El miedo de ir a la escuela

Seis talibanes armados atacaron la Escuela del Ejército de Peshawar (Pakistán) y causaron la muerte a 121 menores de edad.

Soldados paquistaníes transportan a niños rescatados de la escuela atacada en Peshawar. / AFP

Pakistán es un país con cerca de 80 millones de analfabetas, el 42,6% de su población. El número no luce capaz de generar cambios de gestión profundos, porque invertir apenas el 2% de su Producto Interno Bruto en educación —el promedio mundial es 7%— parece suficiente, acaso suficiente para no dejar la insuficiencia. Terminar la primaria, una tarea que dura entre cinco y seis años, no es una idea seductora ni para padres, ni para hijos: obreros serán al fin y al cabo, porque no hay un margen considerable para ver más allá del ingreso del día a día. ¿Profesores? pocos — uno por cada 45 alumnos, aproximadamente — y más pocos los dispuestos a recorrer trayectos de kilómetros para dar clases en regiones usualmente peligrosas y ser remunerados con sueldos que apenas dan para despistar el hambre.

Las pestes que padece el sistema educativo paquistaní son bastantes, y decir que además está el riesgo de morir no es una exageración. Las puertas de los salones aún tiemblan con la noticia: seis hombres armados que irrumpen en la Escuela Pública del Ejército, en Peshawar, que disparan tiros y accionan bombas y al final entran a la lista total de muertos que dejó el ataque. Fueron abatidos por el Ejército, no sin antes sumar 131 cadáveres a los registros violentos del país, 121 niños incluidos en ese total de por sí estridente.

Ir a la escuela está siendo peligroso, ir con miedo común y dejar de ir, para los padres, una decisión sensata. Actualmente hay 9,2 millones de niños entre los 5 y los 12 años que están sin escolarizar. No tienen cupo en un colegio, ni se están formando para el futuro, pero al menos están vivos y la vida les da margen de selección. Con atentados como los de Peshawar en el frente de vista, no importa tanto que la Unicef meses atrás haya advertido que en términos educativos Pakistán estaba lejos de cumplir con eso que llaman los ‘Objetivos de Desarrollo del Milenio’.

Los verdugos en esta oportunidad, como en casi todas, pertenecían al Movimiento de los Talibanes de Pakistán (TTP). Su origen bajo ese sello se remonta a 2007, cuando se consagró como la unión de grupos extremistas islámicos en la frontera con Afganistán —varios de ellos reubicados tras la invasión estadounidense a ese país en 2001— que desde entonces se dedica a luchar por la implantación de la sharia (ley islámica) en el país. Su confrontación con el gobierno central y sus ataques a enclaves militares y civiles han dejado desde entonces una lista de más de 6.000 muertes.

Desde junio pasado, el Ejército de Pakistán lanzó una campaña contra los enclaves del grupo en las regiones norteñas de Waziristán y Kyhber. Para el TTP ha sido una ofensiva inmisericorde y para el gobierno del primer ministro Nawaz Sharif, toda una prueba de éxito: cerca de 1.200 miembros del grupo talibán han sido dados de baja desde entonces, al tiempo que las advertencias de venganza de vez en cuando salían a la luz.

Y el TTP dice que esta fue su venganza, la escuela del Ejército en Peshawar y hasta ahora no se registra un ataque más nocivo, ni este en año ni en los pasados. El portavoz talibán Mohamed Jorasani fue lo suficientemente explícito para explicar que tal ataque no hubiera ocurrido si las fuerzas estatales no los asediaran con tal fuerza. En sus declaraciones, el mensaje: “Nuestros mártires suicidas entraron en la escuela. Tenían instrucciones de no herir a los niños y atacar al personal del Ejército (...) queremos que sientan el dolor que hemos sentido”. Sus palabras contrastan con los relatos de niños sobrevivientes, quienes contaron que al ver entrar a los hombres en sus aulas, se tumbaban debajo de sus escritorios, aunque en ocasiones no era suficiente para evitar las balas disparadas sin orden ni blanco aparente.

En una sola mañana, esa escuela del Ejército perdió a más de la quinta parte de sus estudiantes (cifrados en 500) y quienes salieron heridos, 80 más, a esta hora quizá sientan miedo de volver al puesto en el que vivieron el susto de sus vidas o a caminar por los pasillos en cuyo último trayecto debieron esquivar los cuerpos de compañeros y amigos. Los relatos que comienzan a oírse de boca de los pequeños están lejos de ser tranquilizantes.

No es la primera vez. En Agosto de 2012 los talibánes casi que redujeron a escombros a la Primary Government School Kadi. Hicieron algo parecido en marzo pasado en el Government Middle School, donde aún hoy algunos estudiantes deben tomar sus lecciones a la intemperie. Y, del mismo modo, está el caso de la Nation Secondary School de Ittehad Town, en un barrio de Karachi, donde en plena jornada académica un grupo de hombres armados entró al colegio, disparó, hirió, y mató al director, acusado de ser un infiel.

Las historias de violencia abundan y ante el estupor es necesario hacer una claridad: Si hay algo peor que ser niño y temer ir a la escuela, es ser niña y pretender lo mismo. Si se toma como referencia la edad de 16 años, son entre 23 y 25 millones los jóvenes que no acuden a clases y entre ellos, el 60% de ese grupo corresponde a mujeres. Los talibánes promulgan leyes que impiden a las niñas ir a la escuela, como un precepto más dentro del ‘correcto’ modo de ser musulmán. El caso de Malala Yousafzai le ha dado al asunto trascendencia internacional, su activismo a favor de la educación de las menores le valió el premio Nobel de la Paz este año, pero en 2012 le significó un disparo en la cabeza de parte de un militante del TTP, quien pretendió callar los gritos que la joven daba desde su blog.

En Pakistán, da la sensación de que los niños ya han sentido suficiente dolor.

 

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