"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 8 horas

El legado del coronel

Después de 13 años de la llamada ‘Revolución Bolivariana’, su líder impulsó tres grandes transformaciones: la lucha contra la exclusión, la polarización de la sociedad y un viraje en la política exterior.

Un grupo de mujeres se lamenta de la muerte del presidente Hugo Chávez. / AFP
Un grupo de mujeres se lamenta de la muerte del presidente Hugo Chávez. / AFP

En la década de los noventa, en los albores de la posguerra fría, se pensó en el fin de las ideologías y en la expansión de valores occidentales que se habían impuesto con un aparente éxito indiscutible. Las libertades individuales, la democracia y la economía de mercado aparecían como las bases de un sistema de ideas que debía propagarse por el mundo y tal como lo presagió en un célebre ensayo Francis Fukuyama parodiando a Carlos Marx, debía ocurrir un fin de la historia que comenzaba con la profusión de la democracia y el capitalismo. En América Latina, dicho panorama parecía patente y se esperaba que con la caída de la Unión Soviética el comunismo desapareciera del hemisferio.

Venezuela parecía ser testigo de dicha transformación. No obstante, las décadas de los 80 y 90 significaron una de las peores decepciones de su historia: el desencanto del denominado modelo puntofijista que pretendía encarnar dichos valores liberales. El Pacto de Puntofijo, acordado en 1958 por los principales actores de la política venezolana, Acción Democrática y Copei, permitió refundar la democracia y vacunarla contra el mal más común en el continente: el golpismo militar. El sistema favoreció el poder de dichos partidos y funcionó en buena medida por la renta petrolera. Sin embargo, en 1983 y 1989 dos severas crisis económicas y sociales develaron falencias del modelo. En 1993 por primera vez ambos partidos perdieron el monopolio del que habían gozado. En ese entonces, el excopeyano e independiente Rafael Caldera ganó las elecciones presidenciales, lo cual daba cuenta de un moribundo régimen bipartidista. Aun así, dicho gobierno apeló al neoliberalismo haciendo eco de una moda vigente en los 90 en la región.

Precisamente dicho ambiente allanó el terreno para la llegada en 1999 de Hugo Rafael Chávez Frías. Como era de esperarse, el discurso antiestablecimiento caló profundamente en una sociedad desencantada con la política tradicional.

Desde ese entonces, la política cambió de forma irremediable, hecho que debe reconocerse, se esté de acuerdo o no con Chávez. Para el país y el continente las consecuencias de su llegada son al menos tres: la inclusión en la agenda nacional de la lucha contra la exclusión, la polarización de la sociedad y la transformación de la política exterior.

Uno de los principales activos de las reformas chavistas tiene que ver con la reducción de la concentración de la riqueza y de la exclusión. Con una inversión social que sobrepasa el 40% del presupuesto, el chavismo logró reducir a la mitad la mortandad infantil y se erradicó el analfabetismo. Esto gracias a un aumento de profesores de escuelas, que pasaron de 65.000 a 350.000. Paralelamente y de acuerdo con el último informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Ecuador y Venezuela fueron los estados que más redujeron la pobreza entre 1996 y 2010. Estas cifras fueron publicadas en pleno debate presidencial hace unos meses por Ignacio Ramonet, quien por décadas dirigió la prestigiosa publicación francesa Le Monde Diplomatique. Incluso estas conquistas han sido reconocidas por la oposición, tan consciente de su envergadura, que en los planes de gobierno de Henrique Capriles se anunciaba que no se reducirían ni se eliminarían, en alusión a los programas sociales del chavismo.

A su vez, Venezuela es un país fragmentado hasta el punto que con cierta frecuencia se evoca la posibilidad de una guerra civil. Una de las banderas del chavismo radica en las elecciones, que a su entender han confirmado la legitimidad del presidente. 14 elecciones en 13 años, cuatro de ellas presidenciales, hablarían de una democracia a prueba de todo. Empero, la realidad dista de lo que sugiere el oficialismo. En cada uno de los comicios la división se ha profundizado y la violencia que la acompaña se ha hecho cotidiana. En respuesta, el oficialismo ha radicalizado el discurso y las medidas tienden a ser más polémicas para hacer frente a un electorado que comienza a ver en la oposición una verdadera alternativa. En las elecciones legislativas de septiembre de 2010, ésta habría obtenido el 52% de los votos, pero por un cambio en el sistema de circunscripción electoral, el chavismo encarnado en el Partido Socialista Unido de Venezolana (PSUV) obtuvo 98 escaños contra 57. La polarización puede conducir a un debilitamiento del estado de derecho si, enceguecidos, oposición y oficialismo olvidan las reglas de juego.

Y en tercer lugar, el chavismo cambió la política exterior venezolana. Una alianza en América Latina que reivindica una distancia con Washington significó una popularidad desconocida en el continente para un mandatario venezolano. En círculos de jóvenes, sindicalistas y líderes de todo tipo de causas, la imagen del presidente Chávez no dejará de ser un sinónimo de rebeldía frente a un sistema cuyas imperfecciones ganan en flagrancia. Pero ello no se ha limitado a América Latina. La postura asumida a favor de los palestinos, de Irán e incluso de algunas comunidades en ciudades en Nicaragua, Estados Unidos y Reino Unido a quienes se ha privilegiado con la venta de petróleo, confirma esta tendencia.

El éxito, así como el fracaso, del legado chavista en Venezuela están basados en lo mismo, en la ilusión. Recientemente, el filósofo Édgar Morin alertó sobre la necesidad de evitar los errores históricos producidos por la ilusión; la del progreso indefinido de la sociedad industrial, aquella de la prosperidad soviética y maoísta y la actual basada en una salida a la crisis por la vía neoliberal. Pues bien, estos años de chavismo han sido una respuesta a dicha ilusión. Empero, su error consiste en haber creado expectativas en un sistema cuya viabilidad es fácilmente puesta en entredicho por la misma naturaleza caótica de la revolución. Sin embargo, y más allá de eso, Venezuela con Chávez cambió para siempre.

* Profesor de relaciones internacionales, Universidad del Rosario