas de turno, un señor de apellido Belson, quien le había sugerido que salieron con sus bolsos de mano esa noche, y regresaran a la mañana siguiente, una vez fuera debidamente revisado el resto del equipaje. “Soy campeón del mundo. Acabo de ganar la Copa. Le exijo la entrega inmediata del equipaje. Qué atrevido, hablarme a mí así. ¿No me reconoce? ¿No sabe quién soy?”. Aquel Ricardo Teixeira, socio de Havelange y de Castor de Andrade, por ejemplo, uno de los capos de las mafias brasileñas; aquel Teixeira, amigo de quienes deciden qué es justo en Brasil y qué no, de quienes toman las decisiones, fue el que dispuso que Ronaldo Nazario jugara la final del Mundial del 98. “No sean tontos, recuerden quién soy”, dijo entonces. Ronaldo declaró, pasados varios meses, que había perdido la Copa del Mundo, “pero gané la copa de la vida”. Brasil perdió aquel partido 3-0, por razones que iban mucho más allá de lo que Ronaldo hiciese o no sobre el campo del Saint-Dennis de París. Perdió porque Francia lo apabulló, porque Zinedine Zidane sacó a relucir su capacidad cuando más se lo necesitaba y anotó los dos primeros goles del juego, fuera de dirigir a su equipo, y porque el fútbol de Brasil se condenó mucho antes de salir a la cancha. Se condenó cuando priorizó los dólares sobre el juego.

 

 

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